Salud y respuestas culturales ante el racismo moderno 

      Al colocarse las modernas sociedades indígenas y afrocolombianas en desventaja  ante las demandas y funcionamiento de la economía extractiva de la sociedad mayor, mestiza, y ante la obligación de la supervivencia física como sociedades, muchas de ellas hacen lo que aquella economía exige: destruir la naturaleza al compás de los adelantos tecnológicos -escopetas, moto-sierras, uso del mercurio en las explotaciones auríferas, etc-, al ritmo de sus propios suicidios como sociedades y de la amputación de los simbolismos de sus cuerpos humanos y de sus entornos naturales.

            La histórica y persistente violencia y marginación contra  negros e indios ha logrado que las respuestas culturales que se estructuraron durante toda la vida colonial y los primeros años republicanos no hayan desaparecido sino, por el contrario, tomen nueva vida en cada individuo y grupo humano así tratado, convirtiéndose de esta manera en causas importantes para la persistencia de conductas personales y grupales riesgosas para la salud.

  

            Muchas comunidades indígenas y afrocolombianos viven a diario con peligrosas condiciones higiénicas a pesar de las campañas educativas y no han desarrollado una mentalidad de activa participación comunitaria para solucionar los problemas de contaminación de las fuentes de agua de consumo, ni tienen prácticas de hervir sistemáticamente las aguas de beber, ni de protegerse, a través de toldillos, de la picadura de insectos. Un gran número de comunidades indígenas y negras abandonan de forma vergonzante sus hábitos tradicionales de alimentación (32). En la actualidad las enfermedades como el cólera, el paludismo, y la malnutrición priman, en diferente forma, en aquellos departamentos y regiones colombianas donde los negros y los indígenas están concentrados: Choco, Cauca, Putumayo, Amazonas, Vaupés, Nariño.

            El departamento del Chocó, habitado en su inmensa mayoría por personas negras, muestra una realidad sanitaria patética en comparación con la también grave situación del resto del país: la mayoría de sus municipios tienen al 98% de sus pobladores con sus necesidades básicas insatisfechas, la tasa de mortalidad materna, en 1990, fue con la de la Guajira, la más alta del país; el paludismo fue la principal causa de egresos hospitalarios en el período de 1989 a 1992 y la leishmaniasis tiene en ese departamento el primer puesto de incidencia y prevalencia con relación a todo país (33). Si bien el pian gracias a las campañas para su erradicación y al uso en ellas de la penicilina ya no es un problema importante de salud pública, hoy las enfermedades gastrointestinales en general y el cólera en particular, por depender su superación como problema de salud pública de  adecuadas y suficientes redes de agua potable y alcantarillado, tienen en las regiones habitadas principalmente por afrocolombianos las tasas más altas del país como ocurre también para enfermedades como las hepatitis a, b y en general las de las enfermedades infecciosas (34). En las comunidades negras del Pacífico la incidencia de la hipertensión arterial y los accidentes cerebrovasculares, asociados a un control defectuoso de esta patología, supera con creces al de otras regiones del país sin una importante población negra, indicando esto que además de una mayor suceptibilidad de la raza negra a esta enfermedad existe una  menor calidad de cobertura y atención médica para estas poblaciones negras. En las nueve regiones que está dividido el departamento de Antioquia las que tienen mayores índices de necesidades básicas insatisfechas son las que tienen mayor población negra (33).

            La poca acción política de los líderes de estas etnias se deja ver hasta en las estadísticas de un Ministerio como el de Salud en donde no se puede ver con claridad una distribución de la morbilidad y la mortalidad de ellas, en virtud a la mirada, que prima  en la burocracia del aparato sanitario que quiere dejar de ver, o no puede ver, por ejemplo, en el  Urabá, el Chocó y en el Cauca a los negros y en la amazonia y la orinoquia a los indígenas (35).

 

            Proyectar a través de sólo interpretaciones de lucha política, en el Estado o en los grupos vinculados con el poder económico, la responsabilidad sobre las propias situaciones sanitarias o de enfermedades transmisibles, es en muchos sectores de indígenas y negros una respuesta que, aparte de su validez histórica y social, favorece la enajenación de la voluntad propia, debilita la decisión de participar activamente en la solución de sus problemas sanitarios, y perpetúa las respuestas conformistas, fatalistas y a veces autodestructivas ante sus realidades cotidianas y sus futuros.

            La necesidad de sobrevivir como individuo, familia o grupo en circunstancias adversas y de pobreza, al disminuir la autoestima,  desestabilizar el equilibrio que la persona debe tener consigo misma, con su sociedad y con su entorno natural crea condiciones subjetivas ideales para que esos sujetos, familias y grupos, atenten contra el equilibrio de la inerme vida vegetal y animal. El racismo contra lo moreno, indio y negro, en una sociedad mestiza, "blanqueada" como la colombiana, crea  focos de enfermedades infecciosas que tarde o temprano afectan al resto de la geografía humana del país y crea condiciones ideales para ejercer la violencia contra el "otro", el diferente a uno y contra los otros seres más indefensos de la naturaleza: las plantas y los animales (5, 23). Se crea de esta forma un círculo vicioso de destrucción ambiental, violencia y enfermedad humana.

            La baja autoestima del despreciado, del subvalorado; la prepotencia del "blanco" retroalimentan la espiral de violencia social, de destrucción del entorno natural, de insalubridad y de pobreza  general.

            Prosperar en este contexto no es pretender que las personas posean los bienes de consumo que dan estatus social: tener grandes grabadoras portátiles, lucir en el cuello joyas de oro, poseer costosos relojes, conducir vehículos costosos, gastar importantes cantidades de dinero en parrandas; es tener las necesidades básicas: techo, alimentación, educación y salubridad satisfechas.

 

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