LA UNIVERSIDAD, LA EDUCACION Y LOS NUEVOS METODOS DE COMUNICACION José Félix Patiño Restrepo
El
siglo XXI habrá de ser el de la racionalidad científico-tecnológica, el de la
sociedad del conocimiento (Gómez Buendía 1998). Por otra parte, avanzamos en el
proceso de la comunidad de base a la sociedad mundial, hacia la mundialización
de los campos de actividad humana (Delors 1996).
Se
advierte sobre el peligro que supone la progresiva especialización de los
estudios, que a pesar de ser necesaria por el progreso tecnológico, atenta
contra la integración de los saberes, contra la contemplación global de la
creciente complejidad de la sociedad actual. Muchos autores insisten en la
necesidad de no romper la complejidad del saber y el necesario cultivo del
conocimiento interdisciplinario y la reafirmación cultural en una verdadera
universidad multifuncional, aceptando que la ciencia y la tecnología también
son parte de la cultura. Laporte cita el "Memorándum sobre Enseñanza
Superior en la Unión Europea": «La formación impartida en la enseñanza
superior no debería tener sólo como finalidad la obtención de niveles más
elevados de calificación personal, sino también el fomento de la opinión
personal, la creatividad y el espíritu crítico, y debería otorgar la capacidad
de superar las barreras existentes entre las materias, las culturas y los
países».
La
educación es la clave del siglo XXI en una sociedad de creciente globalización,
donde la educación superior es el instrumento para "preparar nuestras
sociedades para el desafío pluralista de la posmodernidad y para su integración
exitosa a la 'aldea global' (Gómez
Buendía 1998).
Al
final del siglo XX la educación superior atraviesa por un profundo proceso de
cambio, en gran parte debido a la revolución en las comunicaciones y el
progreso de las tecnologías de la información. La informática, entendida como
la hibridación de las tecnologías de la información y de la comunicación, se
concibe hoy como algo que va mucho más allá de una novedosa y unificadora
tecnología: se trata de una nueva forma de manejo del conocimiento, y por ello
se ha planteado su observación en términos de la metafísica de la
informática (Patiño 1996, 1997). El
computador se ha convertido en un componente esencial del diario devenir, y en
cuanto a la educación superior, el computador es tal vez el principal factor
modulador de la nueva pedagogía y la nueva epistemología (Patiño 1996,1997).
Las
fuerzas, las estructuras y las ubicaciones del mercado en la sociedad moderna
crean nuevas perspectivas para la docencia y la investigación, y las
universidades tendrán que responder con soluciones imaginativas.
Arthur Levine, de la Universidad de
Columbia en Nueva York, predice que en los años por venir las profesiones
académicas se transformarán por la acción de cinco fuerzas impulsoras, la mayor
del parte de ellas externas a la academia, sobre las cuales la educación
superior ejerce poco control:
1. las
cambiantes actitudes y demandas de los patrones de educación superior;
2. las
cambiantes características del estudiante universitario;
3. las
cambiantes condiciones de empleo;
4. el
surgimiento de nuevas tecnologías;
5. el
crecimiento de competidores en el sector corporativo privado.
La
educación superior de por sí tiende a masificarse y diversificarse. Se
vislumbra un panorama que ya es predecible: por una parte las universidades
elite, como Yale, Harvard, Stanford, Cambridge u Oxford, se consolidarán como
los grandes centros de la investigación y creación de conocimiento y como
líderes de la educación superior. Ellas continuarán atrayendo a los mejores
docentes, investigadores y estudiantes del mundo. Por otra parte, se ampliará
el número de las mal llamadas "universidades empresariales", las que
en los E.U.A. se denominan corporate universities, las cuales ya ofrecen una
creciente variedad de programas de capacitación para el sector productivo.
Es
necesario establecer una distinción muy clara entre educación y capacitación.
La educación sólo es posible, como proceso formativo intelectual y de la
personalidad, en un ambiente de erudición, de investigación y de creación del
conocimiento. La capacitación es adiestramiento, adquisición de habilidades
especiales, es aprendizaje vocacional para el buen desempeño de un oficio. Por
ello las empresas, las corporaciones, no pueden cobijar sus programas de
capacitación bajo la denominación de "universidad". Por medio de la
educación se forman personas cultivadas, ciudadanos integrales; la capacitación
aporta habilidades y conocimientos para el desempeño de tareas y oficios
específicos.
Por
otra parte, es evidente que en la mayoría de los países aumenta la demanda de
una educación con fines económicos, la formación permanente de la mano de obra
adquiere la dimensión de una inversión estratégica y todo indica que esta
tendencia se va a intensificar a raíz de la evolución del trabajo en las
sociedades modernas (Delors 1996).
Las
demandas de personal capacitado por parte del mundo industrializado y de las
complejidades de la sociedad moderna pueden, y deben, ser atendidas por las
mismas corporaciones del sector productivo en forma directa a través de
convenios con las instituciones de educación superior, principalmente con los
institutos politécnicos de nivel medio, más que por las grandes universidades
elite. Pero las corporaciones deben aportar recursos financieros para la
realización de investigación pura y fundamental en las universidades.
Un
fenómeno de la sociedad actual es la tendencia hacia la masificación de la
educación, como legítima aspiración social. La demanda de masificación se
responde hoy en muchos países mediante la informática y los modernos métodos de
comunicación. La "universidad a distancia", la "universidad
virtual", la "universidad en el aire" son términos conocidos que
se refieren a tele-educación, a educación remota no presencial. Tales noveles
formas de transmitir conocimiento exigen nuevas actitudes y la más rigurosa
planificación y meticulosa monitoría para garantizar su calidad.
También
es necesario diferenciar entre la creación de conocimiento derivada de la
investigación fundamental, y la transmisión de conocimiento por medio de las
tecnologías de la información y la comunicación, que son los instrumentos
modernos para el manejo del conocimiento. Estas tecnologías han sacado el
manejo del conocimiento de la universidad que antaño lo monopolizaba, pero con
todas sus ventajas y su creciente inserción social, no suplantan a los grandes
centros de erudición, a las universidades, como creadoras de conocimiento y
formadoras de personas cultivadas. La "universidad virtual" no es una
universidad. Es un instrumento, el de la "educación a distancia",
para transmitir conocimiento. El estudiante virtual, o sea el que no tiene
presencia física en el campus, nunca recibirá el beneficio de la vivencia en el
medio académico y de investigación científica. La educación no es simplemente
cumplir el derrotero que señala un plan de estudio y define el curriculum para
optar a un título, es formación mediante vivencia física y espiritual en un
centro de erudición. El hombre integral no puede ser educado, en el sentido de
formación, por medio de programas a distancia. En cambio el hombre sí puede ser
informado y capacitado a distancia.
El
progreso dependerá en mayor medida de los productos de la inteligencia, con lo
cual la educación será una verdadera fuerza impulsora del futuro... la
educación será el verdadero desafío que tendrá la humanidad en las próximas
décadas... La educación debe reflejar y extraer lo mejor que hay en nosotros
mismos y en la sociedad.. Ella debe enseñarnos sobre todo la ética de la
tolerancia, que es la que permitirá al planeta vivir en paz y sin agresiones,
cuidando como valor supremo la paz (Werthein 1998).
El
estudiante hoy tiene características diferentes a las del universitario de
antaño. A. Levine (1997), Rector del prestigioso Teachers College de la
Universidad de Columbia en Nueva York, afirma que tal vez el cambio más
profundo en el campo de la educación superior ocurrido en los últimos años
tiene que ver con el estudiante. La educación, para el nuevo estudiante ya no
es un aspecto central de su vida, sino apenas una más de su actividad
cotidiana. Generalmente el estudiante -que ahora es de edad mayor, casado y con
hijos-, trabaja y quiere una relación diferente con su "college",
algo como la relación que mantiene con las compañías de servicios públicos, con
el banco o con el supermercado. Aspira a que las instituciones de educación
superior le den un servicio similar: que estén ubicadas en la vecindad, que
tengan horarios que le sean favorables, incluyendo horas nocturnas, y quiere un
producto de calidad, económico y fácilmente accesible. Se interesa en
conveniencia, calidad, servicio y economía. No quiere matricularse ni pagar por
actividades y programas que no le sean de utilidad práctica, a los cuales puede
acceder por otros medios. Según Levine, es el candidato apetecido por
instituciones de menor nivel académico que proliferan en los en los sectores de
negocios de las ciudades, que ofrecen instrucción a más bajos costos, con
profesorado de tiempo parcial, que no realizan investigación y que tienen
planes de estudio rígidos y orientados plenamente hacia las
"carreras".
Las
características que anota Levine para el estudiante norteamericano, también
aparecen evidentes en nuestro medio: hoy el estudiante tiende a ver su
educación como un servicio o un producto que debe adquirir, que es costoso,
pero al cual tiene derecho innato. Pretende que la educación sea barata pero de
alta calidad, que se le ofrezca en forma práctica y conveniente en términos de
horario y de ubicación geográfica, que "vaya al grano" y que se
adapte a sus condiciones personales y económicas de consumidor. En nuestro
medio la educación nocturna ha sido una respuesta contundente.
¿Hay
diferencia con el estudiante de antaño? Basta recordar, como arquetipo, el
estudiante, por ejemplo, del Colegio Mayor del Rosario de los años 1920. O, más
recientemente, el estudiante universitario de mediados del siglo. En ellos
primaba el interés por la formación humanística, por el conocimiento por su
valor intrínseco. El de hoy tiene una visión casi exclusivamente utilitaria.
La Evolución de la Universidad
La
universidad nació como "la ciudadela del conocimiento", una comunidad
de maestros y de estudiantes que, en forma derogatoria, en años pasados se la
denominó "torre de marfil". Clark Kerr, el legendario Presidente de
la Universidad de California, en su libro The Uses of the University, describió
la transformación de la universidad clásica conformada por una comunidad única
de maestros y estudiantes, en la universidad posmoderna, un lugar de
aprendizaje donde se agrupan múltiples comunidades y diversas actividades bajo
un mismo nombre y un mismo cuerpo de gobernación, así como por propósitos
comunes: la multiversidad.
A
partir de las primeras universidades de los siglos XII y XIII, las
"ciudadelas del conocimiento", la universidad ha evolucionado para
convertirse en una institución moderna, tal como la definió Abraham Flexner a
comienzos del siglo XX. Flexner produjo los informes que causaron profunda
revolución en la educación superior y en la educación médica en particular
(Patiño 1998). La universidad de Flexner era una universidad más ecológica, más
inmersa en la comunidad, con una clara vocación de servicio social. Luego vino
el concepto de la multiversidad de Clark Kerr, y de tal concepto se avanzó en
forma significativa en cuanto a la difusión y la expansión de la universidad,
hasta el punto de que hoy muchos consideran que una gran universidad es aquella
que pueda ser reconocida como una institución supranacional.
Michael
Zweig, de la Universidad de Michigan, fue quien primero expresó, hace treinta
años, el concepto de una "universidad del mundo" (world university),
concebida como una institución supranacional en la cual la comunidad
intelectual mundial establecería una educación global bajo nuevas formas
institucionales. Tal universidad, o tales centros mundiales de educación
superior, atraerían scholars y estudiantes de las diversas regiones culturales,
ideológicas y geográficas para el estudio común de las artes y las ciencias. En
esta forma los mejores recursos intelectuales del mundo estarían a disposición
de todas las sociedades y de todas las naciones, para buscar soluciones a los
grandes problemas de la humanidad.
Una
idea similar de universidad supranacional había sido expresada al finalizar la
Primera Guerra Mundial por Paul Otlet y Henry LaFontaine. Desde esa época son
centenares las propuestas que se han hecho a la Liga de las Naciones, a las
Naciones Unidas, a UNESCO y a las organizaciones internacionales de carácter
científico y académico. Finalmente, las Naciones Unidas crearon su propia
universidad con sede en el Japón.
El
anterior recuento da pie para el planteamiento de una sociedad transnacional
del conocimiento. La sociedad del conocimiento es hoy una realidad gracias a la
revolución en la tecnología de las comunicaciones y de la información, realidad
que avanza el concepto de multiversidad al de universalización de la
universidad.
En efecto, las universidades en todo el
mundo utilizan las redes del ciberespacio, especialmente Internet, para llegar
a estudiantes ubicados por fuera del campus y aun a grandes distancias mediante
una variedad de programas y actividades de tele-educación. Las universidades
virtuales proliferan como un nuevo y preocupante fenómeno social, y ya existen
numerosas telecomunidades en verdaderas multiversidades virtuales, dando con
ello una mayor dimensión, por ende global, al concepto de Clark Kerr planteado
en los años 1960.
Las
telecomunidades académicas pueden constituir universidades metanacionales,
entidades capaces de impartir educación a través de métodos radicalmente
diferentes y estructurados en diversas formas de organización institucional.
Por supuesto que tales multiversidades tendrán que funcionar bajo imperativos muy
diferentes en cuanto a los asuntos de la pura administración académica tales
como acceso, matrícula, registro, seguimiento, evaluación y, especialmente,
garantía de calidad. Sin embargo, teóricamente aparece claro que gracias a la
amplia posibilidad de interconexión en el ciberespacio, pueden proveer
ilimitados volúmenes de información. Otra cosa es que sean capaces de educar,
en el sentido de formar la personalidad, lo cual exige una vivencia presencial
en centros reales de erudición y de investigación.
La situación en Colombia
En
Colombia, la función social del Estado en el campo de la educación superior
todavía no se traduce en realizaciones, y el planteamiento sobre el poder de la
inteligencia y del conocimiento como factores de progreso y de nivelación
social no pasa de ser un enunciado de propósitos. Inteligencia y conocimiento
quieren decir educación superior de alta calidad, que es el instrumento
reconocido para la adquisición de un nivel cultural superior, para la creación
de comunidades científicas, para establecer un nación ilustrada. Lo acontecido luego de la promulgación de la Ley 30 de
1992 es lamentable: proliferan instituciones de educación superior con un
mínimo control de su calidad, y se debilitan las grandes universidades
públicas, las cuales han sentado un alto estándar de calidad académica. La
urgencia del rescate y el desarrollo de la propia dimensión cultural, la
necesidad de invertir en la estructuración de un sistema autónomo de
conocimientos, o sea de educación superior colombiana, todavía no es una
realidad en nuestro país.
En
Colombia, por razón de la Ley 30 de 1992, la justa expectativa de acceso a la
educación superior ha convertido a ésta en una verdadera industria, o peor, en
una oportunidad de negocio y de lucro. La proliferación desmedida de toda clase
instituciones de educación superior significa un serio deterioro de la calidad.
Por
la misma razón, el crecimiento en el número de facultades de medicina es
aberrante, y muchas de las que se han creado en desarrollo de la Ley 30 de 1992
carecen de adecuados recursos para la docencia. El Estado ha sido incapaz, o
negligente, en cuanto a ejercer las funciones de control y vigilancia que la
misma ley establece.
La investigación, factor supremo de
garantía de calidad académica, tiene una oscura perspectiva y los fondos
disponibles para esta actividad se ven seriamente limitados. COLCIENCIAS
contempla recortes presupuestales que ponen a tambalear los logros que registra
Colombia en el campo del desarrollo de recursos humanos en el campo de la
investigación pura.
La
industria de la educación superior también amplía la oferta de programas de
informales de postgrado, en la medida que la población adulta busca cursos de
corta o mediana duración, que en nuestro país se conocen como "diplomados",
los cuales pueden significar mejores condiciones laborales. En nuestro medio
muchos de tales "diplomados" son de inferior calidad académica y su
organización obedece a meras razones de orden económico.
La Inteligencia Médica
Aplicando
el planteamiento de F. Aguadero Fernández (1997) sobre la sociedad de la
información (1997), se puede decir que la medicina ha quedado establecida en un
contexto electrónico, digital y audiovisual cada vez más variado, más integrado
y más adaptado a sus diversas actividades. Lo que fue el "juicio" y
la "habilidad clínica" fundamentados en el conocimiento personal y la
reflexión a partir de manifestaciones y signos clínicos indirectos, hoy es
interpretación de mediciones fisiológicas y bioquímicas y de imágenes diagnósticas
de gran precisión, y el proceso de decisión es el fruto del análisis de
evidencias rigurosas emanadas de la investigación científica, evidencias que la
informática biomédica hace fácilmente asequibles. El médico moderno tiene que
"vivir conectado" a la infraestructura y a las redes de información.
El acto médico cada vez más depende de programas computadorizados, de
información y de "sistemas expertos", tales como bien conocido el
MYCIN para la selección de antibióticos. Los análisis de los resultados en
pacientes con enfermedades infecciosas revelaron que MYCIN lo hacía tan bien o
mejor que un médico especialista, tanto en lo referente al diagnóstico como a
la escogencia del régimen terapéutico (Buchanan & Shortlife 1984; Yu et al
1979).
Hoy
se acepta que el uso de programas computadorizados que proveen información
inmediata para la toma de decisiones resulta en mejor calidad de la atención
(Evans et al 1998), lo cual motivó un editorial pertinente al uso de los
computadores y la toma de decisiones y la calidad de la atención, desde el
punto de vista de un médico en ejercicio clínico (Garibaldi 1998).
Recientes
estudios sobre la utilidad de los modernos métodos de diagnóstico asistidos por
computador revelan ventajas en cuanto a superior precisión en el diagnóstico y
mayor economía, así como a disminución de las tasas morbimortalidad y de
apendicectomías innecesarias (Adams et al 1986; Paterson-Brown & Vipond
1990). Estos métodos han merecido creciente atención y actualmente se reconoce
que su uso también mejora los resultados de los procesos de diagnóstico y toma
de decisiones en los pacientes con dolor abdominal agudo (de Dombal et al
1991). Son numerosos los sistemas expertos desarrollados y ya en pleno uso
clínico.
En
The New Yorker de marzo 30 de 1998, el cirujano Atul Gawande se refiere al
estudio de Lars Edenbradt en Suecia y a cómo los computadores han llegado a
superar a los médicos expertos en la interpretación electrocardiográfica y en
el diagnóstico cardiológico, la versión médica del triunfo de Deep Blue sobre
el campeón de ajedrez Gary Kasparov. Hemos llegado así a un estado de
perfección mecánica en la provisión de
servicios médicos, alcanzando superiores tasas de precisión para
beneficio final del paciente. Pero ante tal "deshumanización" del
acto médico que discrimina la intuición personal, hay que recordar que el
diagnóstico no puede ser reducido a una serie de generalizaciones y que la
idiosincrasia del paciente individual juega un papel preponderante en la toma de decisiones: es imprescindible
formar médicos idóneos.
Los
sistemas expertos aplicados a la medicina han sido muy influyentes en el
pensamiento actual sobre inteligencia artificial (Kurzweil 1994).
La
pregunta que hoy se plantea es si se justifica mantener un plan de estudios de
pregrado y postgrado tan intenso y prolongado, de doce años para el médico
especialista que luego va a ejercer una medicina tecnología-dependiente y
basada en la evidencia, donde la "sabiduría" y la "experiencia
personal" parecerían adquirir un valor relativo.
La
tecnología de la información, los sistemas expertos, la cirugía robótica, la
telecirugía, así como la informática biomédica, son todos métodos de
amplificación intelectual y de refinamiento de la metodología procedimental de
la medicina. Su debida utilización en nuestro país representa un enorme caudal
de beneficio social y en conjunto deben ser parte integral del Sistema General
de Seguridad Social en Salud. Lo que anteriormente fue una discontinuidad entre
la máquina y el hombre, hoy es una continuidad, una verdadera simbiosis de
enormes perspectivas. Es la nueva clase de inteligencia médica.
La Educación Médica
Comienza
a haber claridad, partiendo de los postulados de Flexner (Patiño 1993, 1995,
1998) de la formación integral del médico como una persona cultivada, sobre la
necesidad de una verdadera reforma curricular tendiente a crear planes de
estudio flexibles y más cortos (Patiño 1993).
Las
premisas expresadas por Flexner en 1910 son enteramente válidas en la época actual.
Flexner planteó la educación médica como una actividad universitaria; la
formación del profesional de la medicina con fundamento en la ciencia, el
humanismo y el método científico, pero con hondo sentido de responsabilidad
social; la excelencia académica frente al equivocado concepto de la falsa
democratización a través de una deficiente educación médica para las clases
menos pudientes; y condenó las escuelas
de medicina creadas con ánimo de lucro. En el flexnerismo prima la
consideración de la universidad como una "corporación de servicio
público" cuya misión es la superación de la educación y la adquisición del
conocimiento a través de la investigación con el objetivo del progreso social y
la adaptación de la cultura de la tecnología como elemento integral de la
estructura universitaria.
La
medicina es básicamente un sistema educativo y la calidad de la educación médica
es una responsabilidad social, es la esencia del mensaje de Flexner. Su
insistencia en un profesorado dedicado en tiempo completo a la docencia, el
servicio y la investigación, representa una filosofía educativa que mantiene
plena vigencia en esta época de preocupantes cambios en la organización de los
sistemas de salud (Patiño 1998).
Nuevas
formas de organización social llevan a la medicina a un ejercicio cada vez más
institucionalizado, lo cual quiere decir más regulado, más
"gerenciado". La práctica médica de tipo hipocrático se convirtió en
un ejercicio de tipo corporativo. La falta de formación de los médicos en
economía de la salud y en las disciplinas de la gerencia y la administración,
ha hecho que sean desplazados de los cargos directivos por administradores no
médicos. Pero si bien es cierto que un médico que no sepa administración no es
un buen directivo, tampoco lo es un administrador que no sepa de salud. La
administración y la gerencia se perfilan como nuevas destrezas en el campo
médico.
La
Oficina de Recursos Educacionales de FEPAFEM y la Comisión de Educación de la
Academia Nacional de Medicina han propuesto un plan de estudios basado en que
los médicos para el siglo XXI sean educados en las ciencias físicas y
biológicas, pero también con sólida exposición a las ciencias humanas y
sociales, a las ciencias de la gerencia y la administración, a las humanidades
y a la bioética como el común denominador que constituye el curriculum nuclear,
con áreas de concentración flexibles y versátiles como componente electivo y
opcional. En todo el esquema aparece la informática como el elemento
fundamental de la nueva educación médica.
El
contenido de la educación médica, concebida en el nuevo modelo curricular como
un continuum entre el pregrado y el postgrado, debe ser ampliado para dar mayor
énfasis al manejo de los problemas diarios, o sea a la identificación,
tratamiento y prevención de las enfermedades de mayor incidencia en las
diversas regiones del país, y a la promoción de la salud.
Pero
de nada sirva hacer esfuerzos educativos para adecuar la formación de los
profesionales a las realidades sanitarias, si la estructura del Sistema General
de Seguridad Social en Salud (SGSSS)se aleja cada día más de su propósito
social de servicio y se transforma más bien en una industria sujeta a las
fuerzas del mercadeo (Academia 1999). Además, el SGSSS no reconoce hoy la
importancia de la educación médica, tanto en lo pertinente a su contenido como
a su proceso, como factor decisivo de mejoramiento de la calidad de los servicios. Por el contrario, los
hospitales universitarios y aquellos que poseen programas formales de docencia,
se ven en dificultades para mantenerlos.
El
profesionalismo médico es la meta de la educación médica de pregrado y de
postgrado, y el fortalecimiento de la medicina como profesión y como ciencia
debe ser el objetivo de todo sistema de atención de la salud que pretenda
ofrecer servicios de calidad. Ante todo debe recordarse que la medicina es una
profesión, una actividad intelectual, y no un simple oficio de carácter
técnico.
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