|Friday, November 28, 2014

Discurso de Orden en la Presentación del Libro: “Medicina Científica Mutisiana”  

Por el Académico Dr. Efraím Otero Ruiz

Cuando nos ocupamos por primera vez del prólogo para el libro “Medicina científica mutisiana” preparado por Alberto Gómez Gutiérrez junto con su colega y amigo Jaime Eduardo Bernal, pensamos que este sería el trabajo ideal para su ascenso a Miembro Correspondiente de la Academia Nacional de Medicina. No sólo por los méritos que Alberto ha acumulado en esta Academia por casi dos décadas, por los trabajos que ha publicado y leído en nuestras sesiones, sino por su asiduidad en concurrir a las mismas, por su desempeño en las diversas comisiones y el entusiasmo con que ha acometido las colecciones y exposiciones temporales del museo.

Por ello nadie más indicado para recibir esta noche el título de Miembro Correspondiente, como justa retribución a sus desvelos; y nada más obligante y honroso para mí que cumplir con la misión que me otorga la Junta Directiva de hacer la presentación de nuestro nuevo Miembro, con quien me ligan vínculos personales y casi familiares ligados a nuestra mutua santandereanidad.

Como dije en el prólogo, puede decirse que, a doscientos años de su desaparición, la vida del sabio Mutis nos sigue llenando de sorpresas. A los sesudos trabajos sobre la obra del sabio y la Expedición Botánica producidos en la segunda mitad del Siglo XX se han seguido otros descubrimientos o detalles que sirven para iluminar o enaltecer más las realizaciones del prodigioso gaditano y su influencia en el desarrollo de nuestra nacionalidad. Tal ha sido este sorprendente documento inédito escrito por el sabio en 1759 y existente en el Archivo Histórico Javeriano de Bogotá, que ha motivado el presente libro, publicado por Javergraf bajo el apropiado título de “Medicina científica mutisiana” y cuyas maravillas acabamos de disfrutar.

Dos cosas deben agradecer a la Divina Providencia la ciencia y la nación colombianas, una, la de que Mutis haya surgido en la mitad de la España del siglo XVIII; y otra, la de que hubiese elegido a la Nueva Granada como el destino final de su vida.

Sobre el atraso que sufrió la ciencia española durante los primeros Borbones se ha escrito mucho, pero quizás nadie se dedicó con más tino al estudio de dicha época que el profesor Gregorio Marañón. Refiriéndose a las primeras décadas de ese siglo, escribió : “Esta oscuridad de la vida intelectual española era, sobre todo, densa en lo referente a las ciencias naturales, consideradas como peligrosas e inútiles. Sólo era aceptada, como pasto de la inteligencia, la teología escolástica, la moral y la expositiva; incluso entre los profesores de las ciencias más prácticas, como la Medicina.

Mientras en el extranjero, como lo dijera una vez Fray Benito Jerónimo Feijóo, progresan la física, la anatomía, la botánica, la geografía, la historia natural, nosotros nos quebramos la cabeza y hundimos con gritos las aulas sobre si el ente es unívoco o análogo, sobre si trascienden las diferencias, sobre si la relación se distingue del fundamento, etc. Apenas entraban en España libros extranjeros, considerados como ‘aires infectos del Norte’. Y el idioma francés, vía de enlace con el saber universal, era casi des conocido por los lectores peninsulares. Las otras lenguas vivas lo eran también, aun en mayor medida que el francés”.(1) Y más adelante agrega : “Si nos circunscribimos al estado de nuestra ciencia, de la Medicina, llueven por todos lados los testimonios de la profunda miseria en que yacíamos por aquellos años del Señor”.(2)

Como después lo anotara Castiglioni en su monumental Historia de la Medicina : “El marasmo de la ciencia médica española era tan absoluto que incluso por largo tiempo se habían cerrado las ventanas a los aires de fuera; ni siquiera se traducían las obras que más éxito lograban en el extranjero. La enseñanza en las Universidades era prácticamente nula; los profesores, con sueldos miserables aun en aquella época, podían obtener la cátedra sin concurso ni oposición y solían abandonarla durante meses enteros y cursos completos”(3).

Por eso Marañón en uno de sus libros y en sus numerosos ensayos se dedicó a estudiar la obra del Padre Feijóo, el prodigioso benedictino que, según él, “imprimió a la ciencia española y al progreso médico un ritmo moderno, sacudiendo la tremenda inercia de tres generaciones de medianías y de pedantes. Y tomó sobre sí la empresa ciclópea de arrancar de la mente de los españoles la infinita cantidad de supersiticiones, errores y fantasías que los ahogaban.

Además de su estudio insuperable de la ignorancia del alma popular trató el benedictino, con tino y minucia, de la organización de la enseñanza, del estado de las universidades y de los posibles remedios para poner fin a tanto atraso”. Con su influencia y la de otros españoles ilustres como don Gaspar Casal y el Padre Sarmiento lograron mover las voluntades de reyes y cortesanos que comprendieron la necesidad de modificar, tanto en la metrópoli como en las colonias, ese deplorable estado de cosas : de ahí surge lo que se ha llamado el iluminismo español que, afortunadamente, logra afectar positivamente la vida y la obra de don José Celestino Mutis y se transmitirá a sus alumnos. La importancia de este estudio radica en que nos permite medir en alguna forma, guiados certeramente por los autores. la dimensión en la transición de ese conocimiento.

Otra circunstancia afortunada fue la de que Mutis hubiese nacido en Cádiz en 1732. Cadiz y su cercana Sevilla, eran quizás las ciudades más cosmopolitas del imperio español ya que en sus puertos se originaba todo el comercio y el contacto intelectual con las colonias de ultramar. Y, obviamente, eran el centro de la potente Armada hispana, dispuesta a conquistar y a batirse con las superpotencias. El ser hijo de una familia burguesa, sin mayores estrecheces económicas, le permitió cursar sus estudios de gramática y filosofía en el Colegio de San Fernando y desde allí escoger como carrera la Medicina. Y lo hace quizás en el momento más importante de la transformación en la enseñanza médica española.

El estado misérrimo de la cultura médica había provocado una reacción lógica en los ámbitos de la medicina militar y naval, que por sus obligados desplazamientos observaba los progresos logrados en otras latitudes y sentía la necesidad imperiosa de mejorar la docencia. Ese imperativo, llegado al Rey, fue el motivo de la creación en Cádiz, en 1748, del Real Colegio de Cirugía, destinado exclusivamente para la enseñanza de cirujanos para la marina, mediante un profesorado seleccionado que se hubiese educado en las mejores universidades extranjeras. El promotor, el alma de esa transformación fue Pedro Virgili (1699-1776), graduado en Montpellier y en París, que había llegado a ser médico de cámara de Fernando VI, quien le encargó la fundación del mencionado Colegio. Uno de sus primeros alumnos, como lo fue Mutis, fue un catalán coetáneo de éste, Antonio Gimbernat (1734-1816), experto anatomista y cirujano, amigo de Hunter en Inglaterra, cuyo apellido consagró la anatomía dándole al extremo interno del arco crural el nombre de ligamento de Gimbernat.

Aunque no existe constancia escrita alguna, se cree que Gimbernat y Mutis fueron amigos o al menos se conocieron durante esos años universitarios. Posteriormente Gimbernat ayudará a Virgili en la fundación de los colegios médicos de Madrid y de Barcelona.

Cumplida la práctica en el Hospital Naval de Cádiz, Mutis viaja en 1757 a Madrid donde recibirá el título de Médico y trabajará por tres años con el apoyo de su antiguo maestro Pedro Virgili. De esa época datan algunos de sus más importantes estudios médicos, como el documento que nos ocupa, los cuales servirían también para cimentar su fama entre los nobles y funcionarios de la corte. De esa época también data su afición a la botánica, entrenándose con Miguel Barnades, médico de Carlos III y Director del Jardín Botánico de Madrid. Gracias a Barnades (propulsor en España del sistema sexual de clasificación de plantas propuesto por Linneo) y a través de algunos seguidores del eminente sueco pudo escribirle a éste y mantener una correspondencia y una amistad epistolar que duraría muchos años y que influyó de manera definitiva en sus actividades como Director y gestor de la Expedición Botánica en nuestro territorio(4).

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