REVISTA DE ENFERMERÍA 

EDITORIAL
 

 DOCTORADO EN ENFERMERÍA: REPLANTEANDO SU FUNCIÓN
EDUCATIVA Y SU COMPROMISO SOCIAL

Sabemos que dentro de los niveles de formación académica, el S Doctorado es el peldaño más alto al que pueden llegar aquellos que han tenido la oportunidad de acceder a un sistema de educación superior clasista e inequitativo. Sin embargo, ese último nivel aún está muy distante de la gran mayoría de los afortunados que se aventuran a realizar estudios de especialización o maestría como requisito previo para ascender dicho peldaño. Falta de oportunidades, de dinero, de información o de interés, son algunas de las muchas razones que se pueden exponer para no aventurarse a dar ese trascendental salto.

Quienes de una o otra forma han tornado la decisión de asumir el reto de realizar un Doctorado se encuentran (en la gran mayoría de las ocasiones), con un camino lleno de dificultades, de limitaciones e inconvenientes que van desde lo personal hasta lo netamente estructural en relación con lo que significa la lucha por la consecución de esta meta.

Por lo tanto, el principal objetivo al redactar estas cortas líneas no es hacer una apología al sufrimiento, o reivindicar los sacrificios de una noble causa, por el contrario, somos conscientes de que estos son procesos necesarios y que por encima de ellos lo importante es la capacidad de análisis y reflexión que este tipo de experiencias generan.

  

Así pues, pretendemos colocar en la arena de la confrontación algunas ideas generales que nos permitan ver más allá de la “gran conquista académica” que supone la obtención del titulo de Doctor (Ph.D.).

Entendemos la educación como un fenómeno histórico social-ideológico, ella nace en la sociedad, es dinamizada y administrada a través de instituciones sociales tales como el colegio y la universidad, ella es parte de la realidad de nuestra sociedad y de la misma manera como recibe sus influencias se proyecta sobre ésta produciendo modificaciones de manera continua y permanente. Así, desde la perspectiva social de la educación, no la podemos concebir como un proceso divorciado de su contexto sino por el contrario, in herente a la sociedad en la cual se produce y se articula su dinámica histórica.

En este orden de ideas, los que alcanzamos ese alto peldaño del doctorado debemos ser conscientes de que la labor educativa se desenvuelve en la actualidad dentro de un contexto de constante cambio sociocultural que se caracteriza por la “materialización de la cultura”, la influencia de los medios masivos de comunicación, el desarrollo económico cuantitativo que algunos llaman “capitalismo salvaje”, factores todos estos, que si bien han representado algún progreso en el modo de vida, no han suscitado los cambios requeridos para una sociedad más justa y equilibrada.

Por otra parte, la influencia extranjera y la idea de una relación estrecha entre la educación y la modernidad han marcado el rumbo para la masificación y las nuevas tendencias pedagógicas que buscan descargar en el ente educativo toda la responsabilidad para cambiar el escenario caótico en el cual se desarrollan nuestros futuros profesionales. Pero ... ¿Cómo cambiar ese mundo de caos cuando no tenemos en cuenta la importancia de aspectos relevantes tales como las diferentes formas de organización social que se desarrollan al interior del ámbito educativo, los valores éticos, las diferentes formas de poder que se desarrollan en la sociedad y se reproducen en el aula de clase, las relaciones alumno profesor, la generación de conocimientos y la forma de difundirlos, la toma de decisiones y la resolución de conflictos, entre otros ... ?

¿Cómo adaptarnos al tiempo social en que nos desarrollamos, es decir, como enfrentar las diversas velocidades con que se transforman-los diferentes entes sociales? Debemos recordar que el Estado y las instituciones religiosas se mueven de forma lenta y tratan de mantener su hegemonía; la familia, la escuela y la vida cotidiana lo hacen a un ritmo intermedio, mientras que las ciencias, la tecnología, las comunicaciones y los ciclos económicos lo hacen a un ritmo acelerado; lo anterior lleva a que se produzca una serie de fracturas en nuestro sistema educativo convirtiendo la actividad educativa en una labor estéril ya que el conocimiento deja de ser un agente modernizador y se transforma en un elemento inaplicable reducido al interior de los muros de la escuela.

 

De igual manera, se hace evidente la fractura en la verbalidad académica, caracterizada por la división entre el discurso y la práctica ya que mientras el discurso pedagógico es veloz, la práctica académica es de trámite lento 11evando a que se conserven las enseñanzas de la escuela autoritaria, se limite la creatividad y se promueva la memorización trayendo como resultado la apatía del alumno y el autoritarismo del profesor.

Siendo así, vemos en la actualidad las consecuencias devastadoras de este modelo educativo que se hace llamar “moderno” y que se reflejan en una sociedad que espera una escuela generadora de personas críticas, reflexivas, creativas y participativas, pero que al mismo tiempo se encuentra con una cima difícil de escalar, que ofrece modos de vida muy distintos a los esperados, que genera violencia en contraposición a la libertad y la paz que debería otorgar a sus protagonistas.

Frente a esta realidad, se hace necesaria una profunda reflexión por parte de quienes hacen parte de ese “selecto grupo” de educadores que han alcanzado el último peldaño del proceso educativo-formativo. El Doctorado como espacio académico de crecimiento y madurez profesional, debe asumir la función de redireccionar la actividad docente e investigativa, pero sobre todo, la principal función de la escuela universitaria, la formación del ciudadano, del profesional comprometido con su sociedad.

El tema del cambio educativo no es nuevo en la pedagogía, hace ya algunos años se habla de la rapidez con que la sociedad está variando continuamente. En razón de tal mutabilidad, se le pide a la educación hacerse cargo adaptar el proceso educativo a las condiciones "cambiantes" en que vive el hombre, inclusive se ha dicho que la educación no debe preparar simplemente para las nuevas situaciones de la vida que el cambio trae consigo, sino que ha de preparar para el “cambio” mismo.

En este orden de ideas, quien consigue terminar un Ph.D. y se encuentra inmerso en la heterogeneidad del actual sistema educativo debe asumir un papel más activo en la lucha por la transformación de esa realidad social, es decir, quienes integran el grupo selecto que algunos llaman "masa crítica", deben entender que no se trata solamente de lograr una meta personal, un orgullo particular y por lo tanto un ascenso tanto en la escala social como en la escala salarial, por el contrario, esa característica que lo distingue de los demás, le debe dar la sencillez suficiente para sentirse parte integrante de la realidad actual, vivir dentro de ella, buscar comprenderla, analizarla e intentar desarrollar estrategias particulares para modificarla.

En otras palabras, el Doctorado debe convertirse en una herramienta que facilite la generación de una actitud abierta que permita luchar contra los “pequeños reduccionismos”, conciliar la actitud de aquellos profesores que preocupados por los contenidos del aprendizaje olvidan el desarrollo de las aptitudes y la promoción de los valores, considerándolos realidades difusas y sin consistencia; con la de aquellos que preocupados por el desarrollo de la personalidad, se olvidan de la necesidad de adquirir conocimientos.

La formación doctoral debe facilitar procesos de diálogo entre aquellos profesores que preocupados por la originalidad estudiantil, desprecian los programas sistemáticos; con aquellos que apoyados en la necesidad de un aprendizaje sistemático, desprecian, a su vez, la atención a la singularidad y los intereses personales de cada estudiante.

 

Por último, el Doctorado debe contribuir para comprender, que estar atento a los cambios, no significa despreciar “lo viejo”, y que despreciar sistemáticamente cualquier innovación implica asumir el riesgo que conlleva la reproducción de esquemas que han demostrado ser de dudosa utilidad. Como síntesis, se puede afirmar que la formación doctoral necesita estar abierta en el orden teórico, a cualquier idea que tenga bases razonables y en el orden práctico, a cualquier actividad que de un modo u otro pueda ser útil.

En este sentido y pensando en la responsabilidad social, el doctorado tendrá más valor no sólo por la cantidad de proyectos de investigación que se logren desarrollar, ni por el número de líneas de investigación que se consigan consolidar, sino también, por el número de estudiantes que se consigan incentivar para asumir con seriedad el reto impuesto a la escuela por la organización social, es decir, la transformación de la inequidad, el acercamiento a la realidad y entendimiento de la misma, la recuperación de su status en términos de lograr enaltecer la labor de la enfermería dentro del grupo de las profesiones que tienen un alto sentido social.

Por lo tanto, desde esta perspectiva es importante anotar, que la formación doctoral va más allá del logro de un determinado status social, asumir ese reto con todas las dificultades y los sacrificios que el mismo implica lleva consigo la asunción de un fuerte compromiso personal con la organización social, debe ser parte de un proyecto integral de vida y no de una etapa más para ganar un escalafón salarial, ya que de lo contrario correremos el riesgo de entrar en la “moda de la super capacitación”, todos buscaremos ser "Doctores", intentaremos ser parte de esa “masa crítica” sin conciencia real de lo que la misma significa, sin un horizonte definido y sin una infraestructura capaz de soportar tanta “sabiduría sin aplicación concreta y real”.

Finalmente, una última idea puede llamar aún más la atención e incentivar a la crítica y la reflexión ... Probablemente en un futuro no muy lejano no sea tan difícil la ascensión a ese elevado peldaño, seguramente muchos estaremos ubicados en él, lo realmente difícil será demostrar que a pesar de estar en ese lugar no hemos perdido la sensibilidad ni la humildad para asumir nuestra responsabilidad social derivada del ejercicio consciente de nuestra ciudadanía, demostrar que antes que “doctores” somos enfermeros, ciudadanos, formadores y que por consiguiente, estamos comprometidos con la esencia de nuestra profesión, el “cuidado” a los demás, luchando día a día por Recrear la Esperanza.

De no ser así, podríamos estar muy cerca de inhabilitar nuestra verdadera responsabilidad social, de hacer realidad un adagio popular, seríamos.. .“muchos caciques y pocos indios”.

Daniel Gonzalo Eslava. Enfermero, Magister en Desarrollo Rural, Magister en Administración en Salud, Especialista en Docencia Universitaria, Candidato a Doctorado en Salud Pública.

 

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