|Saturday, December 20, 2014

La Transformación en los Ecosistemas Urbanos  

Naturaleza y Ciudad

Por: Germán Camargo Ponce de León[1]
[1] Biólogo, Subdirector de Planeación y Desarrollo del Departamento Técnico Administrativo del Medio Ambiente del Distrito Capital.

Primera Parte: La Ciudad en La Naturaleza

Las ciudades han crecido durante el último siglo hasta acoger hoy más del 80% de la población mundial, tendencia que sigue en aumento. Es decir, que el ambiente urbano ha crecido, y más que en extensión, en población, pues hoy más personas que nunca, la mayor parte de los seres humanos, viven y construyen un ambiente urbano. Y no se trata de que los seres y eventos humanos se hayan concentrado en los confines de unos cuantos asentamientos; adicionalmente, las relaciones urbanas desde y más allá de las ciudades, la determinación urbana de todos los flujos e intercambios, se ha extendido sobre el planeta, cubierto y controlado hoy, por vastas redes urbano-regionales.

Paralela y más reciente, ha aumentado de modo efervescente la discusión en torno al significado ambiental de la ciudad. Se escuchan, con frecuencia, planteamientos que señalan este modo o conglomerado de modos de vida como una amenaza para el hombre, el orden social y el ambiente ¿Y no es la ciudad parte del hombre, su orden social por convergencia histórica y el ambiente humano por antonomasia?

Muchos ambientalistas señalan la ciudad como una amenaza para la conservación y en algunos documentos institucionales la urbanización aparece en las mismas listas como categoría vecina de la deforestación, la extinción y la polución. Si pudiéramos vivir sin ciudades (como sea quizás evitable, en gran parte, la polución), esto se entendería. Si no es así, la urbanización no debería aparecer en la lista de problemas, sino en la de transformaciones ecológicas que deben ser adecuadamente comprendidas y manejadas, tal como la agricultura y otros cuantos procesos ecológicos intrínsecamente humanos.

De qué modo la ciudad emana de la naturaleza social y del comportamiento ecológico del hombre, como una necesidad[2] evolutiva, es una cuestión bien relevante en el análisis de la forma creciente en que el planeta y el hábitat humano se transforman.

Ambiente: qué es o qué somos

Hay dos formas de definir ambiente. La primera, “lo que rodea a un organismo” o “lo que rodea al hombre”, lo hace equivalente a “medio” o “entorno”. De hecho, históricamente, así se ha considerado en la mayor parte de las ciencias naturales y sociales[3]. La segunda, inscrita en el campo de la ecología humana, lo plantearía como “el ecosistema del que el hombre hace parte”[4].

La cuestión no es meramente semántica, sino que hace gran diferencia en la forma como se conciben y manejan las relaciones ambientales. En la primera visión, ese “algo que nos rodea” y que unas veces es “el ambiente” y otras “la naturaleza”, es esencialmente distinto de nosotros, un recipiente aparte de la sociedad, al cual nos aproximamos o enfrentamos para extraer o arrojar cosas. De ahí se desprende el enfoque de recursos naturales / impactos ambientales que, en Colombia, encuentra su mejor expresión en el Código de Recursos Naturales Renovables y de Protección al Medio Ambiente (DL 2811 de 1974), bella pieza literaria impregnada de la visión bucólica del paseante que arrobado por las maravillas de la madre naturaleza se detiene a la vera para ejercer las cualidades superiores del genio humano y asombrado de su capacidad de asombro y hondamente conmovido por su propia sensibilidad reflexiona sobre el modo más prudente en que tan bellas sensaciones puedan ser resguardadas del sucio pragmatismo y el lucro pedestre para que en ellas puedan aún extasiarse las almas sensibles por venir.

Esta visión de “ambiente” es pasiva (la naturaleza es objeto receptáculo y receptor frente al agente económico); es estática (su deber ser es permanecer, toda alteración es contraria a su naturaleza, toda acción transformadora atenta contra la pureza del arquetipo); y con el “principio de precaución”, ha llegado a ser inefable (no puede ser reducida a sus causas mecánicas ni penetrada por el intelecto, pues como valor supremo se sitúa por encima del de la razón práctica). Este enfoque busca proteger en un santuario, lejos y al margen del hombre, el sumo valor de la naturaleza; no intenta comprender nada.

En realidad, el “ambiente”, así definido, no existe en ninguna parte del universo, salvo como símbolo de un sistema de valores opuestos al orden utilitarista liberal; lo que se pretende conservar, más que determinado atributo estructural o funcional del “entorno”, es una serie de valores (incluso paisajísticos) relacionados con el orden señorial rural, siempre amenazado por el desarrollo industrial-urbano y el crecimiento de la pequeña burguesía tecnocrática. La naturaleza o el ambiente tienen tanto que ver con esto como la virginidad de María con las reivindicaciones comerciales del imperio bizantino en el Mediterráneo. Pero siempre ha habido gente dispuesta a matarse por sutilezas y no ha faltado quien se lucre con ello; tal es el poder de lo simbólico en los ecosistemas humanos.

En la práctica (al menos en la del científico o el tecnócrata) se encuentra, en cambio de un mundo natural vecino o víctima de la humanidad, un abigarrado mosaico de situaciones ecológicas (o ecologizables) en las que el cambio es el rasgo predominante y el único perdurable. Y lo que es más notable, la mayor parte de los fenómenos ambientales, bajo esta segunda visión, aparecen como procesos humanos, entre cuyas determinantes priman las variables culturales, sociales y económicas.

En el denominado “enfoque ecosistémico”, el hombre no es visto como usuario, vecino o depredador de los ecosistemas, sino como actor inseparable de unos escenarios ecológicos con rasgos y fenómenos distintivamente humanos: granjas, veredas, territorios étnicos, naciones, regiones y, por supuesto, ciudades; en los cuales se verifican los procesos y estructuras generales de la biosfera, tal y como la ciencia ecológica los ha enunciado para otros ecosistemas. Más aún, la evidencia ecológica muestra hoy un planeta larga y profundamente moldeado por la acción humana, cubierto por una vasta red ecológica modificada o generada por nuestra especie. Aun la conservación de los “santuarios naturales” depende hoy de las decisiones y relaciones políticas y económicas que se tejen desde ciudades-regiones; es en éstas donde pueden hacerse los cambios y las diferencias.

Esta visión del “ambiente” como “ecosistema humano” da al mismo un significado histórico: por un lado, el valor del ambiente (que algunos consideran absoluto o trascendente) es dictado por un momento cultural particular en un orden social determinado; por otra parte, el “ambiente” como forma particular de analizar y valorar unas condiciones de vida, es, en cada momento, causa y efecto de las transformaciones históricas de la sociedad. En realidad, no conservamos o destruimos nuestro ambiente; más bien generamos el ambiente en que nos corresponderá evolucionar en el siguiente momento histórico, así como nos hemos adaptado al que heredamos, que es también, en gran medida, creación cultural. Si eso es bueno o malo, es cuestión de valores, preferencias y consensos, es decir, política. Y la ciencia debe asumir posiciones propias y distintivas en estas discusiones, sin confundirse con discursos ambientalistas o liberales que ya tienen quien se ocupe de representarlos.

Sí, esta visión aparentemente carece del encanto y el abolengo de la concepción “ambientalista” del ambiente. Pero, por contrapartida, permite ubicar y medir con mayor precisión las causas y las responsabilidades, al tiempo que nos recuerda que no existe un orden ecológico y otro social, sino muchas miradas sobre el acontecer humano y que nuestra vida es inseparable de la unidad total de lo viviente, y toda acción humana, efecto y causa inseparable de la Naturaleza. Es esta noción de “la unidad de lo viviente”, procedente de una tradición mucho más antigua y profunda, lo que el conservacionismo pone en peligro en la discusión, al forzar la dicotomía hombre – Naturaleza.

El enfoque de “ciudad ecosistema” o, más exactamente, la interpretación ecológica de los sistemas urbano-regionales, parte de esta segunda concepción: unos agentes determinados cumplen roles, conforman estructuras y participan en fenómenos, todos bien conocidos en el modelo general de ecosistema, generando unas condiciones para el desarrollo y la percepción humanos, es decir, la calidad ambiental percibida en un momento dado.


[2] Necesidad, por supuesto, en sentido biológico como consecuencia más probable de las determinantes extrínsecas y, sobre todo, intrínsecas de la evolución de la especie y sus ecosistemas. Necesidad, no fatalidad.
[3] Esta dicotomía sujeto – ambiente ha servido de base para muchas de las más largas y célebres discusiones en diversos campos.
[4] Esta dicotomía y la segunda acepción son un planteamiento bien conocido del Profesor Germán Márquez.

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