|Sábado, octubre 25, 2014

La Crianza Humanizada, Volumen 36 No. 2  

Boletín del grupo de puericultura de la Universidad de Antioquia

Editorial

A pesar de que se repite permanentemente que los efectos de las prácticas de crianza no pueden entenderse como una ecuación: si se hace esto, sucederá aquello, es común que los adultos esperen resultados determinados de una práctica de crianza y se duelan porque los niños con quienes se intentó esto o aquello, sean de tal o cual modo que no les guste.

Por el contrario, la crianza, entendida como parte de la aventura de la vida, tiene en todos sus aspectos – no en balde, aventura significa contingencia, riesgo-, la posibilidad de que los resultados de lo que se quiere sucedan o no sucedan.

Las prácticas de crianza están dirigidas a que los niños se transformen en personas, pues no nacen siéndolo. La esperanza de todo buen puericultor, y recuérdese que todos los adultos lo son, es que el resultado de la crianza sea el de buenas personas, buenos ciudadanos.

En el discurrir de las prácticas de crianza, los niños, que como los adultos, son por naturaleza vulnerables, tienen que afrontar numerosos factores de riesgo de distinta intensidad, desde los campos biológico y social, en el ámbito de lo personal, lo familiar y lo colectivo.

Estos factores, entre los que se pueden mencionar entre muchísimos otros, la muerte de un familiar querido, la violencia en el entorno inmediato, la separación de los padres, la falta de afecto o la pérdida de un juguete, desencadenan en los niños una reacción de ajuste. En la medida en que los niños, su familia y su medio social están dotados de buenas posibilidades de controlar estas influencias tendientes al desajuste, la reacción será benéfica, es decir, tendiente a la formación de una buena persona.

Pero si estos factores inductores de estrés, y por lo tanto perturbadores del proceso de crianza, actúan por mucho tiempo, sin la concurrencia de factores protectores suficientemente efectivos, se podría producir un transtorno de ajuste, manifestado con distintos síntomas, que muchas veces, ni los padres ni los pediatras relacionan con los fenómenos inductores de estrés.

La puericultura científica es la encargada de analizar las prácticas de crianza y sugerir cuáles son las más adecuadas para lograr la formación de esos buenos ciudadanos, es decir, de plantear excelentes factores protectores que permitan controlar los inevitables factores de riesgo.

El discurso científico que reune estas propuestas de crianza, es llamado de diferentes maneras, según quienes lo planteen. En el caso del Grupo de Puericultura de la Universidad de Antioquia, este discurso se ha plasmado en la recomendación de acompañamiento inteligente y afectuoso a los niños en su aventura de la vida, de tal modo que puedan construir armónica y eficazmente seis metas de desarrollo: autoestima, autonomía, creatividad, felicidad, solidaridad y salud.

Cuando se menciona acompañamiento inteligente y afectuoso, se hace referencia a la necesidad de que los adultos conozcan muy bien las etapas de crecimiento y desarrollo por las que atraviesan los niños y las prácticas de crianza prevalentes en el medio en el que se crían los niños.
El método que se propone en este discurso, es el del intercambio de saberes con personas dedicadas a la puericultura científica, las que a su vez se benefician del conocimiento de las prácticas empíricas de las personas con las que hacen el intercambio, todo al servicio del fin último como ciudadanos: ser agentes de cambio social.

Puericultura del niño en edad preescolar

Dra. Miriam Bastidas Acevedo
Pediatra
Profesora
Departamento de Pediatría y Puericultura
Facultad de Medicina
Universidad de Antioquia

En la etapa comprendida entre los dos y los seis años, conocida como edad preescolar, los niños alcanzan más autonomía, desarrollan la iniciativa y consiguen otros logros como las destrezas motrices, el mayor desarrollo del pensamiento, la mejor comunicación verbal y gestual y la capacidad de compartir con otros, construidas con el acompañamiento inteligente y amoroso que se les brinde.

Algunos de los elementos importantes que los adultos deben tener en cuenta para hacer este acompañamiento son el juego, los hábitos higiénicos, el control de esfínteres, los hábitos de sueño, la disciplina y el jardín infantil.

Juego

El juego es una necesidad para los niños, que los pone en contacto en la realidad y les libera tensiones; con él adquieren habilidades y aprenden a afrontar situaciones nuevas, imitan a los demás, conocen los diferentes roles y dan rienda suelta a su imaginación y creatividad. Además, el juego les da la posibilidad de entrar en un mundo con reglas, necesarias para poder vivir en sociedad.

La forma de jugar varía con la edad; de los dos a los tres años le gusta jugar solos, no son capaces de compartir sus juguetes ni sus juegos. De los tres años en adelante van adquiriendo la capacidad de compartir y juegan con otros niños, utilizan la imaginación, la fantasía y la imitación. Hacia los cinco años pueden aclopar su juego con la realidad que los rodea. A los seis años toleran ciertas reglas en los juegos, son más creativos y los pueden organizar.

Para que los niños desarrollen su principal actividad, que es el juego, el adulto debe proporcionarles los juguetes adecuados a su edad, respetarles el juego y el tiempo para jugar, vestirlos adecuadamente para que lo hagan con libertad y comodidad, no entrometerse en sus juegos ni tratar de organizarlos con sus reglas; los niños necesitan tener acceso constante a sus juguetes y la posibilidad de decidir cuando termina el juego para cambiar de actividad.

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