REVISTA DE GASTROENTEROLOGIA
Independientemente de la causa, en estos pacientes el hígado puede estar,por lo menos, levemente aumentado de tamaño; un hígado firme y rugoso sugiere cirrosis mientras que la presencia de nódulos duros sugieren neoplasia.
Cuando valoramos un paciente con falla hepática, debemos conocer la profundidad de la encefalopatía, la cual está relacionada con la severidad de la falla. Un signo de encefalopatía es la asterixis que, en ocasiones, puede ser difícil de valorar para personas sin experiencia; disponemos de una escala de profundidad de encefalopatía sencilla y práctica que podemos aplicar en todos estos pacientes; como se observa en la Tabla 1 (6).
Tabla 1. Clasificación de la encefalopatía.
| Grado | Características |
| Grado I | Pérdida de orientación espacial, afecto alterado y alteraciones del sueño. |
| Grado II | Somnoliento pero responde a órdenes simples; asterixis presente. |
|
Grado III |
Estuporoso, responde únicamente a estímulos dolorosos. |
| Grado IV | No responde; signo de descerebración o decorticación. |
De esa forma, se puede partir de datos clínicos para detectar o confirmar pacientes con enfermedad hepática, pero se necesita una valoración paraclínica que nos ayude a confirmar el diagnóstico de la enfermedad, el tipo de enfermedad y la severidad de la misma.
Exámenes diagnósticos
Los estudios de tamizaje en grandes poblaciones británicas han encontrado que la enfermedad hepática, la diabetes mellitus y la hipercolesterolemia son las enfermedades más frecuentemente encontradas en personas aparentemente sanas. La enfermedad hepática se presentó en 1% de la población estudiada (7). La enfermedad hepática alcohólica y la hepatitis viral aguda desconocida fueron los problemas hepáticos más frecuentes.
Aunque se han propuesto muchas pruebas para evaluar la función hepática,ninguna refleja esta función en su totalidad. Las alteraciones parenquimatosas llevan a la disfunción hepatocelular generalizada, mientras que las alteraciones obstructivas afectan principalmente la excreción biliar de varias sustancias. Se ha utilizado como batería de exámenes de rutina los siguientes: bilirrubina sérica, transaminasas, fosfatasa alcalina, albúmina y tiempo de protrombina. Los estudios adicionales comunes son: gammaglutamil- transpeptidasa, 5 nucleotidasa, ácidos biliares séricos, deshidrogenasa láctica y niveles de amonio. Se han desarrollado otros exámenes con mayor sensibilidad y especificidad para evaluar la función hepática como tal, pero su costo limita su uso; son: excreción de marcadores de verde de indocianina y bromo-sulftaleína, prueba de aminopirina marcada con C (8), depuración de ácidos biliares y MEGX (valora los niveles de mono-etil-glicin-xilidida derivada del metabolismo hepático exclusivo de la lidocaína), valores menores de 50 se asocian a función hepática muy deficiente.
Las alteraciones observadas en pacientes con enfermedad parenquimatosa versus enfermedad vía biliar se observan en la Tabla 2 (1):
Tabla 2. Diagnóstico
diferencial:
disfunción parenquimatosa vs. obstrucción biliar.
|
Prueba |
Disfunción parenquimatosa |
Obstrucción biliar o colestasis |
| GOT | ||
| GPT | ||
| Albúmina |
0 a |
0 |
| Tiempo de protrombina |
0 a |
0 a |
| Bilirrubina |
0 a |
0 a |
| Fosfatasa alcalina |
|
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| 5 –nucleotidasa |
0 a |
|
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Gamma-glutamil-transpeptidasa |
0 a |
|
|
0 :sin cambios |
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La elevación de la bilirrubina cuando es predominantemente conjugada puede reflejar disfunción hepatocelular, colestasis intrahepática u obstrucción biliar extrahepática. Las transaminasas (GOT-GPT) son liberadas a la circulación como resultado de lesión o muerte hepatocelular, pero se pueden ver pequeñas elevaciones (<300 U/L) en pacientes con colestasis o enfermedad hepática metastásica; los niveles absolutos no se correlacionan bien con el grado de lesión hepática. La fosfatasa alcalina se eleva significativamente en los casos de obstrucción biliar o colestasis intrahepática, aunque se observen sutiles elevaciones (hasta dos veces el valor normal) en el caso de lesión hepatocelular o enfermedad metastásica. La albúmina, en cambio, puede ser normal en la fase aguda de la enfermedad hepática, por su vida media de 2 a 3 semanas. Los niveles menores de 2,5 g/dl indican, generalmente, enfermedad hepática crónica o malnutrición (9).
El tiempo de protrombina (TP) se considera alterado cuando es mayor de 3-4 seg con relación al control; puesto que solamente se requiere el 20 a 30% de los factores de coagulación para su adecuado funcionamiento, la prolongación del TP reflejaría enfermedad hepática severa a no ser que exista deficiencia de vitamina K concomitante.
Con relación a los niveles de amonio, se correlacionan con la severidad del daño hepatocelular y los niveles arteriales se correlacionan parcialmente con la encefalopatía secundaria,pero no con la severidad de la misma.
Otras pruebas adicionales que no valoran la función hepática, pero que nos guían al diagnóstico etiológico de la enfermedad son los antígenos y anticuerpos virales (anti-HAV, AgHBs, AgHBe, AcHBs, AcHBc), los anticuerpos antimitocondriales (cirrosis biliar primaria) y los anticuerpos antimúsculo liso (hepatitis activa crónica en mujeres).
Los estudios imaginológicos nos ayudan a realizar un diagnóstico anatómico, pudiendo valorar dilataciones intrahepáticas y extrahepáticas de la vía biliar, lesiones de masa y hemocromatosis. Los estudios imaginológicos más frecuentemente utilizados son la ecografia, la TAC, la RNM y la colangiografia retrógrada endoscópica o percutánea. La función hepática y el sistema biliar también se pueden evaluar por medicina nuclear con la prueba HIDA (hepatic imino acetic acid ).
Todo este arsenal de exámenes y su uso racional, junto con el abordaje clínico del paciente, nos permitirán realizar un diagnóstico certero en la mayoría de los pacientes con enfermedad hepática.
Factores asociados con mortalidad en enfermedad hepática
Muchos estudios han demostrado que, aproximadamente, la mitad de los pacientes con anor- malidades de la función hepática preoperatoria pueden presentar hasta un 30% de pérdida de la función hepática en el postoperatorio (9).
El riesgo de la anestesia y la cirugía en estos pacientes se asocia con el riesgo de agravar la enfermedad subyacente, el riesgo asociado con complicaciones extrahepáticas de la enfermedad, las alteraciones de las funciones sintéticas y las alteraciones del metabolismo de drogas. En general, el riesgo de disfunción hepática postoperatoria no se asocia con el tipo de anestesia seleccionado ni con la ruta específica utilizada, sino con el grado de actividad de la enfermedad hepática preoperatoria, la presencia de hipoxia o la alteración del flujo sanguíneo hepático durante la cirugía. La mortalidad asociada con cirugía o anestesia puede ser más alta cuando no se ha detectado el riesgo de enfermedad hepática.
Los pacientes con antecedentes de hepatitis viral asintomática en el momento y sin alteraciones paraclínicas, probablemente no tienen un riesgo mayor que el de la población general durante una cirugía; pero, Harville y Summerskill han reportado una mortalidad perioperatoria de 9,5% y una morbilidad del 12% en casos de hepatitis viral aguda, por lo que se recomienda no realizar procedimientos electivos hasta que las pruebas de función hepática se normalicen (7, 9).
La hepatitis alcohólica aguda se asocia con mayor mortalidad en forma desproporcionada a los marcadores químicos o bioquímicos. Un estudio de Greenwood y colaboradores demostró que la mortalidad en estos pacientes, después de laparotomía, se incrementó en un 58%. Por tal razón, muchos recomiendan que los pacientes con hepatitis alcohólica deberían ser tratados con soporte nutricional y abstención del consumo de alcohol hasta que la fiebre se resuelva y los niveles de leucocitos y bilirrubinas se normalicen, lo cual puede requerir más de 6 a 12 semanas (10).
La severidad y la duración de la disfunción hepática postoperatoria es mayor en pacientes con enfermedad hepática crónica que en pacientes con función hepática preoperatoria normal sometidos a cirugías y anestesias similares. Lindenmuth y colaboradores mostraron que las complicaciones postoperatorias en general se presentaron con un incremento del 25% en la enfermedad hepática crónica (11).
En pacientes con enfermedad hepática crónica avanzada, tal como cirrosis severa independientemente de la etiología, el riesgo de deterioro de la función hepática postoperatoria y de la mortalidad incrementa con el grado de deterioro funcional preoperatorio del hígado y puede alcanzar el 90% (11).
La clasificación más útil del riesgo de cirugía para paciente con enfermedad hepática se desarrolló originalmente para cirugía de derivación porto sistémicas y es conocida como la clasificación de Child; ésta ha probado ser un buen predictor de la mortalidad, lo cual ha sido confirmado cuando se compara con exámenes más complejos que valoran la función hepática y que aparecieron posteriormente (Tabla 3) (12).
Tabla 3. Clasificación
de Child para estimación del riesgo
quirúrgico en pacientes con disfunción hepática.
| Variables |
Puntuación | ||
| 1 | 2 | 3 | |
| Ascitis | No | Controlada | No controlada |
| Bilirrubina (mg/dl) | <2 | 2-3 | >3 |
| Albúmina (g/dl) | >3,5 | 3-3,5 | <3 |
| Encefalopatía | No | 1-2 | 3-4 |
|
Estado nutricional |
Excelente | Bueno | Malo |