Los primeros humanos surgieron en un período relativamente reciente en términos de cosmovisión, durante la evolución del universo y la aparición de nuestro planeta. Como dice Carl Sagan en su libro Los Dragones del Edén, “el mundo es viejísimo y el ser humano sumamente joven”. La Gran Explosión probablemente ocurrió hace quince mil millones de años y la Tierra empezó a formarse un poco más de diez mil millones después. Los homínidos más antiguos se observaron unos doce millones de años antes de nuestra época y el Pithecantropus erectus, el hombre más primitivo, de frente chata, sin mentón y cerebro pequeño, hace unos quinientos mil años. Cuando Sagan hace la comparación de la evolución del universo con un calendario de 365 días, el Big-Bang habría ocurrido el lo. de enero y el hombre primitivo de comienzos del Pleistoceno habría aparecido sobre la superficie de la Tierra ¡ sólo hora y media antes de la medianoche del 31 de diciembre! El asombro que nos causa este universo en cuanto a su dimensión tèmporo-espacial, nos debe hacer necesariamente muy humildes. Es la grandeza inimitable de Dios.
Muchísimo tiempo después vienen otros hombres, el de Neardenthal, robusto, de baja estatura, con un cerebro de tamaño parecido al del hombre actual, que vivió durante el último período glacial, y el de cro-magnon, uno de los primeros reconocidos Homo sapiens que en Europa reemplaza al anterior; este es alto esbelto y de cerebro voluminoso, y apareció hace unos veinte mil años, mientras que su antecesor ronda en los ciento veinte mil. Estos nómadas que se habían diferenciado de los simios en su proceso evolutivo, hicieron instrumentos de piedra y descubrieron el fuego, para protegerse del frío y hacer los alimentos más agradables al paladar. Las tribus nómadas empiezan a asentarse en pequeñas comunidades agrícolas y surgen las primeras poblaciones. La moderna paleontología nos ofrece cada vez con más detalle cómo era la vida de aquellos antepasados nuestros, quienes lentamente iban organizándose de una manera inteligente y humana, con un progresivo grado de discernimiento.
No
es difícil pensar que aquellos hombres que guerrearon con caníbales y
depredadores animales, recibieron heridas, comieron venenos y sufrieron
enfermedades favorecidas por los intensos cambios de temperatura. Alguna forma
de sanaciòn debieron emplear, lógicamente asociada a creencias mágicas,
religiosas y a fetiches, pero también al uso de algunos elementos encontrados en
el planeta azul. Los espíritus malignos eran inducidos a abandonar el cuerpo por
medio de conjuros, por masajes, por trepanaciones (práctica quirúrgica
extraordinariamente antigua) y además por prescripciones de naturaleza
repugnante y sabor desagradable, características que hasta no hace muchos años
eran muy peculiares de los remedios, pero que en aquellas épocas tan antiguas
tenían por objeto erradicar a los demonios.
Además del concepto de seres sobrehumanos, dioses que tenían poder sobre las enfermedades y las fuerzas de la naturaleza, surgieron supersticiones y brebajes, a los que se les asignaba un eventual poder curativo. Por instinto, y observando además a bestias, aves y animales domésticos, descubrieron que estos se trataban sus propias dolencias al comer tal o cuál hierba; ellos siguieron su ejemplo, y por medio de un lento y doloroso proceso de ensayo y error, aprendieron a distinguir los venenos de los alimentos y de las plantas con poder curativo.
Quizás aquellos primeros remedios incluían algunos órganos de animales y también ciertos elementos minerales.
Las
primeras aplicaciones externas para aliviar el dolor, las heridas, los
golpes y fracturas, pudieron haber sido el agua fría, una hoja, la mugre o el
lodo. Se lo aplicaron primero para aliviarse a sí mismos y luego para aliviar a
otros. Vale la pena anotar que el color rojo guarda importancia en las primeras
medicinas (en parte por ser el color de la sangre), también se usaba en
embalsamamiento de las momias (y aún todavía) pues da aspecto de vida,
colgaduras rojas anti-viruela en los cuartos
de los enfermos, franela roja contra la ronquera, hilo rojo en el cuello contra el sangrado nasal, o píldoras rojas en la antigua china.
De la prehistoria, pasando por las edades de bronce y hierro, llegamos a las primeras civilizaciones. Probablemente en tiempos similares (unos 3.000 años AC.) aparecen los pueblos de la Mesopotamia: sumerios y acadios, pero particularmente los babilonios; y adicionalmente los egipcios, en el Norte de África, los chinos y los indios, todos con su cultura tribal, algo agrícola y un poco más sedentaria, y también con sus pócimas, hierbas y rudimentarios procesos de farmacia. Y todos acudieron a los dioses, para que tuviesen compasión, por lo que aquellos sanadores babilonios (2.600 años AC.), eran a la par sacerdotes, médicos y farmaceutas, pues según las tablillas cuneiformes de arcilla que se han descubierto, fueron los primeros boticarios. Empleaban la adivinación para descubrir el pecado cometido por el enfermo y como método común tenían el examen detallado del hígado de animales sacrificados, conocido como hepatoscopia. Anotaban los síntomas de la enfermedad, procediendo luego con las recetas y las instrucciones para preparar los compuestos; aunque la farmacopea era en gran medida vegetal, ciertos preparados han sido difíciles de identificar, pues les asignaban nombres curiosos como “grasa de león” o “aliento de bebé”. De las medicaciones que han sido identificadas, hay extractos de plantas, resinas y condimentos; algunos de estos preparados tenían propiedades antibióticas o antisépticas, y enmascaraban el mal olor de las heridas. El aceite era el principal bálsamo para las heridas abiertas, lo que prevenía la adherencia del vendaje. Sin embargo no hay que olvidar el importante efecto placebo que tenían muchos de estos menjurjes pues los pacientes consideraban que los médicos podrían curarlos o aliviarlos con sus compuestos. En la lengua sumeria por ejemplo, la misma palabra significa “medicina” y “vegetal”.
De
los babilonios nos queda el famoso código del rey Hammurabì que en su parte de
medicina es la primera reglamentación ética y legal donde se castiga la mala
práctica de los médicos.
La medicina en la América precolombina “al igual que medicina primitiva en todo el planeta consistió en una mezcla de prácticas empíricas y mágicas, más o menos sistematizadas doctrinalmente de acuerdo con la concepción del mundo y de las creencias religiosas de cada pueblo” dice el médico e historiador Hernando Forero Caballero en su libro “Fundamentos sociológicos de la medicina primitiva y de la Edad Media”. El sistema de tratamiento –continúa- “estaba dirigido a lograr el equilibrio entre el enfermo, la familia y el grupo social, con las leyes y fenómenos de la naturaleza, teniendo en cuenta el dominio religioso y la ideología mágica... empleaban hierbas, elementos minerales y animales para curar las enfermedades... el proceso terapéutico implicaba el ingrediente mágico unitario de la causa de la enfermedad con el objeto de combatir el espíritu maligno de la enfermedad, a lo cual se agregaba un elemento farmacológico activo”.
Los muiscas, como los incas, contaban con herbolarios, y como los aztecas, emplearon los baños de orina. El listado de plantas medicinales americanas es largo, pero es ínfimo si se relaciona con el potencial biológico de regiones como la amazonía, donde de más de 80.000 especies vegetales sólo se han investigado desde el punto de vista farmacológico y botánico, menos del uno por ciento.
A pesar de algunas peculiaridades inherentes a la cultura, no era muy diferente el concepto de enfermedad, religión, terapéutica y magia en las diferentes etnias de hombre primitivo. Aunque el chamàn de nuestras regiones insistía mucho en la prevención...
La
medicina egipcia data de alrededor de 2.900 AC. es tan antigua como la medicina
tradicional china pero anterior a la de la India, reconocida entre otras por el
famoso Ayur-Veda del 700 AC.; el estudio de las prácticas médicas de la época de
los faraones se ha basado en lo encontrado en unos documentos denominados
“papiros”, así como en la observación de la representación artística de la
enfermedad en el Valle del Nilo y además en el detenido análisis de los
tejidos blandos y esqueléticos de los restos humanos, más el estudio de las
momias.
La principal literatura egipcia está representada por los llamados Libros Herméticos del dios Thoth (quien era identificado por los griegos con su dios Hermes), buena parte de los cuales se han perdido. Los papiros médicos son fragmentos de estos libros y son varios los disponibles en la actualidad en los diferentes museos y bibliotecas en que se encuentran; tal vez el más representativo en cuanto a los medios medicamentosos que se utilizaban es el llamado “Papiro de Ebers”, documento de 110 páginas que incluye 877 recetas y menciona unas 700 drogas.
Otro papiro que se debe mencionar de los nueve existentes es el quirúrgico de Edwin Smith, ligeramente anterior al Ebers (aunque ambos se ubican alrededor del 1.550 AC.); más lógicamente escrito que el último, el texto, que comienza con el diagnóstico y tratamiento de las lesiones de la cabeza, llega sólo hasta las lesiones del hombro, pues dicho texto está mutilado. Vale la pena anotar que ambos papiros fueron encontrados al tiempo y en el mismo lugar; los dos fueron comprados en 1862 por Smith, aventurero, prestamista y anticuario, pero el de Ebers fue adquirido en Luxor, donde al parecer había sido encontrado entre las piernas de una momia, distrito de Assassif en la necrópolis de Theben. Diez años más tarde fue comprado por George Ebers, egiptólogo y novelista, quién publicó una portada del documento con una introducción y un vocabulario inglés y latín; este investigador consideraba su papiro el cuarto libro de la colección Hermética.
Aunque parece haber sido escrito en el 9º. año del reinado de Amenothep, contiene un anacronismo histórico que lo situaría cerca de la primera dinastía, unos 3000 años AC. Ciertamente el papiro hace referencia a prácticas médicas anteriores a las de su escritura, que debió haber sido dictada por algún “Jefe de Farmacia”; en aquellos tiempos había además recolectores de ciertas materias primas con acciones farmacológicas y también preparadores de fórmulas. El papiro tiene 839 párrafos, ordenados en forma casual (www.museodeldiabete.org)
Podríamos
decir que los egipcios recomendaban un estilo de vida saludable, practicaron la
cirugía y creían en los efectos mágicos de sus medicinas, que ayudaban a sacar
del organismo los espíritus malévolos, por lo que los medicamentos debían ser
ingeridos mientras se recitaba algún conjuro. Los temas tratados con más énfasis
son los de las enfermedades del estómago, con especial referencia a las
parasitosis intestinales; los antiguos egipcios sufrían, al igual que ahora, de
Bilharsiasis y de enfermedades de los ojos. Los tratamientos han sido más
factibles de identificar, no así los diagnósticos. Dicen que algunas de las
medicinas han sido personalmente usadas por varios dioses, y en los márgenes del
documento se encuentran comentarios tales como “este es bueno”, o “a mi me ha
dado buenos resultados”, primera manifestación de las pruebas anecdóticas o
testimoniales que dan los galenos de hoy en día. Aunque el texto médico más
antiguo que existe es una tablilla cuneiforme mesopotámica, los papiros médicos
egipcios son los libros con cierta extensión y detalle más antiguos que se
conocen. Los remedios deben curar dolencias que van desde la mordedura de un
cocodrilo hasta el dolor de una uña del pie, pasando por la erradicación de
plagas de ratas, moscas y escorpiones. Tiene una descripción sorpresivamente
exacta del sistema circulatorio y anota la existencia de vasos sanguíneos que
tienen su centro de distribución en el corazón. Los egipcios tenían
conocimientos de anatomía, pues en sus prácticas de embalsamamiento debían
extraer todas las vísceras pero dejando el corazón en su sitio; por otro lado,
al cerebro no le concedían mucha importancia.
Personajes posteriores de la época greco-romana como Heròdoto y Plinio el Viejo, estudiaron con más detalle estas actividades médicas egipcias.
El aceite de ricino era muy usado como purgante y también para combustible de las lámparas. De los treinta productos vegetales más importantes usados en la época, podemos destacar los siguientes: La albahaca(para el corazón), la sábila (acíbar) o áloe, para los parásitos, la belladona para el insomnio y el dolor (aunque esta como la sena, tuvieron su auge en la época de los árabes); el cardamomo como digestivo, la colchicina para reducir la inflamación del reumatismo; el ajo y la cebolla (según el historiador griego Heròdoto, los obreros que construyeron las pirámides consumían grandes cantidades de estos dos vegetales para obtener fuerza física); la miel, la mostaza y el anís, la menta, el apio, la mirra, el sen, el enebro y la linaza, amén de la hiel (o bilis) de diferentes animales, así como combinaciones de grasas de estos para combatir la calvicie. Se habló del molido de pene de asno para el tratamiento de la impotencia, es decir, como antiguo precursor del moderno Viagra. Los remedios para las enfermedades de la piel se categorizan como irritativos, exfoliativos y exudativos.
Veamos algunas curas concretas. Para la diarrea: Un octavo de taza que contenga higos y uvas, pasta de pan, maíz, tierra fresca, cebolla y un tipo de fresa; imaginémonos el sabor de semejante pócima. Para la piel: cuando cae la costra, mezclar excremento de Escriba con leche fresca y aplicar. Para la indigestión: macerado de dientes de cerdo, revuelto en cuatro tortas de azúcar, comer por cuatro días.
Como medicinas asociadas a conjuros, podemos mencionar una para las quemaduras: mezcla de leche materna (si ha sido parido un niño), con goma y pelo. Diga cuando lo toma: “El hijo de Horus (dios de la salud, que recuperó por medios milagrosos su ojo perdido) se quema en el desierto. ¿Hay agua allí? No hay agua. Tengo agua en mi boca y un Nilo entre mis muslos. He venido a extinguir el fuego”(¡Qué fantasías!).Para las cataratas: mezclar cerebro de tortuga con miel, colocar en el ojo y decir: “Gritan en el cielo del sur, en medio de la oscuridad; rugen en el cielo norteño, el Corredor de las Columnas cae en las aguas. Te dirijo para que alejes al dios de las Fiebres y cualquier otro arte mortal”. También:”Bienvenido remedio, bienvenido; tu me quitarás el mal que hay en este mi corazón, y en estos mis miembros”. Los campesinos de hoy en día usan conjuros de esta clase para tratar las enfermedades de sus animales.
El historiador médico Lyons dice en su libro que en cuanto a los remedios medicamentosos de los egipcios “su farmacopea era amplia” (Dioscòrides, Galeno y Plinio describen posteriormente muchos de ellos); fueron los primeros en importar materias primas,
pues trajeron del exterior “azafrán y salvia de Creta, canela de China, perfumes y especias de Arabia y Abisinia (hoy Etiopía), madera de sándalo, gomas y antimonio”. Creían mucho en los enemas, pero no para tratamiento del estreñimiento o preparación para algún procedimiento, sino para “devolver el color... o vigorizar los cabellos débiles”o hasta “para producir olores agradables” pues los enemas eran “de agua, leche, cerveza y vino, endulzados con miel”. Entre los minerales usaban mucho el antimonio y el cobre, entre otros; las pinturas que usaban las mujeres para maquillarse los ojos tenían una elevada concentración de antimonio, sustancia que en el Renacimiento llegó a tener una gran importancia farmacológica. Entre estas pinturas, las de color verde contenían sales de cobre, curiosamente de las que se usan hoy día para el tratamiento del tracoma, enfermedad ocular muy común en Egipto desde tiempos milenarios.