Crónicas de un médico andariego

 

 

 

 

            EL FUSILADO DE TULÚA 

 

 

A las diez de la mañana del 14 de septiembre de 1889 el condenado a muerte Joaquín Morales recorrió las calles de Tuluá acompañado por el redoble de un tambor destemplado. Lo sentaron en un taburete con la cabeza erguida, los ojos vendados y las manos atadas a la espalda. Entre el tumulto que se aglomeraba para presenciar la ejecución pública, desde lo alto de una tarima, observaba atento el padre Maximiliano Crespo, quien años después sería obispo de la diócesis de Santa Rosas de Osos, incluso arzobispo de Popayán. Joaquín Morales nunca negó el crimen que cometió motivado por los celos. El secretario de la prefectura leyó ese día con voz entrecortada el edicto condenatorio, al mismo tiempo que el pelotón preparaba sus fusiles. Al teniente Lozada, que estaba al mando de los ocho fusileros, no le tembló la voz al dar las órdenes consecutivas de "carguen, apunten, fuego". Un solo estampido resonó por las calles de Tuluá. Fue grande la sorpresa de todos al ver al reo aún con la cabeza erguida, y sin una mancha de sangre en la túnica que cubría su cuerpo. El oficial dio a sus hombres la orden de volver a cargar las armas, y el proceso se repitió hasta que el sonido de la pólvora y el humo de las máuser invadió de nuevo la plazuela. Joaquín Morales, el condenado a muerte, continuó inmutable en su taburete. Fue entonces cuando intervino el padre Crespo, no para defender la vida del condenado, sino para afirmar que algún talismán o reliquia, de Dios o del diablo, debía estar desviando el curso de las balas. Le abrieron la túnica y encontraron un escapulario de la Virgen del Carmen que fue exhibido entre la multitud. La tercera descarga de los fusiles, aseguran los testigos, destrozó el cuerpo de Joaquín Morales.

 

Encontrar hoy en Tuluá la plazuela en donde ocurrieron estos hechos es un reto porque esta ciudad, como tantas en Colombia, muestra poco interés en su propia historia. Pero cerca de la terminal de transporte, que fue construida en el sitio que por medio siglo ocupó la estación del ferrocarril, se encuentra este lugar, hoy convertido en parqueadero público para pequeños y medianos vehículos de carga. A su alrededor hay residencias y hoteles aptos para citas clandestinas, así como algunos establecimientos de comercio al por mayor. Tal vez el desinterés histórico de los tulueños, que en cambio siempre han sido grandes comerciantes, se remonte a los orígenes oscuros de este poblado, incluso a la incertidumbre del significado del propio nombre de Tuluá. De manera pragmática la administración municipal ha escogido a 1639 como el año oficial de su fundación, solo porque de esa fecha data un documento en donde se menciona un caserío en las riberas del río Tuluá, en tierras de Juan de Lemus y Aguirre, yerno del exterminador de pijaos y fundador de Chaparral Diego de Bocanegra. Este don Juan fue poseedor de un hato de tres mil reses. Llevaba su ganado a vender en las lejanas tierras mineras de Remedios hasta que un día de 1671 desapareció para siempre en uno de sus viajes a tierras antioqueñas. No solo ganado se llevaba por esos difíciles caminos de la Colonia, también se trasteaban indios como consta en una petición que hace Diego de Manzano, encomendero de Supía (hoy en Caldas) que reclamó con éxito en 1690 ante los herederos de Lemus y Aguirre los tributos que le correspondían por sus indígenas del distrito de Anserma que, al parecer por propia cuenta, habían optado por dejar sus tierras para ir a poblar el sitio de Tuluá. Ya para 1719 se ordenó levantar el censo local que incluyera "todos los indios, chinas y muchachos" del lugar. Sea como fuere, el poblado de San Bartolomé de Tuluá, asignado al distrito de Buga, continuó creciendo hasta que en 1759 sus vecinos solicitaron sin éxito su independencia administrativa en una sentida comunicación al virrey "suplicando con el debido acatamiento se digne hacernos merced de erigir y establecer esta población en Villa". Los cargos públicos de entonces no solo no traían remuneración sino que eran de forzosa aceptación. El historiador tulueño Joaquín Paredes relata los inconvenientes que tales designaciones traían. En 1803, por ejemplo, consta que José González Correa se excusó alegando "una avanzada edad que no admite más pensamientos que los del sepulcro" y "un crecido número de hijas vírgenes cuyo pundonor en parte pende de mi particular vigilancia" entre otras muchas razones.

 

Es en los tiempos de la Independencia cuando surge el más ilustre hijo de la Villa de Céspedes, como también se conoce a Tuluá. Se trata del sacerdote, médico y científico Juan María Céspedes, quien fuera capellán de los ejércitos patriotas de José María Cabal. Al morir en la población cundinamarquesa de Guasca en 1849, este miembro de la parisina Sociedad de Linneo había ayudado a la clasificación de varias especies botánicas, que bautizó con los nombres latinizados de sus héroes: hay una Bolivaria, una Santanderia y hasta una Mosqueria. La Uribevelezeria nos la dejó pendiente.Y si el capítulo del papel de esta ciudad en el comercio ilícito de la coca, incluyendo los pormenores del famoso "Cartel del Norte del Valle", está ausente de los pocos libros de historia de Tuluá, ello puede deberse a lo reciente de sus hechos aún inconclusos. Pero no se puede alegar la misma excusa al hablar de los años de La Violencia cuando este pueblo fue el nido de muchos de los "pájaros", como se llamaban las bandas de paramilitares conservadores que infundieron terror en el Valle, el Tolima y el Viejo Caldas. De no ser por otro ilustre tulueño, el escritor Gustavo Alvarez Gardeazábal, autor de Cóndores no entierran todos los días, los tulueños enterrarían también en el olvido, junto al fusilado de Tuluá, a León María Lozano, protagonista de la novela y uno de los más reconocidos y crueles pájaros de entonces. En tiempos de Rojas Pinilla, el Cóndor fue ajusticiado con la complicidad de la fuerza pública, aseguran, y cayó al primer disparo por no llevar ese día su escapulario.

 

Diego Andrés Rosselli Cock, MD

 

Tomado de PORTAFOLIO

 

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