Hace
un cuatrienio mirábamos atónitos –en vivo y en directo- la tragedia –con tintes
hollywoodescos- de las Torres Gemelas: un personaje más bien desconocido –de una
familia petrolera muy conocida de la familia Bush- le metió de manera
horripilante los dedos en la boca a la mayor potencia mundial; lo que no pudo
Stalin, ni Kruschev, lo hizo Osama Ben Laden. El repudio fue mundial, la
solidaridad, global. Tumbaron a los talibanes y luego al dictador Hussein. Pero
la torta se ha volteado en la lucha contra el terrorismo: hay que seguirla, no
hay duda, pero con una estrategia concertada y no unilateral. Y ahora observamos
–con no menor estupor- la tragedia anunciada, mal prevenida y manejada, del
Huracán Katrina que destrozó e inundó a New Orleáns y a otros puertos sureños
como Mobile, Biloxi y Gulfport. No se habla de otro tema: perjuicios
humanitarios, económicos, ecológicos, logísticos, políticos que –una vez más y
de la noche a la mañana- cambian el panorama mundial. Oremos por las víctimas
del 9-11, las del 7-11 y todas las demás personas caídas por la acción
terrorista.
Del Editor de Tensiómetro
Bogotá. Llegué el pasado 31 de agosto a los Estados Unidos, con el propósito de disfrutar de una semana de vacaciones en la Florida en compañía de mi familia. A pesar de haber experimentado en carne propia los horrores del Huracán Betsy -pues residía con mi señora y mi recién nacido hijo Alfredo Luis en la ciudad de New Orleans- de haber vivido otro par de huracanes más (Ethel y Dora) en Jacksonville, de haber visitado a mi hermano Daniel en Miami pocos días después del huracán Andrews, no tenía conciencia exacta de la magnitud de la tragedia largamente anunciada que había sucedido cuarenta y ocho horas antes. Hacía un día esplendoroso, como es típico de la calma que viene después de la tempestad. Pensaba que -por terrible que sonara el bramido de la madre naturaleza con nombre de dama rusa- Katrina sería un huracán más del que la primera potencia del mundo rápidamente se recuperaría, a base de mucho dinero, voluntad y tecnología.
Mas
no fue así. Lo primero que sentí fue un impacto en el bolsillo. El galón de
gasolina -que esa mañana estaba a un dólar con diez centavos- por la tarde ya
valía tres dólares, en algunos sitios seis, y en otros ni siquiera gasolina
había. Después de llegar en el carro arrendado en Orlando a Ocala (Florida) a la
casa de mi hijo, lo primero que recibí (aparte del tradicional Martini de
bienvenida) fue una carta de la Universidad de Tulane (con información similar a
la que adjunto, pero sin los datos del Katrina) en la que me solicitaban una
contribución como ex-alumno, para continuar con los maravillosos logros
obtenidos en el campo de la salud y de la educación médica. La carta destilaba
optimismo, entusiasmo, diría que incluso euforia. Luego las imágenes de CNN,
mañana, tarde y noche, cada vez más lamentables, en un trágico in crescendo, que
nos llegaban sin creerlo mucho, en la anestesia anímica que proporcionan las
playas de Amelia Island (Fernandina Beach), no obstante los fuertes vientos,
presagio tal vez del María o del Ophelia. Poco a poco fueron apareciendo en mi
mente los recuerdos de los dos maravillosos años vividos en el corazón de Dixie,
la tierra del jazz, del Mardi Gras, de los enormes centros médicos y educativos,
del agua del golfo de México, del río Missisipi y del Lago Ponchartrain. De una
histórica ciudad con raíces más que todo francesas, pero también españolas; de
los ricos blancos sureños de los enormes plantíos o haciendas, pero más que todo
de lo más granado de los esclavos africanos. No en vano es un bastión de los
católicos -que coexisten con los altares Vudú y las religiones protestantes,
amén de otras- uno de los mayores centros hoteleros y turísticos para
convenciones (que muchas veces utilizamos en viajes posteriores) y un inmenso
centro petrolero que es característico de los puertos sureños del golfo. El
romántico e histórico Missisipi -arteria económica para la importación y
exportación de productos- y la ciudad del Super Bowl y del Superdome, del
gigante nosocomio público Charity Hospital, de la importante Clínica Oschner o
de los no menos importantes Mercy-Baptist (antes Southern Baptist, donde nació
mi hijo Alfredo Luis), Touro Infirmary, Lakeside Hospital, y de las
Universidades de Tulane, LSU, Loyola, el Audubon Park con su inmenso zoológico
(¿qué pasaría con los leones, las jirafas y las cebras? Me imagino que como en
la legendaria película "Gone with the wind", se fueron con el viento). El negro
sur, la paradoja de ricos, pobres y pujante clase media, se veía en New Orleans
en toda su magnitud. Mark Twain, Louis Amstrong, y muchos otros legendarios
americanos, vieron subir desde el cielo las aguas, acompasadas por los fuertes
vientos, por las notas nostálgicas de "When the saints, go marching in..." o la
mirada atónita de mis héroes juveniles Tom Sawyer y su amigo Huckleberry Finn.
Katrina era el infarto del "Heart of Dixie", pero también de la fusión de tantas
centenarias culturas. El despido del tranvía de la Avenida Saint Charles, de los
famosos cocteles del restaurante Pat O' Brien (curiosamente llamados Hurricane,
con un delicioso sabor dulce que enmascara su potencia alcohólica), los
desayunos del Brennan's (con su gallo madrugador), o del Commander's Palace,
Galatoires y tantos otros, de la comida creole, del Gumbo Jumbo y de la cultura
cajún, del irreemplazable ají Tabasco, de los bares y shows de strip tease
comerciales para los miles de turistas de todas las edades; y cuando el amanecer
despedía a la ciudad del pecado (Sin City, como se llamaba a la Nueva Orleáns),
repicaban las campanas de la antigua e imponente catedral de San Luis, donde
dominicalmente asistía a la misa, visitaba el Mercado Francés, probaba la bebida
reconfortante en el Cafe du Monde, el desayuno con grits, y ... ¿por que nó? el
americano Hollywood Planet. Despidamos también las turísticas playas de Biloxi,
o a la sureña Mobile; lo que renazca de allí, nunca será lo mismo. La ayuda
humanitaria internacional ha sido más relevante (particularmente a través de la
Cruz Roja) que la misma federal. Al decir
Julio Flórez, todo nos llega tarde
... hasta la muerte.
Los médicos colombianos tenemos una deuda de gratitud con Tulane. Allí de verdad, nos sentíamos como en casa. Con entrenamientos formales, intercambios o visitas a congresos, la ciudad menos americana de los Estados Unidos, yace allí -con sus miles de muertos- bajo las contaminadas aguas. Estamos seguros que –como el ave fénix- resurgirá de sus cenizas; para bien o para mal, ya no sería igual, peor o mejor, pero no idéntica.
Alfredo Jácome Roca, MD.
En
1834 se fundó en la ciudad de Nueva Orleáns el Colegio Médico de Lousiana, por
la decisión conjunta de siete médicos; este llegó a convertirse en el actual
Centro de Ciencias de la Salud de la Universidad de Tulane. Estos colegas creían
que había una necesidad imperiosa de tener una institución para estudio de las
enfermedades y para beneficio de la atención de salud para la comunidad. Sólo
catorce –de las más de ciento cincuenta actuales- existían en los Estados
Unidos, ninguna hacia al sur de las montañas Allegheny (en Pensilvania) y la
calidad de muchas de ellas con seguridad dejaría mucho que desear, si se
considera el Informe de Abraham Flexner en 1910, realizado setenta y cinco años
más tarde.
En el tercer milenio, el Huracán Katrina ha afectado a sus trece mil estudiantes, centenares de profesores y directivos –trasladados transitoriamente a Houston- y comprometido las diversas sedes en Louisiana, Mississippi y Florida. Desde su fundación, la escuela de medicina sólo había cerrado durante la guerra de secesión, pero el siguiente siglo creció sin parar hasta el 30 de agosto. Sus hospitales incluyen el universitario –Tulane University Hospital & Clinics- el Infantil, el Lakeside, el legendario Charity Hospital (donde se vivieron escenas heroicas por parte de los médicos y demás profesionales de la salud, para mantener con vida los más enfermos, sin luz ni agua, en un calor abrasador, sin comida), y otros hospitales privados afiliados. Al igual que la facultad de medicina, Tulane cuenta con la reputada Escuela de Salud Pública y Enfermedades Tropicales.
Huracanes,
Tsunamies, terremotos, ciclones, erupciones volcánicas, cambios extremos en la
temperatura ambiente. son todas manifestaciones terroríficas de la madre
naturaleza que –a como van las cosas- son una causa importante de
morbimortalidad. Por estos días se ha hablado mucho del Huracán Katrina, que
afectó a Miami, y luego a las ciudades sureñas sobre el Golfo de Méjico,
particularmente New Orleáns, Mobile y Biloxi. La palabra viene del vocablo maya
Hurakan –lo que indica que la civilización aborigen estaba muy familiarizada con
estos fenómenos destructores- y se han venido a estudiar mejor en el siglo XX,
por los adelantos tecnológicos y por la densidad de población –particularmente
urbana- afectada. Es curioso que en las décadas de los setenta y ochenta
descendieron en número e intensidad, sólo para retornar con una frecuencia y
capacidad desvastadora enorme.
Los legos en materia de geología y cambios climáticos con frecuencia confundimos términos por causa de información que interpretamos inadecuadamente. No es lo mismo calentamiento global y efecto invernadero que la destrucción de la capa de ozono, a pesar de que los medios frecuentemente hablen de ellos como estrechamente ligados; tampoco es claro que haya una relación directa entre estos fenómenos y los desastres naturales.
El efecto invernadero es en parte debido al abuso en el consumo de los combustibles fósiles (que además aumentan la contaminación) y la deforestación, pues el gas carbónico impide el escape de rayos infrarrojos a la estratosfera; se supone que una buena superficie de bosques jóvenes pueda contrarrestar esta situación (teoría sostenida por los Estados Unidos para no firmar el protocolo de Kyoto, pues alegan tener suficientes árboles); la destrucción de la capa de ozono estratosférica en la Antártida es fundamentalmente ocasionada por el cloro y el bromo libres, que reaccionan negativamente con ese gas. Las concentraciones de estos halógenos son naturalmente escasas en atmósfera y estratosfera, pero las proporciones de cloro actualmente existentes se deben al uso de gases refrigerantes y aerosoles de uso industrial como los clorofluorocarbonos (CFS), prohibidos hace algunos años. Según noticias recientes, el agujero en la capa de ozono se ha agrandado de manera alarmante. Esto aumenta la cantidad de rayos ultravioleta, aumentando por ejemplo la incidencia de cáncer de la piel.
Como decíamos, los ecologistas –reunidos en fuerzas políticas conocidas como partidos verdes- insisten en que todo lo que está pasando en cuanto a la severidad del clima y los desastres por venir se deben a estas causas antropogénicas, y tienden a señalar una estrecha relación entre ellas. No parece ser así –según muchos expertos- aunque todos estos cambios pueden traer efectos negativos pero también positivos. Desde el punta de vista de salud, fenómenos como el de El Niño (por calentamiento global) se asocian a aumento de ciertas epidemias además de daños tremendos a la agricultura y a la economía de los países afectados.
Volviendo a los huracanes, obviamente Centroamérica, el Caribe y el lejano oriente asiático se afectan tremendamente. Pero las noticias son más difundidas una vez que estos huracanes –que a veces son tormentas tropicales- ganan o pierden fuerza de acuerdo a la temperatura o al ingreso a tierra firme en los Estados Unidos. La Florida es una región especialmente afectada. Los primeros sesenta y cinco años presentaron algunos de gran intensidad:
En el huracán de los Cayos de 1919, entre 600 a 900 personas perdieron la vida, de ellos más de 500 en barcos que se hallaban en los alrededores. En el de Miami de 1926, 243 personas murieron; 1836 personas fallecieron en el del lago Okeechobee, en 1928.
Nuevamente otro de los Cayos de 1935 generó 408 muertes. El Donna -1960- mató a cincuenta personas, mientras que el Betsy -1965- causó setenta y cinco muertes.
Después de estos, prácticamente ninguna tormenta de gran intensidad se produjo hasta el Andrews en 1992. Pero el año 2004 regresó con frecuentes e intensas actividades metereológicas, que no sólo afectan a los países pobres, sino en particular, a los ricos.
NUEVA ÓRLEANS: EL SINO TRÁGICO
Nueva Orleáns. Gran parte del área que comprende esta ciudad se encuentra a poco más de metro y medio por debajo del nivel del mar y rodeada por agua: el Golfo de México hacia el sur y el Lago Ponchartrain hacia el norte. El Río Missisippi atraviesa el centro de la ciudad. Un huracán que se aproxime con vientos provenientes del norte pudiera levantar agua del Lago Ponchartrain sobre la represa y hacia la ciudad. Nueva Orleans tiene una apariencia similar a la de un platillo. No hay una manera natural para que el agua sea drenada. Tiene que ser bombeada artificialmente. Los diques sobre el rio y el lago necesitaban reparación: el dinero asignado se desvió a otras prioridades, como la guerra de Irak.
Han pasado muchos años desde que un huracán importante afectara a Nueva Orleans. En 1915, uno de categoría 4 de la escala Saffir-Simpson arrasó con 275 personas. En 1965, el ojo del Huracán Betsy pasó hacia el oeste de la ciudad. Setenta y cinco personas murieron, en su mayoría a raíz de las inundaciones.
Memorias de un neurólogo
Llegamos
a Nueva Orleáns –estado de Louisiana- en la primavera de 1972, un mes después de
mi matrimonio en Barranquilla, Colombia. La ciudad se encontraba vestida como
acostumbra en esa época del año, con un exuberante tapete de azaleas de tonos
rojos, blancos y rosados. Alquilamos un automóvil Plymouth Fury en el Aeropuerto
Internacional (Louis Amstrong) y nos dirigimos inmediatamente a nuestro
apartamento en Bristow Towers, de Magnolia Street (donde mi hermano Alfredo
había vivido años antes con su familia, mientras era residente de medicina
interna del programa Tulane-Southern Baptist Hospital). En este último hospital
que -por una fusión más financiera que ecuménica- es llamado ahora el Mercy-Baptist,
comenzaría mi internado. Me adjudicaron un apartamento amoblado de un cuarto,
por la módica suma mensual de noventa y nueve dólares, la mitad de lo que sería
mi salario al año siguiente en el programa de neurología de Georgetown, en
Washington, DC. La administración compensaba la limitante salarial con gangas
tales como comida gratis en la cafetería del hospital y el apartamento
subsidiado.
No
era mucho el dinero. En efecto, cuando pagué los impuestos al final del año –por
desconocimiento de las deducciones a que tenía derecho- alguien se escandalizó
porque lo lógico es que más bien recibiéramos ayuda estatal para pobres. Sin
embargo, en comparación con la compensación que hubiera recibido en Colombia
como residente (en 2005 no es ni siquiera cero, sino que hay que pagar
matrícula), consideraba apreciable la suma, hasta el punto de poderme casar y
vivir independiente de la casa paterna.
El Southern Baptist Hospital (en adelante Mercy-Baptist) es una institución de mucho prestigio y reconocimiento en el sur de los Estados Unidos; después del Baptist de Memphis, Tennessee, era para entonces el segundo hospital bautista en capacidad de servicios (otros por ejemplo eran el actualmente gigantesco Baptist Hospital Center de Jacksonville, FL, donde mi hermano Alfredo realizó su internado, y la reconocida Clínica Bautista de Barranquilla). Estaba en aquel momento afiliado con la escuela de medicina de LSU (antes estuvo con Tulane), y se hacían rotaciones por el Charity Hospital. Este último hospital –perteneciente a la ciudad- es una mole blanca emplazada en la avenida Tulane, flanqueado por las escuelas de medicina de Tulane y de Louisiana State University.
El Mercy-Baptist por el contrario, está fuera del centro de la ciudad y se levanta entre la amplia y arborizada avenida Napoleón y la calle Magnolia. Esta área de la metrópoli es relativamente antigua y es una delicia pasear por sus alrededores, particularmente en dirección a la avenida Saint Charles, la de los famosos Street Cars o tranvías, que también son característicos de San Francisco. Nueva Orleáns es una ciudad única por su sabor francés e hispano, que se enriquece además con las culturas de las razas anglosajona y negra (esta raza está representada por el 76% de los habitantes). Su barrio ribereño francés –Le Vieux Carré- es sitio obligado, tanto para el recién llegado como para el nativo. No perdimos la oportunidad de visitarlo en aquel año de 1972, pues era un sitio perfecto para un recién casado, lleno de aulagas económicas pero también repleto de sueños. Tomábamos el bus en la Avenida Clairborne (más moderna, hacia el norte) o el tranvía por la clásica St. Charles. Veinte minutos después nos perdíamos en el bullicio de la gente abigarrada y contenta que frecuenta el Barrio Francés.
Un
paseo tradicional en la noche es el de Bourbon Street; allí se encuentran los
clubes de strip-tease, el bar histórico de Jean Laffitte y los establecimientos
más famosos del jazz americano, entre ellos el Preservation Hall (tocan allí los
músicos por unas monedas que les tiran los desprevenidos turistas). A su lado se
encuentra el Pat O’Brien´s, rincón colonial con fuentes y balcones –preferido
por todos- cuna de los placenteros (y explosivos) cocteles Huracán o Hurricane
(presagio etílico de la tragedia). Paralela a Bourbon está Royal, a lo largo de
la cual se encuentran los almacenes de antigüedades bellísimas, y los apetecidos
restaurantes Brennan’s y Antoine’s, así como el museo-restaurante La Corte de
las Dos Hermanas. Las calles del barrio convergen en forma natural en el parque
Jackson, alrededor de cual se erigieron la Catedral de San Luis, los
apartamentos Pontalba, el Café du Monde y algo más allá el French Market, la
cervecería Jackson, el Cabildo, los barcos del Mississipi (como el Natchez) y
otras linduras más del centro histórico.
El
Mercy-Baptist ha cambiado en los últimos años como lo verifiqué en mis últimas
visitas (parte de lo que yo llamo Paseo de los Recuerdos). El edificio Bristow
Towers ya no aloja a los médicos residentes sino al personal de mantenimiento
hospitalario. A su lado se ha construído un hospital virtualmente dos veces más
grande que el original, mientras que el edificio antiguo de ladrillo rústico lo
ocupan las oficinas de la administración. La biblioteca –área acogedora donde
pasé muchas horas- (dirigida por la amable señora Ms. Vesta Schwest)- ha sido
trasladada al edificio nuevo.
¿Qué habrá sido de los colegas y profesores Bob Burch, Maurice Pearl, Carl Gulotta, Horace Baltz, Ed Comer, Don McCurley, Antón Vorrheis, Al Rufty, Carlos Pisarello, Jason Collins, el administrador Raymond Wilson, Adolph Florez, P.H.Jones, Bob Rainey, Clyde Elsey y decenas más que compartieron con nosotros tantas horas de trabajo, aprendizaje, anécdotas, salud y muerte, y conversaciones triviales? De muchos, sabemos que han muerto, pero todos viven en nuestro recuerdo.
Daniel Jácome Roca, MD
Neurólogo,
Profesor Clínico de Miami y Darmouth.
(Del libro “Memorias de un Neurólogo”, Editorial Salvat, Bogotá, 1993).
El Editor de Tensiómetro vivió estos dos huracanes (más el Ethel). El Dora fue en Jacksonville, nos trasladamos a pasar la noche en la señorial casa al lado del rio St.John (de agua salada) que ocupaba el cónsul colombiano Sr. Velandia (suegro del médico Alfonso Villamil) y de allí a pasar la tormentosa noche. A la mañana siguiente, las aguas ocupaban la planta inferior, tapaban completamente mi Topolino, pero estábamos sanos y salvos. Hacia las once caí en cuenta que debía llamar al Hospital Baptist –donde debía presentarme a las siete de la mañana, más no lo hice por fuerza mayor- cuando contestó el residente de Gineco John Sánchez, gringo de St.Augustine- quien con cajas destempladas me reclamó mi inasistencia y –al mejor estilo de un cuartel- me amenazó con echarme si no aparecía en el término de la distancia. Un hijo del cónsul Velandia –Julio- estaba en idénticas circunstancias, pues debía presentarse a las oficinas de reclutamiento para prestar su servicio militar en aquellas épocas de Vietnam. Nos tocó salir en vestido de baño, con el agua a la cintura por varias cuadras, con el peligro de pisar un cable de alta tensión o algún objeto corto-punzante, hasta que nos rescataron para llevarnos a cumplir con nuestro deber.
Lo del Betsy fue simpático. En mi apartamento del octavo piso del Bristow Towers nos refugiamos con el colega ginecólogo Otto Uscher (luego de San Ignacio y Colsánitas), su señora Teresita Miranda, con seis meses de embarazo, Myriam –mi señora- y mi hijo recién nacido –hoy neurólogo en Ocala- Alfredo Luis. Cuando ellos llegaron (hacia las siete de la noche) ya no había luz, caía abundante lluvia, y Otto y Teresita debieron subir los ocho pisos por la escalera de emergencia. Llegaron mojados, por lo que les ofrecí de beber; Otto y yo, con whisky escocés en la mano, nos dedicamos a observar la tormenta, los rayos y centellas, y los techos de las casas de los paupérrimos negros del vecindario que literalmente volaban por efecto de la fuerza de los vientos, mientras que las patrullas policiales recorrían las calles. El edificio natualmente se bamboleaba, lo que asustó más que todo a Teresita. El alicorado anfitrión –quien esto escribe- y su huésped, en broma dijimos que a las embarazadas les daba mareo, con lo que se tranquilizó. El zumo de la uva nos hizo ver aquella noche trágica, como una de las tantas de fuegos artificiales que hemos gozado desde el restaurante del Hotel Contemporary, en el mundo iluso de Disney World. Nuevamente, sanos y salvos. Grandes inundaciones y muchos muertos, pero el Betsy fue una caricatura del Katrina.