Los seres humanos somos grandes mamíferos sociales, lo que, en términos termodinámicos, significa: costosos, muy costosos y más costosos. La Segunda Ley de la Termodinámica define que el único modo de generar, mantener y acumular orden es a costa de un saldo siempre mayor de entropía[11]. Por eso, en nuestro propio organismo, mientras los procesos anabólicos sintetizan unas pocas macromoléculas, los procesos catabólicos descomponen millares de moléculas vegetales y animales para obtener la energía y los materiales necesarios.
Sería extremadamente agradable que las ciudades tuvieran el mínimo número y tamaño necesario; que sólo las habitaran aquéllos cuya función económica estrictamente lo exigiera en bien del colectivo y que la mayoría restante viviera en pequeñas aldeas, granjas o casas con grandes jardines, que proveerían una parte de los alimentos y asimilarían todos los residuos.
Dejemos de lado, por el momento, la espinosa cuestión de qué tipo de gobierno y estructuras de poder anexas crearían y preservarían este orden, pues hay que presumir con sus ideólogos que, tan pronto como todos sean lo bastante cultos, pensarán y querrán vivir como los ambientalistas y la república ambientalista sería el producto necesario de una democracia orgánicamente cultivada.
Como esta, muchas utopías ambientalistas propugnan por una implantación leve, sutil, casi incorpórea del hombre en su entorno. En el mismo talante místico, si se me excusa, quisiera yo recordar lo que es un ser humano e inferir la justa medida de la sustentable levedad del ser.
Tomaremos como ejemplo, por honroso para la especie, aunque no representativo, a la santa madre Teresa de Calcuta ¿Puede alguien pensar en un ser humano más austero y frugal? En una existencia más eficientemente dedicada, aliento por aliento, a la armonía y la solidaridad o en una menos proclive a la destrucción y el despilfarro? Al momento de su muerte, en olor de santidad, la santa madre arrastraba una biomasa de magros 32 kilogramos, cofia y sandalias incluidas, y dejaba tras de sí un gigantesco testimonio de la pobreza como meta y virtud.
Pues bueno, colocando estos 32 kilos de beatitud y austeridad al frente, procedamos a calcular, a un lado, la dieta que conduce a tal y veremos que por sus santas fauces, en el transcurso de su irreprochable vida, pasaron varias toneladas de animales y vegetales, para cuya producción se agotaron varias hectáreas de suelo agrícola (Segunda Ley de la Termodinámica: masticarás hasta donde tropieces con el molar de tu prójimo). Les ruego prosigamos, pues en aras de la pulcritud del análisis ecológico nos vemos obligados a poner al otro lado de la santa madrecita, el subproducto de su vida y milagros, es decir, el cúmulo de sus reliquias excrementales, que en el decurso de su disciplinada y modesta asistencia sanitaria alcanzarían a apilarse como otras tantas toneladas, que contaminaron miles de metros cúbicos de aguas corrientes y aportaron a la eutroficación de uno que otro humedal.
Esto, en el caso del mejor de los seres humanos. Entre los detractores de la ciudad y cultores del nuevo Apocalipsis, cuyos méritos intelectuales no me atrevería jamás a empañar, no encuentro, sin embargo, tal medida de pulcritud y austeridad. No veo a alguno que posea por toda prenda un sari o un dhoti de algodón tejido a mano, como Teresa de Calcuta o Ghandi, o que haya llegado a construir para sí el modo de vida más austero en lo material y más pleno en los más altos valores humanos[12], como única consecuencia posible con sus vivencias entre las comunidades urbanas más hacinadas y pobres del planeta. Veo, más fácil, personas decentes (non tan sanctas) consumiendo de modo más bien despreocupado, bien acomodados en un sistema que critican acremente sin comprender bien sus causas y efectos, cuya tesis de “la más leve implantación” apunta a modos de vida con frecuencia poco sostenibles y visiones sociales cuya definición de equidad es, cuando menos, inquietante.
Cada ser humano requiere para su sostenimiento y para asimilación de sus residuos, entre 1 y 50 hectáreas, dependiendo de la productividad y restricciones del ecosistema base. El modo de vida actual añade una carga de necesidades exometabólicas a nuestro metabolismo básico, ninguna de las cuales podría satisfacerse sin acudir a los productos y el ingenio de diversas y distantes regiones. Cualquier asentamiento cuyo tamaño le permite autoabastecerse con la explotación de las tierras más inmediatas es una aldea. Desde el Neolítico, cualquier asentamiento mayor es una ciudad y una ciudad se define por las redes de intercambio y suministro.
Si asumiéramos que cada asentamiento debe sostenerse estrictamente en la capacidad de carga de los ecosistemas locales, y asumiendo una media muy conservadora de 10 hectáreas por cliente, los casi nueve millones de habitantes de la Sabana de Bogotá (que abarca menos de un millón de hectáreas) requerirían para su habitación, manutención y saneamiento, cerca de 37 veces la superficie total de Cundinamarca o, lo que es lo mismo pero más diciente, el 79% de la superficie del país.
El cómo se logra sostener esta concentración se debe a las ventajas económicas e informáticas que son causa y efecto de la conformación de las ciudades. Tan pronto en la prehistoria como la agricultura intensiva o los flujos naturales de cardúmenes o manadas permitieron concentrar población humana en un asentamiento permanente, esto generó ventajas económicas de escala y aglomeración[13] que, a su vez, permitieron generar especialización económica y la provisión de servicios especializados y bienes más elaborados a las aldeas y comarcas vecinas. El tamaño y la especialización crecientes permitieron, a la vez que obligaron a desarrollar mejoras técnicas y organizacionales en la producción y logística, que a su vez posibilitaron asentamientos mayores y más organizados.
Paralelamente, las concentraciones humanas también tienen ventajas informáticas de escala y aglomeración. Es decir, que en su seno aumentan las posibilidades de especialización en el manejo de la información (gremios, subculturas, etc.) y las de intercambio, todo lo cual favorece la creatividad y la innovación. Todo sumado contribuye a hacer de la ciudad lo que mejor la define: el epicentro de un abrupto gradiente regional de velocidad de cambio e intercambio y el nodo de una red que controla una región.
Por su especialización y eficiencia crecientes, las ciudades se convirtieron en centros de poder religioso, comercial, político y militar. Es la ciudad donde se establece el valor de las cosas y cuántas ovejas se dan por una hoja de obsidiana o cuántas cargas de maíz por un collar de jade. Quedaban así conformados los sistemas urbano-regionales, estructura básica del ambiente humano. Con toda razón, el crecimiento urbano asusta a quienes detentan poderes locales o regionales, acercándolos a los discursos ambientalistas basados en la conservación de paisajes y modos de vida.
Las ciudades logran sostener estas concentraciones, pues la elevada renta del suelo permite pagar por la construcción, operación y mantenimiento de redes de suministro de materiales y energía, así como de infraestructura especializada para distintos servicios. De este modo, una creciente especialización del uso del suelo va estrechamente ligada al aumento de la renta y el valor por hectárea. Si no hay densidad y rentabilidad suficientes, no es posible una adecuada atención a las necesidades básicas ni, mucho menos, la provisión de servicios más especializados que hacen interesante y productiva la vida urbana.
Por tanto, si no estamos hablando de asentamientos cuyo tamaño es operable sin redes extensas de suministro, esto es, aldeas, estamos hablando de ciudad. Bogotá superó esa discusión hace cerca de 3.000 años (estadio aún pre-muisca, cercano al auge de la agricultura intensiva) y ya mucho antes de eso era un importante centro de comercio entre el valle del Magdalena, los Andes y los Llanos.
Es una absoluta pérdida de tiempo hablar, entonces, del tamaño urbano autosostenible (esa es la granja de Mamá Lulú o la del Padre Luna, no la capital de la República): ciudad es región. Es harto más pertinente y provechosa la discusión sobre cuál es la densidad urbana y la mezcla de usos conveniente para generar la renta necesaria para pagar por la operación, conservación y mejoramiento de la infraestructura urbana, que incluye tanto la vial como la hoy denominada “estructura ecológica principal”. O sobre cómo se equilibran las transacciones políticas, económicas y ambientales ciudad-región.
Porque, ya entrados en gastos, seamos claros: la conservación no puede dejar de costar ni, por tanto, de rentar. Y esa terrible “mancha de aceite que se esparce sobre la Sabana” está formada por millones de personas que pagan por la restauración de los ecosistemas degradados por décadas de distintos usos (incluso urbanos), soportan financiera y políticamente su conservación y dan valor y sentido a sus beneficios. Y esa sí es una pregunta ineludible: quién paga por la conservación de la Naturaleza y quién se beneficia.
Desde una posición que se autodefine como conservacionista, se argumenta que esta ciudad (Bogotá) no es sostenible porque obtiene el agua que requiere fuera de la cuenca que ocupa, tan lejos como de la vertiente de la Orinoquia; que rebasó los límites naturales y prudentes de su crecimiento, devorando los recursos naturales de regiones distantes y que debería ajustar su tamaño a la oferta ambiental local. Sí, obtiene agua de otra cuenca, alimentos de otras tierras, materiales de construcción de otros coyados, mano de obra de otros asentamientos: es una ciudad. Tan insostenible es esta ciudad tan peculiar, que es preciso traer el agua en tubo, los alimentos en camiones, la gente en bus, e incluso hace falta sacar sus basuras en camión y sus vertimientos por tubería, mientras se concentran aquí la producción de manufacturas y la provisión de servicios.
Todo esto es preocupante, como lo era en Jericó hace 8.000 años, en Catal Huyuk hace 6.000, en Mohenjo Daro hace 5.000, en Tebas hace 4.000, en Beijing hace 3.000, en Teotihuacán hace 2.000, en Pérgamo en el 440 A.C. y, en todo lo que hemos podido llamar ciudad, desde Roma en el 300 A.C. No significa que no sea alarmante; de hecho, consta que cada ciudad tuvo su profeta que plugió a los cielos, clamó a las conciencias y lanzó anatemas advirtiendo de los desastres por venir como castigo natural o sobrenatural por el decadente modo de vida urbano y el abandono de los valores tradicionales de la comunidad rural o el clan nómada. Por supuesto, la Naturaleza o la Providencia fueron siempre generosos, cuando no puntuales, en la ración de cataclismos que no dejaran en entredicho las profecías. Y henos aquí, viendo de nuevo a Fulanías y a Menganías horadando el muro, dibujando signos en la tierra y condenando a Jerusalem. Todo esto es parte del cuadro urbano; fue y seguirá siendo.
Muy preocupante es, en cambio, cuando quienes se atribuyen la vocería experta del tema ambiental salen a sentenciar que no debe aumentarse más el suministro de agua, alimentos o servicios a la ciudad, pues sólo la limitación en los recursos puede controlar el crecimiento de la población. Pareciera que el Doctor Frankestein hubiera exhumado un injerto de Rachel Carson con Thomas Malthus y Adolf Eichmann, para ponerlo al frente de “la solución final de la cuestión urbana”. La ultraderecha ambientalista es una evidencia más de que las ideas evolucionan y se reproducen a través de la historia, con independencia de los discursos en los que episódicamente participan.
SEGUNDA PARTE: LA NATURALEZA EN LA CIUDAD
Preguntar por el lugar de la ciudad en la Naturaleza implica, como arriba se vio, inquirir por su origen y contexto tanto en la biosfera como en nuestra propia naturaleza. De modo análogo, podemos iniciar la discusión y respuesta a la cuestión actual sobre cuál es el lugar que se le debe dar a la Naturaleza y a nuestra naturaleza dentro de la ciudad.
Este planteamiento parte de la premisa de que hay una parte importante de la naturaleza humana que es innata, esto es, una base biológica de la conducta, la mente, el desarrollo del hombre, que no siempre encuentra las mejores condiciones ambientales en las situaciones generadas por la evolución cultural y tecnológica[14]. La primera naturaleza que debemos ser capaces de ubicar y armonizar en la ciudad, más que los pajaritos o el arbolado urbano, es la nuestra propia. El hecho de que se encuentren dificultades para armonizar la conservación de los humedales, los cerros o los árboles con el desarrollo urbano es extensivo a la conciliación de todos los procesos biológicos, incluido el bienestar y el desarrollo humano, con la eficacia económica de la ciudad.
[11] Entropía: una medida de la disipación de la energía que, para fines propedéuticos puede verse como “desorden”.
[12] Lo que equivaldría a la más alta ecoeficiencia, medida por el coeficiente termodinámico de Schrödringer: cantidad de energía que es preciso disipar para generar y mantener una cantidad dada de organización.
[13] Las de escala, debidas a la disminución de los costos por unidad intercambiada, en la medida en que aumenta el tamaño total del intercambio. Las de aglomeración, debidas al acortamiento de distancias y tiempos, la disminución de la incertidumbre asociada y el aumento de las probabilidades de contacto e intercambio.
[14] En el texto se diferencia la evolución tecnológica como parte de la cultural, pero también como nivel emergente de la misma, con propiedades y fenómenos distintivos. Isomórficamente, la evolución cultural se considera como emergente de la biológica; opera dentro de la mecánica general de esta última, pero despliega posibilidades revolucionarias.