SANTOS Y MONJES

 

 

La expansión del cristianismo continuó imparable y penetró todas las instancias del gran imperio romano, tanto que en el 313, en el último siglo de la Edad Antigua, Constantino lo adoptó como la religión oficial. Esto era así cuando Teodosio dividió sus territorios en dos grandes partes, el imperio bizantino que duraría algo más de 1000 años, y el de occidente que terminaría unos años después, al ser depuesto el joven emperador Rómulo Augusto en el 476.

 

Este último episodio dio comienzo a la edad media, llamado por algunos la edad oscura, en cuanto a que fue inferior en avances a su etapa previa y a la posterior, el renacimiento. Fue una época en la que la Iglesia Católica jugó un papel preponderante, y en la que convivió Bizancio con el pujante imperio musulmán, fundado por Mahoma en el siglo VII. Si bien la ciencia árabe conservaría los conocimientos médicos y aportaría cosas propias y otras provenientes de la India, la Europa continental, ahora bajo el dominio de los pueblos germánicos, en los reinos ostrogodos, visigodos, francos y otros territorios, estuvo bajo la égida espiritual –y también política- del cristianismo.

 

Religión que aportó la nueva civilización del amor, pero que en el campo médico por ejemplo, lo redujo a un oficio menor y colateral donde el cuerpo era simplemente el asiento del alma, y sus males muy secundarios a los males espirituales. Así que se trasladó a los monasterios, donde se conservó el conocimiento humano y se copiaron por siglos los grandes libros, al tiempo que se cultivaron plantas medicinales sencillas en sus jardines y se anexaron algunos hospitales algo rudimentarios. La disección se consideró innoble, y la cirugía decayó pues era algo que debía evitarse si fuera posible, pues conllevaba derramamiento de sangre.

 

Volvió el arte de curar a manos sacerdotales, algunos padecimientos se convirtieron en trastornos del espíritu, y aunque no se volvió asunto de magia, si tuvo un estancamiento notorio, si se compara con la actividad desarrollada por los musulmanes. Las enseñanzas de Galeno se conservaron en ambas culturas, aceptadas por considerarse monoteístas. Y se trató de cambiar aquella costumbre de asignar a los órganos del cuerpo los diversos signos del Zodíaco, dándole nombres de santos.

 

Monjes y santos fueron pues los que se relacionaron con la medicina medieval europea.

Cultura y libros encontraron refugio entre los hombres de iglesia, y la práctica misma se volvió monástica. Algunos importantes jefes de gobierno estimularon esta labor de los monjes, entre ellos Carlomagno, quien a finales del siglo VIII regentaba un imperio que incluía la parte central de Europa, limitado por unas “marcas” fortificadas para defenderse de los bárbaros. Fue reconocido emperador por León III, pero sus descendientes no pudieron mantener la unidad territorial. Durante este imperio carolingio hubo un gran resurgimiento cultural, pues aparecieron escuelas monásticas, episcopales y la Escuela Palatina de Aquisgràn, centros culturales dedicados a elevar el nivel intelectual de los habitantes.

 

Una lista más bien larga de santos patronos dominaba y protegía el organismo humano; dice Guthrie: “San Blas  curaba los males de garganta; San Bernardino, los de pecho; Santa Apolonia, las muelas; San Lorenzo, la espalda, y San Erasmo, el abdomen; los ojos Santa Brígida, Santa Triduana o Santa Lucía”. Recordemos el dicho: “cuando está el ojo afuera, no vale Santa Lucía”.

 

Santa Difna se invocaba en la locura, San Avertino en el vértigo y la epilepsia. San Fiacre en las hemorroides y San Roque en la peste. Los que estudiaron con los salesianos recordarán la imagen del santo de origen noble, que por tanto cuidar enfermos de la Muerte Negra, terminó afectado por La Peste, y así yacía afuera de las murallas, mientras su fiel perro le lamía sus llagas. San Sebastián y San Cipriano fueron otros que se ligaron a La Peste. Los cristianos árabes Cosme (farmaceuta) y Damián (médico), fueron consagrados santos patronos de la cirugía, y también de la farmacia; San Patricio, quien fue a Irlanda, el país de los tréboles, tuvo como discípulos a San Columbano, que en su monasterio tuvo jardín botánico y hospital, San Cutberto, que hizo maravillosas curas, y San Gall de Suiza, en cuyo monasterio cultivó  lirio, salvia, hinojo, poleo, menta, romero, comino, y otras plantas de uso medicinal; San Alberto Magno (1192-1280) escribió sobre plantas medicinales.

 

San Vito protegía de la danzomanìa, curiosa epidemia de corea, que se creyó también se debía a picadura de tarántula, que se curaba con la música de las tarantelas. San Antonio se asoció al “Fuego”, posiblemente casos de erisipela por un lado, o de ergotismo por otro, pues al comer el pan elaborado con centeno contaminado por un hongo, resultaban intoxicados. Teodorico, rey ostrogodo, animó a los monjes a cuidar de los más pobres, y se asoció con San Benito, fundador de la orden benedictina, y su monasterio de Montecassino jugó un papel en el inicio de la futura escuela médica de Salerno. Otro Teodorico, hijo del cirujano Hugo de Lucca y cirujano él mismo, fue Obispo de Cervia y usó la esponja anestésica que llevaba mandrágora y opio. Juan XXI fue un papa médico portugués llamado Pedro Hispano, quien estudió en Montpellier.

 

La Iglesia hasta nuestros días ha intervenido activamente en la pastoral de la salud, habiéndose dedicado numerosas órdenes religiosas a menesteres de enfermería; también administran clínicas y hospitales, que a menudo llevan nombres de santos (San Juan de Dios, San Vicente, San Ignacio, San José) o de arcángeles (San Rafael). San Lucas Evangelista, que fue médico, no es tradicionalmente invocado para curar algún mal en especial. Muchos hospitales llevan sin embargo su nombre.

 

San Diego por medio de su momia logró el milagro de su propia canonización. Don Carlos, heredero de la Corona Española e hijo de Felipe II, había sufrido un grave accidente y agonizaba. Andrea Vesalio y otros ocho colegas se encargaban del tratamiento, mientras se realizaban decenas de juntas médicas. Ante la gravedad del paciente, se pidió ayuda a los monjes. Un grupo de ellos apareció con el cadáver incorrupto de Didacus, un fraile fallecido un siglo antes en Alcalá de Henares, que fue colocado en la cama al lado del príncipe moribundo. Los médicos por su lado siguieron un procedimiento recomendado por don Bartolomé Hidalgo de Agüero, que evitaba el pus llamado “loable”y buscaba la debridaciòn y limpieza de la herida. Se inició también una trepanación que en buena hora fue suspendida y el herido comenzó su mejoría. Se retiró la momia que sin embargo había logrado el agradecimiento del poderoso monarca de El Escorial, quien logró la canonización de San Didacus; este santo es mejor conocido como San Diego, el de la ciudad norteamericana y el de las recoletas, como la que tenemos en Bogotá. La curación del controvertido don Carlos, quien finalmente moriría joven, a los 23 años de edad, es narrada por Adolfo De Francisco en su muy documentado libro “Sobre Ideas de Vida y Muerte”.

 

En nuestro medio en cambio, a un médico que era un santo, se le embolatò la canonización precisamente por la cantidad de curaciones “milagrosas” que ejecutan sus “Hermanos” en los años posteriores a su muerte. Sus cirugías sin cicatriz visible y populares tratamientos han hecho que mucha gente humilde llame a este venezolano “San Gregorio Hernández”.

 

 En asuntos de terapia medicamentosa, poco o nada se progresó en el medioevo desde Dioscòrides, lo que se empezó a lograr lentamente en la edad moderna con la quina, y luego ciertamente en el siglo XX. La Edad Media, precedida por las enseñanzas del santo obispo de Hippona, fue definitivamente el periodo de los santos sanadores, de los frailes copistas y botánicos, del desprecio de los malestares del cuerpo y de la valorización de las virtudes del alma. El medicamento estuvo hibernando en aquel interregno entre la cultura helenística y el posterior Renacimiento.

 

 

                                                                           ESCUELAS MÉDICAS DEL MEDIOEVO

 

La conexión de la medicina árabe con la Europa continental se hizo a través de la Escuela Médica de Salerno, fundada hacia el siglo IX y que tuvo un gran impulso a raíz de la vinculación del cartaginés Constantino El Africano(1015-1087), tal vez comerciante pero ciertamente viajero y estudiante de la medicina; después de 30 años es perseguido en su patria, viaja a Salerno e ingresa al convento de Montecassino, y convertido al cristianismo solicita dedicar su vida y su fortuna a la traducción al latín de las más importantes obras árabes y griegas. Qué tanto influyó en la fundación de Salerno la orden benedictina, qué tanto Carlomagno o qué tanto los árabes, es algo que está por resolverse. Pero esta escuela médica fue sin duda la semilla de los adelantos que se lograrían en la época renacentista, y del desarrollo de otras grandes escuelas del viejo mundo, como Bolonia,  Montpellier, París y Padua.

 

Salerno y Montpellier tuvieron una gran influencia de la medicina árabe, y París fue muy similar a la última en su programa educativo. Las dos primeras escuelas médicas fueron llamadas las gemelas de la educación médica, y tomaron de los musulmanes la enseñanza en las bibliotecas y en los hospitales, realizada por grupos de médicos y grupos de estudiantes. Salerno es un puerto del sur de Italia, y por su localización no era infrecuente que al regreso de las cruzadas, sus comandantes hicieran escala allí para curarse sus males y sus heridas. Algunos famosos médicos egresados dejaron obras, como Nicolás de Salerno(siglo XI), quien escribió el “Antidotarium”, colección de algunas fórmulas galènicas y muchas de los árabes, y que se constituyó en el libro de los boticarios. Como sabemos, los árabes le dieron gran impulso a la farmacia y además la organizaron en su estructura. Todavía se conservan algunas colecciones de bellos frascos de porcelana de las “apothekas” (boticas) donde se guardaban las diferentes hierbas medicinales, con su correspondiente nombre en latín. Otro “Antidotarium” que tuvo algún renombre fue el escrito por Avicenna.

 

Uno de los poemas médicos y literarios más famosos de la Edad Media fue el libro de la salud de Salerno (“Regimen Sanitatis Salernitanum”), cuyo autor es anónimo pero que se cree se basó en un libro árabe, y fue traducido al latín por Juan de España, y puesto en poesía (364 versos)  por Juan de Milán. También se dijo que un rey (Roberto, hijo de Guillermo el Conquistador) fue el escritor anónimo, quien se basó en las enseñanzas de la escuela salernitana. Los textos fueron traducidos al inglés por John Harington (1561-1612), inventor del inodoro, y traen información sobre la cotidianidad, los buenos y  malos hábitos higiénicos del medioevo, con gran información sobre cuales son los alimentos y bebidas que se deben comer y cuales no, en qué momento y en qué cantidad. Habla sobre las bondades del ajo y de la salvia, por ejemplo.

 

Por qué ha de morir un hombre que en su huerto tiene salvia?

Contra la venida de la muerte no hay medicina en el huerto.

La salvia mejora los nervios y los temblores de las manos,

Y quita la fiebre.

Salvia salvadora, conciliadora de la naturaleza.

 

En verdad la higiene y la dieta son prescripciones que siguen el precepto hipocrático de “primero, no hacer daño” y ante la relativa efectividad de los medicamentos de la época, recomendar un régimen alimenticio como eje de la manutención de la salud y la prevención de la enfermedad, parece algo muy lógico.

 

Montpellier fue un apéndice de Salerno, y en ella se educaron muchos de los médicos ingleses. Uno de sus famosos egresados fue Arnaldo de Vilanova (1235-1311), que dejó muchos escritos, quiso huir del dogma y del empirismo reinantes y tuvo un espíritu de investigador. En su busca del elixir de la vida usò mucho el aguardiente que preparaba y que llamó   “acqua vitae”. Extraía los elementos activos de las plantas medicinales por medio del alcohol, por lo que fue el verdadero inventor de las tinturas. Otro fue Gilberto el Inglés, que preparaba un famoso ungüento para la gota, hecho con el relleno de un perro – estilo lechona-, con “pepino, enebro, ruda, grasa de ganso, zorro y oso en partes iguales, hervir y añadir cera, para lograr la untura”.

 

De París también hubo famosos profesores y egresados. Guido Lanfranchi (Siglo XIV) fue un famoso cirujano, que aprendió a hacer la hemostasia poniendo el dedo a presión sobre el vaso sangrante, y utilizaba un preparado hemostático basado en áloe, incienso, clara de huevo y piel de liebre. Enseñaron en París Roger Bacon (1214-1294), filósofo que preconizaba la investigación, dándole más peso al experimento que al argumento. Algo similar a lo que sucedería con el “pienso, luego existo” de Descartes, quien en el siglo XVII escribiría su “Discurso del método”, en el que comenzaba negando todo lo enseñado para partir de cero y hacer sus propios razonamientos. O el  socrático “sólo sé que nada sé”.

 

Alberto Magno fue santo, filósofo, teólogo, astrólogo, fue autoridad en hierbas medicinales, realizó una compilación botánica en el libro “De vegetabilibus”, escrita en el siglo XIII y que se basó en una obra previa de Nicolás el de Damasco (Siglo I A.C.).

 

En Padua había un profesor de avanzada, Pedro de Abano (1250-1315), quien por virtud de sus conocimientos del griego, pudo leer muchas de las obras en su lenguaje original. Era un conciliador entre la filosofía y la medicina, y en su empeño de encontrarle explicaciones naturales a los milagros, afirmó que “Lázaro debió haber padecido de catalepsia”.

 

En Bolonia hubo famosos cirujanos como Hugo de Lucca y su hijo Teodorico, obispo de Cervia, quien utilizó la esponja anestésica. También estuvo Lanfranchi –que ya mencionamos- y Henri De Mondeville (1260-1320). De la esponja anestésica y de la mandrágora hablaremos más adelante.

 

Otra universidad que se gestó en aquellas épocas medievales fue Oxford, pero su escuela médica no iniciaría labores sino siglos más tarde. De estas semillas universitarias surgiría luego el renacer de la disección, con genios como Leonardo, anatomistas como Vesalio, o fisiólogos como Serveto y Harvey, ya en el período renacentista y luego en la Edad Moderna.