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OBITUARIO EL PATOLOGO ALFONSO
MENDEZ LEMAITRE Académico Efraim Otero-Ruiz La comunidad médica colombiana ha sufrido un duro golpe con la muerte, el pasado 7 de Octubre, del doctor Alfonso Méndez Lemaitre. Porque su larga vida, docta y discreta como pocas, fue un ejemplo de erudición, de rectitud y de sindéresis que en raras ocasiones ha florecido en la evolución médica y científica del país. Al registrar amargamente su desaparición, no puede uno menos de acordarse de la frase escrita hace algunos años por ese titán de la historia de la medicina antioqueña que ha sido Alfredo Naranjo Villegas, al recordar la generosidad intelectual del maestro Uribe Angel: "Hay cierta cicatería para el reconocimiento en vida de los méritos del colega. Parece que el concepto de que la muerte elimina toda competencia es lo que llena de hipérboles las necrologías". Efectivamente, todos somos un poco culpables de que a Alfonso Méndez no se le hubieran hecho en vida los reconocimientos que su ilustre trayectoria merecía. Porque, como lo he sostenido públicamente en otros escritos, él fue el primero (casi al tiempo con Egon Lichtenberger en Bogotá y Alfredo Correa Henao en Medellín) en introducir, al final de la IIa. Guerra Mundial, la escuela patológica norteamericana que tantas y tan positivas transformaciones acarrearía en las dos o tres décadas subsiguientes. Era un momento de transición necesario y urgente. La anatomía patológica francesa, traída al país desde finales del siglo pasado y prevalente en casi todo el territorio gracias a la sagacidad e inteligencia de Juan Pablo Llinás y Daniel Brigard (ambos fundadores del Instituto Nacional de Radium), persistía en sus clasificaciones y denominaciones algo anticuadas, especialmente en oncología, mientras que la norteamericana, más apoyada en la fisiopatología y el laboratorio clínico (de ahí el nombre de "patología clínica" que se daba a éste) continuaba empujando e imponiéndose principalmente en los países anglosajones. Ya ante la inminencia del conflicto mundial, muchos cirujanos y clínicos comenzaban a formarse en los Estados Unidos.
A partir de 1940, con el estallido de la IIa. Guerra, la crisis se acentúa. Como dice Alvaro Gómez en su prólogo póstumo al libro de Gustavo Restrepo Uribe-el cual hemos comentado en otro escrito-, refiriéndose a ese período : "Dolorosamente debemos registrar que la magnitud de la presencia francesa se nos refundió. Nadie quiso destruirla, no hubo un propósito deliberado de sustituirla; por una circunstancia bélica -ciertamente mayúscula- perdió su tradicional significación". En ese momento crítico surgen los tres patólogos arriba mencionados (Méndez Lemaitre el primero de ellos, cronológicamente) e inician su trascendental transformación. Nacido en Montería y unido por apellidos y por tradición a las más rancias familias del viejo Departamento de Bolívar, Méndez había terminado sus estudios en la Universidad Nacional en 1940 y por dos años había trabajado con el profesor Manuel Sánchez Herrera, quizás el primero de nuestros anatomo-patólogos entrenado en Harvard. Esa influencia y la circunstancia bélica hicieron que Méndez, en plena guerra, orientara sus pasos hacia Cincinatti (Ohio), donde trabajaría durante 3 años (1942-1945) con el profesor William Germain (quien había visitado la Universidad Nacional dos años antes, invitado por el decano Profesor Cavelier) y donde contrajera matrimonio con una distinguida dama norteamericana, doña Marian Heilmann, la esposa de toda su vida, que le diera seis hijos que hoy prolongan con orgullo la gallarda estirpe de sus padres. A todos ellos expresamos nuestros dolidos sentimientos y dedicamos estos deshilvanados recuerdos.
Aún lo recuerdo, vivo y vigoroso, cuando, a comienzos de 1998, fui a su casa a que me contara viejas historias del Instituto, que él recordaba como si hubieran sucedido el día anterior. Incluso sacó, de entre sus recuerdos, una de las viejas jarritas de plata traídas de Francia con la vajilla original y utilizada para servir el té, marcada en su exterior con el monograma del "Instituto de Radium", que él conservaba en las vitrinas de su extensa biblioteca, salvándola del olvido y de la destrucción. Con el mismo cariño con que guardaba sus momentos personales, Alfonso Méndez conservó siempre el calor de sus amistades, que hoy se inclinan reverentes y agradecidas ante su tumba. |
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