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CONDECORACIONES A COLEGAS ILUSTRES

En esta oportunidad queremos resaltar los nombres de tres Médicos a quienes se les hará distinción especial; son ellos: El Dr. Luis Ardila Casamitjana y Eduardo Camargo Martínez. Recibirán el escudo de oro, condecoración otorgada " a los colegiados que habiendo cumplido cincuenta años de ejercicio profesional, por lo menos durante quince hayan pertenecido al Colegio"

También se entregará la medalla César Uribe Piedrahita al Dr. Luis Felipe Uribe Santos.

Forman ellos un grupo aparentemente heterogéneo, son egresados de distintas universidades y tienen diferentes especialidades.

Presentamos un breve resumen de las hojas de vida de los Drs. Ardila, Camargo y Uribe:

Dr. LUIS ARDILA CASAMITJANA

Graduado en la Universidad Nacional de Colombia y con entrenamiento en Radiología en la Universidad de Minessota. También ha servido al Departamento en calidad de Gobernador entre 1978-1980 y a nivel nacional se ha desempeñado como Presidente de los Comités Departamental y Nacional de Cafeteros.

Dr. EDUARDO CAMARGO MARTINEZ

Egresado de la Universidad Nacional con título de especialista en Cirugía y se dempeñó durante 30 años en los Hospitales San Juan de Dios y González Valencia. También fue Jefe Médico en la Caja Municipal de Prevención. Ha pertenecido al Colegio Médico de Santander desde su greso de la Universidad.

Dr. LUIS FELIPE URIBE SANTOS

Es egresado de la Universidad de Guayaquil y laboró desde 1959 a 1970 como Asociado de medicina Interna en el Hospital San Juan de Dios. También, como Oficial de Sanidad en el Batallón Ricaurte. Además, fue Secretario Municipal de Higiene, Coordinador Médico en la Universidad Industrial de Santander encargado de la oficina de Coordinación del Instituto de Seguros sociales y docente de la Universidad Santo Tomás. Desde 1993 ejerce las funciones de Revisor Fiscal del Colegio Médico.


La A.M.C. de Antioquia se pronuncia sobre el conflicto armado y el proceso de paz. A continuación transcribimos íntegramente el texto de su declaración pública:

DECLARACION PUBLICA DE LA ASOCIACION MEDICA COLOMBIANA (A.M.C.) SECCIONAL DE ANTIOQUIA

Recogiendo el sentimiento de los médicos del Departamento de Antioquia, que igual a la gran mayoría de ciudadanos estamos profundamente consternados porque vivimos y padecemos día a día la demolición progresiva de la patria, en una guerra que ha rebasado los límites de toda insensatez e inhumanidad, cuyas acciones se expresan en las atrocidades de los ya innumerables asesinatos selectivos y masacres completamente injustificados e impunes, de inocentes ajenos al conflicto, presentados como retaliaciones de uno y otro bando; en la crueldad sin nombre de las minas quiebrapatas, hoy, el único sembrado de muchos campos y que afectan especialmente a los niños, a quienes además de sus extremidades, les han volado también sus sueños; en los secuestros, torturas, desapariciones y ejecuciones por fuera de combate; en el duelo de innumerables familias; en el desarraigo violento de más de 1.5 millones de personas que vagan en busca de solidaridad; en la destrucción física de poblaciones enteras, de vías y puentes, de la infraestructura energética; del escandaloso incremento de los gastos y de las acciones de guerra oficiales, con el patrocinio de potencias extranjeras; en la quiebra económica y social generalizadas; y en la desesperanza de una población que sin ser escuchada ni representada por ninguno de los bandos, sufre los efectos de la lógica sin razón de la guerra que cada día se intensifica en acciones y en crueldad mientras igualmente se intensifica el discurso de la paz.

Señalamos lo inaceptable de este estado de cosas; no podemos continuar en el proceso dilatorio y engañoso de las conversaciones en medio de esta guerra que ha generado el perverso mecanismo de agravarse progresivamente mediante la lógica de hacerse sentir con más violencia, para presionar al contrario a la negociación con ventajas.

Nos unimos por ello a todos los que consideran la paz concertada como la única opción sensata, porque la ilusión de someter al otro, solo traería mayores descalabros y sufrimientos. Igualmente, estamos de acuerdo con quienes piensan que sustentar una paz real, requiere profundas reformas económicas, políticas y sociales, entre ellas, las de los fracasados sistemas de seguridad social y salud, y una reforma a la justicia que la haga eficiente, justa, equitativa y universal.

Reclamamos unas conversaciones y negociaciones urgentes y en serio, ajenas a mecanismos perversos que agravan el conflicto. Proponemos un cese al fuego o tregua multilateral e inmediato; negociación con todos los actores armados en forma simultánea y coordinada; plazos razonables para las negociaciones; participación decisoria de toda la sociedad a través de sus distintas formas organizativas; establecer áreas de distensión limitadas en el espacio y tiempo a las necesidades de la negociación y condicionadas a los avances logrados, con reglas de juego claramente preestablecidas y bajo el imperio de la ley; el arbitraje internacional para garantizar el cumplimiento de lo pactado y el acatamiento al derecho Internacional Humanitario; veedurías nacionales integradas por personalidades paradigmáticas que hagan de vigías y garantes del proceso y oriente las principales energías y recursos del país para el logro de nuestro principal anhelo.

Ofrecemos nuestro concurso, nuestros hombres y mujeres, médicos expertos, éticos y humanistas probados, para lo que seamos requeridos, especialmente en lo que tiene que ver con la reforma a la Seguridad Social y de la atención en salud, como aportes invaluables y necesarios.

Dr. Idris Londoño Restrepo
Presidente Junta Directa Asociaicón Médica Colombiana Seccional Antioquia


Un Colombiano Gana el I Concurso de Tanatocuentos

"Alas de hueso», es el cuento ganador del Primer Concurso Internacional de Tanatocuentos, realizado en España. Participaron 387 autores de España y otros países europeos, además de países de Centro y Sur América, así como de Estados Unidos. El Doctor Efraim Otero Ruiz, colegiado del Colegio Médico de Cundinamarca, ha cedido gentilmente su texto al Heraldo Médico.

El Editor.

ALAS DE HUESO
Efraim Otero Ruiz - Bogotá, Colombia

Hemos rebuscado los escondrijos del gato, allá donde el lomo del tejado termina en un triángulo de adobes antiguos con un hueco que mira a un cielo raso cañero que se entrama con la casa vecina, y no hemos encontrado el hueso de Jaime. Mamá, rosada e iracunda, nos ha gritado que bajemos y no rompamos tejas –para no despertar sospechas le habíamos dicho que buscábamos la pelota de juegos– y lo hacemos en momentos en que una nube de oscura tormenta pasa por cerca de los tejados enmohecidos y nos deja en la nariz un olor de agua oxigenada, como el que despiden las burbujas cuando nos la aplican en la raspadura de la pierna y hay que apretar los labios para no llorar del ardor. Tendremos que llorar si no aparece pronto el hueso de Jaime.

Jaime, dicho sea de paso, es nuestro hermanito de la caja de galletas. Mejor dicho, un esqueleto de feto a término encerrado en una de esas cajas cuadradas de hojalata con tapa redonda, que lleva en la cubierta un letrero desteñido que dice "Huntley-Palmer Biscuits, Made in England’’ sin fecha ni nada. Lo de ‘’feto a término" lo dijo un día Daniel, nuestro médico, en un tono solemne y asqueado, cuando se preguntó por qué guardaban acá esas porquerías. Debe estar en la casa desde antes que tuviéramos uso de razón. Ocupa un lugar misterioso en la alacena grande que huele a naftalina y a ropa de iglesia y está en el fondo oscuro de la alcoba que era de mis padres, y que ahora sirve de depósito a todo lo antiguo que ha quedado desde la muerte los tus abuelos.

El que haya un esqueleto de un recién nacido guardado en una caja de galletas es un secreto a voces en nuestra casa, pero de ello nada saben los vecinos. Sólo los primos mayores que viven en la casa de al lado. Ellos me contaron que, cuando vivíamos en el pueblo, Jaime murió al nacer (Jaime fue uno de los doce partos que tuvo mi madre, contando los 6 hermanos que vivimos) y como era el primer nacido varón y mi madre siempre había ansiado un hijo varón, y quería bautizarlo Jaime, lo rescató del cementerio. O sea: Dejó que lo enterraran en su cajoncito blanco, y le rezaran las siete noches, y el cabo-de-mes y las de varios meses, pero antes de cumplir el cabo-de-año-, en complicidad con Tobías, el viejo sepulturero, y gracias a la tierra seca y arenosa de ese pueblo caluroso en que vivían mis padres, se fue un día a la tumba y rescató el cajoncito y entre las tablas podridas estaban las huesecitos encalados, de un blanco-rosado tan brillante que mamá creyó que era un milagro. Los contó y recontó -eran doscientas seis, para ser exactos- y los echó en la caja grande de galletas inglesas, para entonces ya vacía.

Y con ellos fueron a dar al otro pueblo, y del otro pueblo a la ciudad, a la casa que ahora ocupamos. Mamá no sabe que la hemos observado en secreto, por una rendija, apenas llegan las vísperas del día de difuntos -creemos que Jaime nació y murió hacia finales de octubre- cuando, muy pensativa, saca de la alacena el misterioso recipiente, extiende un pedazo cuadrada de terciopelo verde, como ese que ponen en los catres que se llevan plegados a la Misa Mayor, y con un ruido de hojalata que trata de asordinar contra su cuerpo desocupa la caja de galletas y extiende las huesecitos en el terciopelo.

Hay vértebras diminutas, como cuentas de un rosario de coral, y huesos delgaditos y alargados, y otros planos como cucharas. Los mira, les da vueltas, los cuenta y a veces parece que los acariciara con sus dedos. Satisfecha, cuando ha llegado a contar doscientos seis, enciende una vela sobre un candelero de cobre y se queda diez, quince minutos, hablando o rezando en voz baja. Después, ya más tranquila, agarra el terciopelo por tres de sus puntas y haciendo una especie de embudo o vertedero devuelve los huesos a su receptáculo y tras nuevo ruidajo les pone la tapa. Apaga la vela y retorna la caja a la alacena, al rincón más oscuro. Después vuelve a salir, como si nada hubiera pasado, pero en esos días la encontramos más ensimismada, menos comunicativa y exhalando largos suspiros cuando se sienta a su costura.

El primero en descubrir el secreto fue Hernando, mi hermano mayor. Oyó cuando mamá le contaba a mi tía, la de la casa de al lado, que cuando ellas vivían en el pueblo eran tan pobres que ella no tuvo con qué pagar un osario para que los huesos reposaran en el panteón de la Iglesia, y por esa decidió guardarlos en la caja de hojalata. También porque quería tenerlos más cerca y porque a ella eso de encontrarlos rosaditos y brillantes y secos antes de que cumplieran un año, le parecía un milagro. Un milagro de Dios, que no quería separarla del todo de su hijo. Aunque ya después de eso llegaron tres hijos varones y dos hembras y llegué yo, el más pequeño, y la casa de la ciudad se pobló de risas y alegrías sobre todo cuando se nos juntaban los primos de al lado. Ya parecía superarse la pobreza, y esta prosperidad mamá la atribuía al milagro que le habían hecho los huesos de Jaime. Y continuaría así mientras ella pudiera contar, todas y cada uno de los años, en el día de difuntos, los numerosos huesecillos que a veces, en el sol de la tarde, brillaban como si fuesen de madreperla. Eran como la recóndita clave del bienestar y la seguridad futuros.

Esa tarde, cuando no apareció el hueso, mis hermanas, mis hermanos y yo realizamos un secreto conciliábulo en la profundidad del solar interior, donde unas matas de hojas enormes y húmedas nos rodeaban y nos aislaban del resto del jardín. La situación no podía ser más grave. Estábamos a finales de septiembre y pronto, muy pronto (qué tan pronto no lo sabíamos, podían ser una, dos, tres semanas) mamá desocuparía la caja de galletas, contaría los huesos de Jaime y encontraría que faltaba uno. Y ese uno era de los más grandes. Era un hueso filudo y esponjoso, con dos alas como de mariposa, que siempre -cuando habíamos dispuesto a lo largo los miembros y las vértebras y las costillas- parecía corresponder a los huesos del cráneo, aunque no encajaba bien con aquellos en forma de concha redondeada con los que nosotros podíamos armar, lentamente, la calavera. El hueso alado se empeñaba por quedarse suelto en la base, coma si estuviera dispuesta a echarse a volar. Claro que esto lo hacíamos meses antes, en los días solitarios y opacos de la Semana Santa, cuando toda la ciudad parecía vestirse de negro o de morado, se callaban las campanas y las reemplazaban por matracas y mamá y toda la servidumbre salían a rezar rezos interminables de jueves y Viernes Santos. Ese ambiente así, un poco lúgubre, nos parecía el apropiado para jugar con los huesos de Jaime. Sin embargo, este día del soleado septiembre, habíamos roto nuestra rutina y aprovechando que mamá y las sirvientas se habían desplazado al mercado del pueblo vecino, habíamos vuelto a sacar nuestros huesos, con tan mala fortuna que allí, poco antes de que todos regresaran, tenía que haber sucedido el malhadado incidente del gato. ¿Qué haríamos ahora?

Alguien propuso acudir al sepulturero citadino -el cementerrio distaba sólo seis o siete cuadras de nuestra casa- a quien conocíamos, pues Romualdo, como se llamaba doblaba las más de las veces como sobandero, y nos era frecuente verlo ajustando esguinces y tronchaduras en nuestros compañeros de juego. Pero, sabiendo lo lengüilargo que es, ello sólo serviría para divulgar nuestro secreto y hacer de mamá y de toda la casa el hazmerreír del barrio. Además, aún con toda su sabiduría, no creo que pudiera restituirnos el huesecito alado con su blancura y tamaño prfectos.

El gato Mincho, de piel negra y brillante salpicada de manchones blancos, ha pasado ronroneando junto al pilar y nos mira con sus pupilas dilatadas, como si nada tuviera que ver en el asunto. Pero mi hermanita ha jurado que ella lo vió entrar a la alcoba como una ráfaga -cuando salimos un momento a tomar las medias-nueves y después lo vio salir y dirigirse al tejado llevando algo entre la boca, como si hubiera atrapado una mariposa blanca. Por eso no nos queda la menor duda de que él es el autor de la pilatuna.

Alguien ha sugerido la idea del canje. Si lo seguimos a donde puede haber ocultado el hueso, quizás acceda a cambiárnoslo por una ala chamuscada de pollo, de esas que le gustan tanto. Dicho y hecho. Hemos guardaddo dos alas de nuetsro almuerzo y al caer la tarde lo hemos seguido a su nuevo escondite, muy próximo al palomar de la casa vecina. Y allí, entre las pajas de un nido abandonado, hemos visto el hueso de Jaime que ya parecía no importarle al maldito gato, pues se devoró nuestras alas y se marchó displicente, dejándonos en posesión de nuestro preciado trofeo. Menos mal que no se había devorado la alas de nuestro huesecillo.

Esta madrugada muy temprano, cuando todos dormían, lo hemos restituido a su caja de lata. Ya podrá mamá celebrar tranquila su pequeña ceremonia del día de difuntos.

 

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