EDITORIAL

 

EL LENGUAJE MÉDICO*

 

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VOLUMEN 25 No. 3 JULIO - SEPTIEMBRE 2010

 

JOSÉ FÉLIX PATIÑO RESTREPO, MD, FACS (HON)

 

¿Por qué este Editorial se titula el lenguaje médico y no el idioma médico? Porque “lenguaje” es la manera de expresarse: lenguaje culto, grosero, sencillo, técnico, forense o vulgar; es el estilo y el modo de hablar y de escribir de cada persona en particular. “Idioma” se refiere más bien a la lengua de un pueblo o una nación (1). Por supuesto, se podría decir que también es correcto hablar de idioma médico, como la lengua de una profesión. Pero es que, precisamente, la medicina tiene lenguaje más que idioma.

 

Juan Mendoza Vega, en su trabajo “Metáforas, eufemismos y circunloquios en el lenguaje médico” (2), señala cómo el lenguaje retoma lugar privilegiado e importante en las actividades para el cuidado de la salud, y dice:

 

“La parte hablada y escrita de este lenguaje, dirigido al común de las gentes, por lógica debe usar en nuestros países el idioma castellano y no lo que vengo llamando desde años atrás el mediqués”.

 

Y se refiere al lenguaje médico donde reinan las metáforas, locuciones y circunloquios para evitar términos precisos, pero de gran carga emocional que puedan producir conmociones en el paciente y sus familiares, esa tendencia a “no mentir pero tampoco decir”, cuando dentro de la relación médico-paciente “decir la verdad es parte importante del proceso terapéutico”.

 

La medicina es ciencia y es profesión. Los traductores españoles de Hipócrates de Cos la han denominado arte. Y cada ciencia, profesión y arte posee su propio lenguaje. O sea que en la medicina se pueden combinar tres formas de lenguaje. Además, la medicina como ciencia, como profesión o como arte, se enseña y se practica en un riguroso marco ético, moral y deontológico, con fundamento en humanismo y humanitarismo, los cuales también poseen sus propios lenguajes.

 

Como ciencia, la medicina exige un lenguaje riguroso, pleno de terminología nueva derivada de los avances tecnológicos y científicos que suceden con tal rapidez que resulta inevitable la introducción constante de tecnicismos. En la medida que la medicina avanza con fundamento en las “ciencias duras”, la física, la química, las matemáticas, la biología y las ciencias sociales, el lenguaje médico, de raíces principalmente grecorromanas, se enriquece y diversifica. Y abundan los epónimos, que sólo tienen significación para los médicos. El lenguaje médico posee unos 300.000 vocablos, cuatro veces más que los 83.000 que aparecen en el Diccionario de la Real Academia Española, según Álvaro Rodríguez Gama (3). Ese lenguaje, por supuesto, es la principal fuente de información, no sólo entre médicos y personal de salud, sino para los pacientes y el público en general.

 

La nueva biología, la biología molecular y la genómica, por una parte, y la revolución de las comunicaciones y el avance de las tecnologías de la información, por otra, han resultado en el desarrollo de la informática biomédica que hoy es de libre acceso, sin límites de distancia ni de tiempo. De todo ello han surgido los dos paradigmas de la ciencia médica actual: la biomedicina y la infomedicina.

 

En la biomedicina se registra una proliferación de nuevos términos, en español y en todos idiomas, de anglicismos la mayor parte de ellos. Con lamentable frecuencia se traducen en forma incorrecta al español. A su vez, el nuevo paradigma de la infomedicina trajo una multitud de términos ingleses, muchos de los cuales, por no tener traducción adecuada, se han incorporado al lenguaje médico español. Los más conocidos ejemplos son software y hardware. Y algunos se han castellanizado: “chatear”, para significar diálogo electrónico en tiempo real, y no como aparece en el Diccionario, “Beber chatos (|| de vino)”. Y qué decir de “accesar”, en vez de acceder. ¿Y cómo traducir bit, que es la unidad más pequeña de almacenamiento de información en el sistema binario (digital) que reconoce un computador? O ¿chip, esa minúscula sección rectangular de un cristal de material semiconductor, usualmente sílice (silicio), en el cual se estampa un circuito integrado, el bloque básico de construcción de todo computador? Aunque en algunos textos en castellano se lo denomina microplaqueta, chip ya ha sido adoptado por el idioma español y por muchos otros en el mundo.

 

En medicina la comunicación se hace en tres niveles y modalidades diferentes y con propósitos bastante disímiles:

 

• El de la ciencia, como en una reunión o congreso, en una publicación en un texto o en una revista científica; aquí prima el rigor de la terminología técnica, mucha de ella con abundancia de neologismos, especialmente de anglicismos.

 

• El de la profesión, tal vez donde más interviene el lenguaje para comunicarse, con claridad, con el paciente o sus familiares, con los estamentos de la sociedad o con los entes reguladores gubernamentales o los intermediarios de carácter privado.

 

• Finalmente, el lenguaje del trabajo del médico en su ámbito interdisciplinario, que es generoso –se podría decir exagerado– en el uso de siglas y abreviaturas, como suele verse en una historia clínica de nuestra época.

 

En este último campo, el del lenguaje usual de la interactividad profesional del médico, se dice, por ejemplo: “se acuerda emprender un tratamiento agresivo”. Para los profesionales de la salud esto significa emplear la totalidad de los recursos terapéuticos y de soporte disponibles, una medida de máxima intensidad terapéutica en favor del paciente. Pero agresivo, viene de agredir, que significa cometer una agresión, y agresión es “acto de acometer a alguien para matarlo, herirlo o hacerle daño”, o “acto contrario al derecho de otra persona” según el Diccionario de la Real Academia Española. Para el paciente y su familia tratamiento agresivo puede significar hacerle daño.

 

Las siglas y los acrónimos son lo corriente en las historias clínicas. Pocos internos o residentes escriben radiografía del tórax, sino RXT. Una hemorragia o sangrado del tracto gastrointestinal o digestivo superior es HGIS o SDS, y cirugía es Q; la Q porque viene de quirúrgico. BUN es blood urea nitrogen, nitrógeno ureico sanguíneo, que debería ser NUS, y TSH, thyroid stimulating hormone, es hormona tiroidea estimulante o HTE. Ningún médico sabría hoy que es NUS ni HTE.

 

En el mundo se ha generalizado la sigla M. D. a continuación de un nombre para indicar que la persona es doctor en medicina: Medicinae Doctor. Algunos equivocadamente creen que M. D. es un anglicismo que significa “medical doctor”. No es así. Corresponde, en latín puro, a Medicinae Doctor, idioma fuente del español y fundamento de la terminología científica médica. El grado de Medicinae Doctor, M. D., fue expedido universalmente en el pasado. Las universidades más antiguas de Colombia, Perú, México y otras naciones latinoamericanas, otorgaron diplomas en latín, como lo hace todavía la Pontificia Universidad Javeriana en Colombia, así como muchas de las grandes universidades de prestigio mundial. Las anglosajonas, tan celosas de las tradiciones académicas, aún lo hacen. El diploma que expide la Universidad de Yale, por ejemplo, reza:

 

“[…] amplioris honoris academici candidatum ad gradum titulum que medicinae doctoris admisimus…”.

  


 

* Apartes y adaptación del Discurso de posesión de J. F. Patiño Restrepo como Miembro de Número de la Academia Colombiana de la Lengua, 19 de marzo de 2009. 

 

 

 

 

 

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