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PSICO-OFTALMOLOGÍA CONOZCA EL GRADO DE AGRESIVIDAD EN LOS HUMANOS MIRANDO SUS DEDOS
Bailey AA, Hurd PL: Finger length ratio (2D:4D) correlates with physical agression in men but not in women. Biological Psychology 68: 215-222, 2005 Kondo T, et al: Of fingers toes and penises. Nature 390: 29, 1997 Manning JT: The ratio of 2nd and 4th digit lenght and performance in skiing. J Shorts Med Phys Fitness 42: 446-450, 2002
Daniel Jácome Roca, MD Endocrinología ANDRÓGENOS Y DIFERENCIACIÓN SEXUAL
Bogotá.
La relación entre las hormonas y la conducta es compleja. Se sabe por
ejemplo que los andrógenos participan en la diferenciación del sistema
nervioso central in utero y
que en el ser humano adulto incrementan la libido, independientemente del
sexo y de la orientación sexual. Las hormonas sexuales tienen efectos
activadores –caracteres sexuales secundarios y de conducta- en los
adultos, pero tienen efectos organizacionales –sobre el sistema nervioso-
en las etapas fetales. Durante el desarrollo fetal temprano, los genitales
y el hipotálamo son idénticos para ambos sexos, pero la diferenciación se
logra ante la exposición del sistema nervioso a la testosterona (entre el
segundo y quinto mes del embarazo en humanos). De no haber dicha
exposición los andrógenos, los mamíferos se desarrollarían como hembras,
independientemente del sexo genético. Estas hormonas inducen los cambios
físicos característicos y activan circuitos neurales específicos que
inducen conductas masculinas, ya sean sexuales (montaje de rata macho
sobre la hembra) como sociales (juego más agresivo en los hombres). En
ausencia de testosterona, los estrógenos producen un desarrollo femenino,
pero en su presencia se generarán los
testículos,
no importa cuál sea el sexo genético. Como los fetos masculinos sufren una
masculinización en presencia del andrógeno durante ciertos periodos
prenatales, se han estudiado sus efectos en casos clínicos específicos
como la administración de
Los andrógenos regulan la liberación de GnRH y a través de ella, la LH y FSH, durante la diferenciación sexual –desarrollo del conducto de Wolff- forman el fenotipo masculino y promueven la maduración sexual durante la pubertad. Por acción de la 5-alfa-reductasa, la testosterona de transforma en 5-dihidro-testosterona en células blanco como en la próstata y folículo piloso. Estos dos andrógenos actúan a través del mismo receptor, pero de manera diferente durante la diferenciación sexual. La testosterona se encarga de la diferenciación de las estructuras derivadas del conducto de Wolff (epidídimo, vasos deferentes, vesículas seminales y canales eyaculadores) mientras que la 5a-dihidrotestosterona –metabolito de la anterior- es el ligando activo en otros órganos blanco influenciados por los andrógenos como el seno y tubérculo urogenitales y sus estructuras derivadas, como la próstata, el escroto, la uretra y el pene. La interacción diferente con el mismo receptor muestra que la testosterona es dos veces menos afín con él que la DHT, pero su disociación de dicho receptor es cinco veces más rápida. La compensación de esta actividad androgénica más débil la compensa la testosterona por medio de concentraciones locales más altas debido a difusión de los cercanos testículos, aunque en los órganos más lejanos –seno y tubérculo urogenitales- la amplificación de la acción de la testosterona se hace a través de la DHT, por acción de la enzima 5a- reductasa. Los andrógenos interactúan con receptores nucleares que se encuentran en tejidos andrógeno-dependientes como los órganos sexuales accesorios, y menor concentración, en músculo, hígado y corazón. Pocas semanas antes del nacimiento se produce la migración de los testículos –localizados en el abdomen- al saco escrotal, pues los espermatozoides requieren una temperatura inferior en 4oC a la del cuerpo para poder desarrollarse. Los niveles de testosterona suben en el primer semestre de vida a la mitad de los de un adulto, luego descienden hacia el año y permanecen bajos hasta la pubertad. Permanecen constantes durante la adultez y descienden un 30% en la vejez (después de los setenta años). El proceso puberal masculino se inicia hacia los siete años con la producción suprarrenal de andrógenos –adrenarquia- y algunos años más tarde se empiezan a presentar pulsos de GnRH y de LH, y la esteroidogénesis androgénica se activa, con efectos sobre los órganos sexuales primarios y los accesorios, y con la presentación progresiva de los caracteres sexuales secundarios que se pueden describir de acuerdo a la clasificación de Tanner. Alfredo Jácome Roca, MD
Editor, Tensiómetro Virtual Crónicas de un médico andariego ¿DE QUÉ MURIÓ EL GENERAL ANZOÁTEGUI? La historia que cuentan en Pamplona habla de una muchacha que estaba encerrada con el General. Pamplona puede ser un lindo sitio para morir. Ahí cerca cayó herido y agonizó en 1532 el sanguinario Ambrosio Alfinger; y el conquistador Ortún Velasco, fundador de la ciudad en 1549, la escogió para criar a sus hijos y morir allí de viejo. Pero morir en Pamplona no debía estar en los planes del general venezolano José Antonio Anzoátegui cuando llegó allí ostentando el pomposo título de Comandante en Jefe de los Ejércitos del Norte. Con 29 años, este general de división, veterano de 37 acciones de guerra, y que había comandado las alas central y derecha de los ejércitos patriotas en Boyacá el 7 de agosto, era después de Bolívar y Santander el militar neogranadino de más alto rango.
El castigo divino se manifestó en Pamplonilla en forma de terremoto, en 1644. Los monjes del monasterio de Santo Domingo se habrían salvado todos por el anuncio premonitorio de un niño indígena que golpeó en sus celdas librándolos de la hecatombe. Sólo una pared del monasterio quedó en pie, aquella en donde estaba el lienzo de Nuestra Señora del Rosario. Fueron muchos los que murieron durante el sueño esa madrugada del 16 de enero. Durante siglos Pamplona había sido un criadero de artistas. Ello se manifiesta incluso hoy no sólo en sus construcciones, sino en sus dos museos de arte y en su universidad, un centro educativo que no ocuparía un lugar secundario así estuviera en Bogotá, Cali o Medellín. Y estamos hablando de una ciudad cuya población (según el censo de 1993) compite apenas con Pitalito o con Sahagún, con Fundación o con Yopal. En Pamplona nació el escultor Eduardo Ramírez Villamizar y el mucho menos conocido Alonso Fernández de Heredia, un pintor colonial cuyas obras en nada envidian a las de Gregorio Vásquez de Arce y Ceballos. Pero habría de pasar un siglo desde la muerte del pintor Fernández de Heredia hasta la de nuestro prócer Anzoátegui. Ese trágico 14 de noviembre de 1819, como esas grandes ironías del destino, celebraba el general sus 30 años. Las autoridades de Pamplona le tenían organizado –no era para menos– un banquete en su honor. Pero atengámonos por un momento a los hechos: José Antonio Anzoátegui se enfermó el 14, se murió el 15, y lo enterraron el 16. Pero ¿cómo fueron las circunstancias que rodearon su muerte? ¿de qué murió el general? Ahí sí los relatos difieren. El parte oficial consigna tan sólo la palabra ‘fiebre’ como causa de su fallecimiento. La biografía clásica de Anzoátegui, la de Fabio Lozano y Lozano, con sus 500 páginas, dedica algo más de una a la enfermedad final del héroe de Boyacá (y luego 25 a los trámites legales de su sucesión). Aunque Lozano y Lozano plantea las dudas que hay al respecto, termina apoyando la hipótesis de una fiebre letal. Algún médico e historiador venezolano asegura que a Anzoátegui lo envenenaron. El escritor samario del siglo XIX Luis Capella Toledo asegura que el héroe murió de mal de amores, al saber que una muchacha que él había conocido en Duitama, y a quien dirigió un par de cartas de amor al encontrarla de nuevo en Pamplona, se había casado. Pero la historia que cuentan en Pamplona es diferente. En el recorrido por la casa en donde falleció el general le muestran al visitante la alcoba en donde agonizó y murió. Pero también destacan las dos puertas de la habitación, una que sale al patio central, y otra que lleva al largo corredor lateral por donde circulaban las bestias en camino a los establos que estaban detrás de la casona. Por esa puerta –se dice– huyó la muchacha que estaba encerrada con Anzoátegui cuando sobrevinieron los primeros síntomas de su letal enfermedad. Debo confesar que no he encontrado registros escritos que apoyen la hipótesis de que nuestro héroe retozaba en la alcoba con una mujer ese 14 de noviembre. Como médico, son raras –aunque no imposibles– las enfermedades febriles que lleven tan rápido a una persona a la muerte y, en particular, a la inconsciencia. Algunas formas de meningitis epidémica, quizás. Es rara también la ausencia de informes detallados del médico de Anzoátegui, el veterano de la Legión Británica Tomás Foley, que lo acompañó durante su corta enfermedad. Con su silencio Foley podría estar protegiendo la confidencialidad de su paciente. Y no menciono siquiera la belleza de la mujer pamplonesa, como un posible factor precipitante, para no hacerme merecedor de algún comentario de Florence Thomas. ¿Qué mató, pues, a José Antonio Anzoátegui? Lo más interesante del caso es que hoy tendríamos las herramientas para esclarecerlo. Según lo corroboré con el neuropatólogo y buen amigo Fernando Velandia, ex director del Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses, la presencia de tóxicos podría detectarse en los restos óseos. Y si murió ‘en el acto’ lo más probable es una hemorragia cerebral, cuyas huellas estarán todavía en forma de una impregnación hemática oscura en el interior de su cráneo. La dificultad no es técnica. ¿Quién ordena la exhumación de los restos del prócer? Y si de veras lo envenenaron –me dice un abogado– ya qué. Ese crimen estaría sin duda más allá de los límites de cualquier prescripción de términos. Quién quisiera morir en Pamplona.
DIEGO ANDRES ROSSELLI
COCK, MD Comentario a un libro (Febrero Escarlata , Ernesto McCausland Sojo , Editorial Planeta , 2005)
En realidad esta Novela Paradiso es un tratado clásico de psico-endocrinología, pues McCausland es un amateur de esta ciencia, aunque en vías de recibir el doctorado Honoris Causa de La Universidad de La Vida. Para los que no la conozcan (o no sean de Barranquilla), esta es regentada por Curtis Buitrago y El Mono Gerlein, representantes autóctonos de la alegría sin prejuicios de los San Nicoleros. El escritor y periodista McCausland es el mejor ejemplar de los psicoendocrinólogos agrestes de la pléyade neo-garciamarquiana mágica que yo he conocido en mis sesenta y un años de vida que se congregan el las esquinas de las calles 20 de Julio y San Blas, de Cuartel y San Juan; en estos lugares, cada uno de dichos individuos tiene una de sus piernas apoyadas en las paredes, con el despropósito de sostenerlas. Dichos muros fueron otrora de bareque, vestidos con calcetines de cal blanca, listos a tomar el fresco y a esperar que las mujeres con falda y los vientos alisios pasaran al tiempo y a escuchar vallenatos gratis. La música de Valledupar emanaba de las disqueras, llevando las canciones de Aníbal Velásquez que desde muy temprano desarreglan el sopor caribeño matutino. Este libro es un recuento al óleo achicharronado por Capeto Cervantes (aunque en mi opinión Capeto es el autobiógrafo y McCausland el seudónimo) y se trata de una exégesis apologética de ese agregado genético cultural y social del norte colombiano, núcleo genético que reside en San Nicolás de Los Canos. Allí mismo bien cerca -a finales del siglo XIX- en una porqueriza soledeña, apareció una raza cuyo reclamo a la fama sempiterna se debe a que descubrió por sí sola con el correr de los tiempos, que el sexo teórico era mejor que el práctico. Es decir, que la clase de Filosofía es mejor que el laboratorio de Química en el sentir de los púberes. O como diría Argelio Pulgar -cuya mujer nunca adivinó la cipote dimensión poética de su marido- cuando dijo: “¿Quieres amor? Está bien, hablemos de sexo como en otros días...”. Esto lo dijo Pulgar en una de sus peroratas amanecidas (con los ojos en la nuca), después de estar en el único burdel de verdad-verdad en San Nicolás, llamado muy apropiadamente La Perla del Río. Este era la sede de una congregación cismática de Los Caballeros del Santo Sepulcro, desplazados a la ribera del río por la incomprensión de ciertas mujeres; estas señoras tenían la teoría de que si bien las mujeres quieren sexo para procrear, los hombres sólo quieren hablar en unos lechos maternales, con el fin de auto-convencerse de que no son homosexuales. En Barranquilla –si lo fueran- correrían el riesgo de sufrir violentas burlas (o una levantada) en público. Capeto (alias McCausland) vuelca la impertinencia en sonrisa y las groserías o plebedades, epítetos, exabruptos y calumnias, en poesía de cuarto bate o tolete beisbolero. Porque las prostitutas, los asesinos, las víctimas, el General, los brutazos, la Bruja, la Tía Juliana, Milagros, Molongo, Manson, los Quijada de Burro y hasta los representantes deshonestos de la curia, son honestos. Hasta el médico legista necrofílico de Calancala es un personaje bonachón a quien todo el mundo saluda en la calle “como si nada, porque uno entiende”. Además el venerable automóvil Zastava epiléptico huele a caballo freudiano y no a burro, lo que constituye un indicio más del valor del botín psicodinámico de este paseo postmerecumbiano. Un rasgo único del Tratado Psico-Endocrinológico Novela Paradiso consiste en que uno puede identificar a los personajes. Uno SABE quienes son los curas que vienen a venirse -y no a decir misa- en La Hora Santa Piadosa de La Perla, en la quietud mañanera de Las Flores, cuando el olor precoz del pimentón desgonzado en el arroz blanco señala las diez de la mañana en punto. Aquellos sí eran curas conservadores falangistas cuya única meta era aliviar su prostatitis de retención -sin ninguna intención malévola- y antes de que la conducta de algunos de la curia degenerara en jugarretas infantiles lujúricas de sacristía; tal vez alebrestados con los cunchos de las botellas de vino de consagrar, bebidas en ayunas. Uno SABE quien es Laura, con su uniforme blanco que permite imaginar los colores, olores y sabores internos, con sus piernas cobrizas regordetas , su piel sin grietas y con cunetas, su sonrisa Pepsodent de mientras tanto .Uno SABE quien es Niño el peinaor de señoras, pero no lo voy a decir. Uno SABE que la casa blanca de mi pariente el concejal Jácome Vélez queda en la esquina de Líbano y calle Caracas, porque en San Nicolás de Los Canos o tienes casa de esquina o no vales h ..., pero también SABE que su descripción corresponde al palacete de Generoso Manzini, quien casó en buena ley con Dona Rita Alzamora, padre y madre de sangre de Filiberto Mancini Alzamora, adonis que se parecía a Ricky Nelson antes que Ricky naciera, y antes de que estuviera a punto de graduarse de bachiller en 1956 (puesto que olímpicamente despreció el cartón que su chequera no necesitaba) como sí lo hicieran otros cinco de más allá de la calle 72, o como quien dice, de Altos del Prado... Febrero Escarlata, de Capeto Cervantes alias McCausland -quien en mi opinión debe canonizarse en un paquito, es una oda a la mujer de San Nicolás De Los Canos, a quien la simetría grecorromana de las caderas la convirtiera en leyenda marinera. Capeto descubre lo que ya sabía su bisabuelo McCausland, capitán fantasma de los buques de río; antes de que Alberto Pumarejo el viejo inventara las Bocas de Ceniza con su monoriel incluido e importara las dragas. Descubre que el sexo teórico es superior, ya se trate de un bombeo 911 de afán (sobre la rotativa), ya sea en cámara lenta -al sonsonete de un abanico chapucero de aire caliente- ya sea sobre el teclado de la máquina de escribir marca Brother. Y que es un elemento inseparable de la muerte escarlata traída por los alisios de febrero. Daniel Jácome Roca, MD
Neurólogo barranquillero, Galenos y Vates
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