REVISTA DE ENFERMERÍA
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UNA APROXIMACIÓN A LA CIENCIA Y EL ARTE |
SALUD Y PAZ PARA UN PAÍS EN GUERRA*
Saúl Franco**
* Intervención en el VII Simposio de Actualizaciones en
Enfermería.
Versión preliminar presentada en el V Congreso de Enfermeras Javerianas y
Simposio Nacional de Salud Pública
** Médico, Profesor Asociado de la Universidad Nacional de
Colombia.
INTRODUCCIÓN
E
n Colombia ya no sólo tenemos que hablar de violencia. Ahora tenemos que hablar de guerra. Peor aún: de una guerra degradada. Padecemos muchas violencias y una guerra sin tregua ni fronteras, que no reconoce ningún mínimo ético ni humanitario.El tema cobra mayor interés e intensidad cuando el abordaje se hace, no desde el campo mismo de los actores armados, sino desde un campo que aparece antagónico a la guerra y las violencias: el de la salud. Y cuando se intenta mirar y analizar desde la salud este país en guerra, surgen tantas preguntas y preocupaciones, que es preciso limitarlas y elegir algunas para profundizar un poco e ir aproximándonos a las múltiples dimensiones del conflicto. ¿Qué salud es posible en un país en guerra? ¿Cómo altera la guerra el ejercicio del derecho ciudadano a la salud? ¿En qué sentido la guerra está afectando el funcionamiento de las instituciones del sector salud y las condiciones de vida y de trabajo del personal dedicado a la salud en el país? ¿Cómo podemos los integrantes del sector salud participar en la negociación política de la guerra y en la construcción de la paz? ¿Qué tipo de políticas sociales, y entre ellas las de salud, son necesarias para fundamentar e impulsar una paz seria y estable que ponga fin a esta guerra?
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Figura 1. Tomado de www.utopia.pcn.net
Obviamente las consideraciones siguientes no pretenden agotar los temas enunciados ni dar respuesta acabada al listado de preguntas. Pero sí invitar a pensarlos con rigor, a incrementar los niveles de conciencia sobre la magnitud de la tragedia que padecemos, y a trabajar con mayor dedicación en la organización y las acciones requeridas por las demandas que las violencias y la guerra nos están planteando con urgencia.
Dentro de la temática propuesta, el material desarrollará cuatro aspectos específicos, a saber: algunas consideraciones teóricas sobre las principales categorías implicadas; una breve síntesis de la situación actual de violencia y de guerra en el país; el impacto que la guerra está teniendo sobre el sector y el personal dedicado a la salud, y algunos enunciados sobre los retos y posibilidades de la salud y del sector salud en un país en guerra.
BREVES CONSIDERACIONES
CONCEPTUALES
Es conveniente iniciar la discusión con una presentación sintética de los principales conceptos utilizados.
Hace ya casi dos siglos que el tratadista de la guerra Karl von Clausewitz la definió como un acto de fuerza para imponer nuestra voluntad al adversario. Y, tratando de diferenciarla de los conflictos interpersonales cotidianos, afirma que la guerra no es más que un duelo a escala ampliada. Obviamente el duelo al cual alude Clausewitz no es el de los sicólogos y sicoanalistas, relacionado con el procesamiento de los sentimientos de pérdida y dolor, sino el derivado del latín duellum, que justamente significa guerra, combate.
(2)No existe una definición única de violencia. He propuesto una que intenta resaltar algunos de sus principales componentes. Entiendo por violencia toda forma de interacción humana en la cual, mediante la fuerza, se produce daño a otro para la consecución de un fin.(3) Es decir que, entre las múltiples formas que hemos desarrollado los humanos para relacionarnos, la violencia es sólo una de ellas. Y es justo aquella que reúne tres características esenciales, a saber: que para la consecución de un fin recurre a la fuerza y le produce daño al otro. Es una relación de fuerza, en cualquiera de sus modalidades e intensidades y que, por tanto, acalla la palabra y el discurso. Fuerza que daña el funcionamiento orgánico o sico-emocional, que hiere o golpea, mata o presiona, suprime derechos o limita su ejercicio. Y siempre con un fin: sostener o sustituir un poder, un conjunto de intereses específicos, un ordenamiento social, una escala valorativa o un mundo de representaciones. Esta búsqueda programada de finalidad confirma el carácter inteligente, opcional, racional de la violencia. La violencia es entonces una realidad histórica, ontológicamente humana y una actividad socio-culturalmente aprendida.
Si en lo anterior hay un acuerdo básico, pueden deducirse algunas implicaciones importantes. En primer lugar, no existe una sino múltiples violencias, diferenciadas por los actores y sus fines, por el tipo de víctimas escogidas, y por las modalidades, intensidades, escenarios y contextos en que se desarrolla. En segundo lugar, la violencia es un proceso, un conjunto organizado de pasos hacia la realización de acciones conducentes a fines. Esto quiere decir que, hacen parte del acto violento tanto la creación de las condiciones que posibilitan la violencia, como las acciones de preparación y ejecución de dicho acto y sus consecuencias inmediatas y mediatas en los niveles individuales y grupales. El concepto de proceso implica la necesidad de analizar sus distintos momentos, de tener una comprensión más dinámica del problema, y abre entre otras posibilidades, la de intervenir simultánea o sucesivamente en sus diversas etapas.
La violencia no obedece ni a un determinismo genético o bioquímico, ni a un determinismo o fatalidad social. No se trata de negar a priori, la posibilidad de que lleguen a encontrarse asociaciones entre ciertas conductas violentas y la presencia o ausencia de determinadas estructuras o componentes del orden bio-natural. Pero sí de sustentar la naturaleza histórica y sociocultural de la violencia. Puede afirmarse que si bien en casi todos los pueblos y períodos históricos ha habido violencia, su intensidad, sus formas y dinámicas han sido muy variables. Por lo cual si bien resulta una utopía pensar en una sociedad con violencia cero, ya que es una posibilidad permanente de relación interhumana, es perfectamente pensable lograr sociedades con niveles de violencia muy por debajo de los que actualmente tienen países como Colombia.
Es preciso entonces diferenciar la guerra de la violencia. Son realidades distintas pero no contrarias. La guerra es la violencia generalizada, ampliada. La guerra es el imperio de la violencia. Es una situación en la cual la violencia se impone socialmente como la forma de intentar resolver las confrontaciones centrales del poder o de ciertos intereses colectivos. La guerra tiene un carácter más colectivo, es una acción más sistemática, demanda mayor organización de sus fuerzas y elaboración de sus métodos, estrategias y armas. Puede afirmarse que toda guerra es violencia, pero que no toda violencia es guerra. Aún en medio de la guerra pueden quedar espacios y niveles de relaciones sociales en los cuales no predomine la forma violenta. Es decir, un país en guerra no necesariamente tiene que presentar mayores niveles de violencia familiar, o de maltrato contra los ancianos, o de violencia callejera.
El concepto de salud se considera aquí en el sentido de bienestar, de vida digna y buena, de adecuada calidad de vida para las personas y los diferentes colectivos de una determinada sociedad. Es decir: el concepto de salud no se reduce a la atención médica de las enfermedades y al consiguiente suministro de medicamentos y servicios clínico-hospitalarios, como generalmente se entiende y se practica. Los incluye, pero los trasciende. Además: el logro de tales condiciones de vida y bienestar es el producto combinado de decisiones y acciones de los individuos, la sociedad y el Estado. Se toma así distancia tanto de los planteamientos que pretenden atribuir la responsabilidad exclusiva de la salud a las acciones estatales, como de quienes en la actualidad pretenden dejarla en manos de las opciones de la conducta individual o de las regulaciones y altibajos del mercado. Resulta entonces que la salud tiene afinidad con la tranquilidad en la vida cotidiana, producto de la garantía efectiva de los principales derechos, en especial el derecho a la vida, y con tener satisfechas las necesidades fundamentales mediante el acceso a las oportunidades y servicios socialmente construidos. La salud se ubica así en el territorio de los derechos y en el de las necesidades. Es decir: la salud es en sí un derecho social, en íntima relación con el derecho fundamental a la vida. Y la salud es en sí una necesidad humana, esencialmente relacionada con la satisfacción de otras necesidades del ser humano y de la sociedad.
Entendida así la salud, resulta un concepto diferente pero con bastante proximidad al de paz. Aún etimológicamente el concepto de paz se relaciona con tranquilidad, con buen funcionamiento, con relaciones armónicas, con resolución negociada de las diferencias inevitables en la convivencia colectiva, con condiciones propicias para que todos los miembros de una sociedad determinada puedan sentirse igualmente protegidos, respetados y tenidos en cuenta. La diferencia está en que la paz se refiere principalmente al equilibrio y funcionamiento de tales relaciones en el orden político, en las intersecciones Estado-individuo, Estado-organizaciones sociales y políticas, individuo-individuo, individuoorganizaciones político-sociales.(4) Y para que tales dimensiones políticas funcionen, deben estar respaldadas por normas y reglas consensuales y un ordenamiento económico equitativo y estable. Podría decirse que la paz es la salud política, producto de pactos humanizados, de normas y valores compartidos y de condiciones de equidad en la riqueza y las oportunidades. De lo anterior puede concluirse que existe una relación de complementariedad y doble vía entre salud y paz. La paz es precondición para la salud y la salud es prerrequisito para la paz. En otros términos: sin paz no hay salud y sin salud no puede haber paz.
Si salud y paz son realidades afines y de igual signo, salud y violencia - y más aún salud y guerra - son realidades de signo contrario. Violencia y guerra tienen que ver con intento de resolución mediante la fuerza de desacuerdos y diferencias. La violencia es entonces negación del bienestar.