Discurso de Orden
Académico EFRAIM OTERO RUIZ Señores Académicos, Señoras, señores : Como un "Fenómeno del Niño" y con el ímpetu emocional de esas sagas cíclicas que nos recordara vívidamente "Cien Años de Soledad" se repite, a los 8 años, una ceremonia en que dos de sus actores son los mismos, sólo que con orden inverso. Esta vez un hombre salido de las filas académicas, sin otro mérito que su capacidad de reconocimiento y afecto, tiene como honroso encargo pronunciar el discurso de orden en la posesión de José Félix Patiño como Presidente de la Academia Nacional de Medicina para los dos últimos años del milenio, rodeado de una dignísima Junta Directiva y sucediendo a otro hombre de cualidades eximias, que ha liderado uno de los cuatrenios más ilustres por los que haya pasado la corporación. En esa otra época, 1990, fue un académico ya cargado de honores y de merecimientos quien pronunciara gallardamente el discurso de orden durante el acto de mi posesión como Presidente, en el paraninfo de la Academia Colombiana de la Lengua. Denominador común era y sigue siendo el mutuo bagaje de una amistad ininterrumpida de más de 40 años, que es el que me lleva a pronunciar estas palabras, cargadas como nunca de admiración, de respeto y de cariño Porque la nutrida votación que llevó al académico Patiño a salir electo con el 95 por ciento de los votos, fenómeno casi nunca visto en los anales de nuestra venerable Academia, no es sino la expresión unánime de confianza por un hombre que, ya alcanzada la "edad bíblica", -como él mismo lo dijera en sus vivaces memorias del año pasado- conserva la chispa de su infatigable intelecto, siempre ávido para enseñar y aprender; y mantiene la integridad física y el ánimo del cirujano de cuatro decenios, que algún día quiso convertir a ese especialista en verdadero "biólogo de los tejidos" a su imagen y semejanza, y que no cesa de repetir, con su enseñanza y con su ejemplo, la frase preferida tomada de Alexander Walt, que dice que la medicina y particularmente la cirugía "es la actividad más intensamente moral que pueda ejercer el hombre". Porque esa ha sido, ante todo, la vida meritoria del académico Patiño : una entidad moral, en el sentido que le diera Jorge Ricardo Vejarano a la vida toda de nuestro Libertador Simón Bolívar. Entidad moral para haber recibido una herencia brillante de académico y hombre de ciencia y, en lugar de sentirse opacado, tratar de superarla y vivir junto a ella, brillando con luz propia cada vez más intensa como fulguran en el espacio las super-novas a medida que se expande el universo. Por eso en mi discurso del 79, en este mismo recinto y a poca distancia de la muerte de su hija y del profesor Patiño Camargo, le decía yo que a nadie como a él se podrían aplicar los versos del "semblante augusto" de César Vallejo en memoria de su padre : "Está ahora tan cerca-si hay algo en el de lejos, seré yo". Entidad moral para soportar con entereza la muerte del progenitor y poco después la de la hija de todos sus afectos, y ahora hace poco la de su inseparable esposa de 40 años, luchando junto a ellas como león herido pero no dominado por las inevitables acometidas de la Parca. Y luego mirando hacia atrás sin amargura, con terneza y diciendo, como dijo en sus bellas palabras del Club El Nogal, que "sus figuras iluminaron mi vida y más que el dolor de su ausencia siento la felicidad por haberlos tenido todos esos años". Entidad moral para hacer de la amistad un código de vida y de conducta, dedicado a prodigarla y a perseguir el bien para muchos, que no siempre le retribuyeron con el bálsamo del agradecimiento. Pero que en su mayoría se cuentan por centenares en una pléyade de discípulos, de amigos, de colegas y colaboradores que aquí como en Norteamérica, como en el continente y en el mundo le rinden siempre la más amable de las remembranzas y el más certero de los reconocimientos. Y entidad moral, en fin, para haber recibido, como ahora, los más altos de los honores y, en lugar de arroparse y ensoberbecerse con ellos, considerar que todos no son más sino nuevas oportunidades de trabajo para engrandecer y hacer más productivas y eficientes las entidades cuya alta dirección se le encomienda. Por eso Patiño, en boca de todos, además de un intelectual y un científico es ante todo un hacedor y un gerente. Ya voces más autorizadas y eruditas que la mía han señalado los méritos académicos y científicos de nuestro nuevo Presidente y me haría interminable si tratara de repetirlos. Por eso he querido más bien, desde el ángulo personal y casi incurriendo en el desvarío de la anécdota, sintetizar lo que han sido las fases de su vida, a la manera de una luna cuya luz se disminuye o se crece según los tiempos pero sin mostrar nunca su lado oscuro; que si de golpe se encendiera, como al paso de los satélites, mostraría los mismos hermosos detalles que tiene del lado que siempre se ilumina. Podría decirse, por tanto, que la carrera del Académico Patiño ha estado nimbada por áreas diversas de interés, todas ellas inicialmente imbuídas de una gran vocación investigativa que pronto después, y gracias a su insaciable deseo de poner en práctica los conocimientos teóricos y realizar obras perdurables, se ven traducidas en trabajos, en publicaciones, en obras, en instituciones, en construcciones, convencido y teniendo siempre como paradigma la frase de su amigo, el decano de Medicina de Columbia, que decía que "las instituciones se hacen ante todo a base de personas y no de ladrillos y mezcla". Esas diversas áreas están siempre enmarcadas por las tres grandes devociones de su vida, el arte, la cirugía y la educación. Así, en sus años de internado, e influído tal vez por las enseñanzas de ese prodigio de la cátedra de fisiología en Yale que se llamó C.N.H. Long se lanza, orientado por su amigo el profesor Harry Greene, a un tema de gran actualidad en ese momento, el transplante y cultivo o mantenimiento de órganos endocrinos embrionarios en la cámara anterior del ojo del animal experimental. Recordemos que sólo en esos años se venían aclarando las funciones de la hipófisis y que después de la clásica descripción anatómica de la glándula y sus conexiones hecha por Harris en Inglaterra a finales de los cuarentas, se consideraba casi indispensable la conexión con vasos, nervios u otras células para la función de los tejidos endocrinos ; pero que en la cámara anterior del ojo esos fragmentos embrionarios de tiroides, de suprarrenal, de paratiroides o de hipófisis, menos diferenciados y menos detectables inmunológicamente, al tiempo de sobrevivir en los líquidos corneales, se podían mantener algo aislados de otros influjos mientras la córnea ofrecía una magnífica ventana transparente para observar el desarrollo de ese tejido, bien fuera directamente, bien a través del microscopio quirúrgico, este último también en progresivo desarrollo. Ese trabajo, laureado con el premio Borden a la Investigación y confirmado después por trasplantes en humanos, hizo que Patiño mantuviera toda su vida un agudo interés por los órganos endocrinos y por la cirugía de los mismos, y fue quizás lo que más cimentó nuestra amistad poco después de conocernos, a finales de los años cincuentas. Quizás la observación continuada de esos pequeñísimos vasos revascularizando los tejidos allí implantados es lo que lo lleva a la segunda fase de su formación quirúrgica, la cirugía cardiovascular. Era el momento de mediados de esa década cuando el jefe del servicio o del departamento confiaba a sus ayudantes un problema y esperaba que de ellos surgiera la solución, generalmente del lado del laboratorio de cirugía experimental, donde ellos pasaban la mayor parte de sus horas de trabajo. Así había sucedido con Mac Leod frente a Banting y Best a propósito de la insulina, con Blalock y Taussig frente a Vivien Thomas en la correción de las cardiopatías de los bebés azules y era ahora con Glenn frente a Patiño en las aulas de experimentación de la Universidad de Yale. William Glenn, Profesor de Cirugía y Jefe de la Sección de Cirugía Cardiovascular le había encargado a su brillante residente, ganador de la beca Brown al más distinguido de los alumnos, que diseñara un procedimiento quirúrgico que corrigiera los defectos congénitos acarreados por falla o deficiencia del corazón derecho con hipertensión en las venas de retorno, desviando la circulación venosa para hacerla entrar directamente al sistema de la arteria pulmonar y en esa forma excluyendo, por así decirlo, al mismo corazón derecho. Patiño con la ayuda de John Fenn, quien sería después su amigo de toda la vida, y después de innumerables y fatigosas mediciones experimentales en perros, diseña una técnica que aboca la cava superior a la arteria pulmonar empleando la desembocadura de la azigos y es tan exitosa, incluso cuando aplicada a los humanos, que es llevada a la Convención de Cirugía de Chicago donde adquiere todos los honores con el nombre de la operación Patiño-Glenn. Pero el éxito, como se ha visto en otros casos famosos, desata celos aún en magnánimos profesores y pronto la operación, con el nombre de Glenn-Patiño, ingresará a los fastos de la cirugía cardiovascular quedándose a veces con el sólo nombre de Glenn por la dificultad, según se aduce en esas latitudes, de pronunciar la eñe del apellido del famoso co-autor latinoamericano y colombiano. Tal la entereza del co-autor que jamás después se haya oído la menor protesta o desacato contra su mentor insigne, antes bien, lo seguirá prodigando de elogios hasta los muchos años de su vida longeva! Con ese bagaje de honores quirúrgicos regresa José Félix a Bogotá, donde es acogido en Marly y en La Samaritana por sus amigos de padres a hijos, los Esguerra y los Cavelier. Ya Jorge, nuestro ex-Presidente hoy condecorado, nos ha narrado en su estilo jocoso algunas de las anécdotas que ligaron a la familia Cavelier con los hoy Presidentes, entrante y saliente. A su entrada a la Samaritana se inicia y casi se colapsa nuestra amistad pues, siendo yo residente de Medicina del Presbyterian Hospital, en Nueva York, bajo la dirección de quien sería después su entrañable amigo, el Profesor Robert Loeb, recibí de New Haven un pesado y enorme paquete lleno de radiografias y transparencias gigantes de operaciones cardiovasculares, que yo debería re-enviar por correo a un Dr. Patiño de Bogotá. Cuando averigué que el solo porte aéreo consumiría casi una tercera parte de mi modesto estipendio mensual, resolví devolverlo a Yale diciendo que yo no conocía al destinatario. No bien lo había devuelto cuando recibí una furiosa reprensión telefónica de mi cuñado, Jorge Colmenares, quien actuaba como su anestesiólogo, diciéndome que casi les había malogrado el material que iban a presentar en un inminente Congreso de Cirugía. Ya perdonado yo, tiempo después y durante muchos años, veríamos a José Félix cargando un álbum con fotos en blanco y negro de los peores rincones de La Samaritana, clamando a los cuatro vientos ayuda oficial para ese Hospital, que afortunadamente se materializó espléndidamente cuando el ya estaba a punto de retirarse, después de haber liderado eximiamente su cirugía por varios lustros. Su otra afición paralela a la educación y la cirugía ha sido la del arte y la historia. De la biblioteca de su padre heredó los mejores clásicos griegos que leyó y repasó cuidadosamente y que complementó con muchos otros libros adquiridos desde su época de Yale. De esa época data también su amor ineludible por María Callas y por la opera, que lo convierten hoy en uno de los más avezados "calólogos" del mundo, autor de un libro sobre la diva con el que nos deleitará próximamente. Como pintor, fotógrafo y escultor casi clandestino que es, de la colección Pizano de la Universidad Nacional, mientras era Rector y autor de la "Reforma Patiño", ordenó moldes y reproducciones en yeso como el de la leona asaeteada del palacio de Assurbanipal, en Nínive, que ha adornado por muchos años la sala de Juntas de FEPAFEM en Bogotá. Desde Yale ya lo había impresionado también la "Historia Naturalis" de Cayo Plinio Segundo y como detective se dedicó a seguir y obtener en América y en Europa las ediciones príncipe del clásico autor latino, colección de la que es hoy uno de los escasos y privilegiados propietarios en el mundo. Y por esa vía llegó a Francisco Hernández, el español que la traduce y la publica por primera vez en México apenas transcurrido el descubrimiento. Como homenaje a la figura y a la obra de este último creará un Premio que hoy enaltece a los educadores médicos de nuestro continente. Nuestra amistad se estrechó más a su salida del Ministerio de Salud y de la Rectoría de la Universidad Nacional, cuando me llamó a colaborarle en la recién fundada Federación Panamericana de Asociaciones de Facultades y Escuelas de Medicina, FEPAFEM, en Bogotá, oficina que dirigió por10 años como si fuera un ministerio alternativo de la educación y la cultura para el continente y que enmarcó sus acciones más importantes en el campo de la educación médica. Allí publicamos algún trabajo juntos y participamos en infinidad de reuniones educativas que culminarían, en 1980, cuando él promovió en Panamá mi elección a la Presidencia de la Federación que se prolongaría luego hasta 1984. Desde mi Dirección de COLCIENCIAS, entre 1972 y 1983, apoyé algunos de sus programas investigativos, siendo él Director Ejecutivo o después Jefe de la Oficina de Recursos Educacionales, cargo que noblemente decidió seguir ocupando cuando la Dirección Ejecutiva se trasladó a Caracas, en 1975. Y juntos iniciamos en 1981 el Programa INFORMED de información bio-médica computadorizada que, a sus 17 años, sigue siendo el pionero y el más importante de América Latina, como pudimos comprobarlo en una reunión mundial a la que asistimos los dos en Washington a finales de noviembre pasado. Y esto nos lleva al último escenario de su vida profesional, el de la informática. Porque José Félix fue uno de los primeros en captar, en nuestro grupo inicial reunido en la bella casa que bordeaba el parque de la calle 93 con carrera 12, que los computadores y la informática serían los que revolucionarían el concepto de la educacion médica del próximo siglo y hacia ellos enfiló las baterías de sus juveniles sesenta años. En muchas ocasiones, como hoy, lo hemos oído hablar del nuevo paradigma, el de la infomedicina, teniéndome a mí en muchas ocasiones como su comentarista y en no pocas como su cuasi-némesis o su abogado del diablo, no para molestarlo sino para acicatearlo hacia nuevas lecturas, nuevos aparatos, nuevas conquistas, nuevos programas. Y con un pacto que hemos jurado mantener hasta el final de nuestros días y es el que cuando uno de los dos vea al otro diciendo o haciendo sandeces, lo enfrente y se lo diga francamente, para saber callar a tiempo y evitar así el oso público que hacen algunos hombres privados, o el oso privado que hoy hacen numerosos hombres públicos. Es hermoso, es edificante, verlo todavía rodeado de gentes jóvenes a quienes, como en sus viejas épocas universitarias, eleva pronto a cargos de responsabilidad y de estímulo pero sin dejar de ser nunca su mentor, su maestro, su amigo. Es como si repasáramos, dos mil trescientos años atrás, los jardines de Platón y Aristóteles que llevaron al surgimiento de la Academia. Mientras muchos de esos jóvenes están apenas en Internet o tratando de descifrar los últimos programas de computador, el ya está años-luz adelante, manipulando la realidad virtual, pensando en los computadores de 6a. generación o en la inteligencia artificial, diciendo de dientes para afuera que el libro es cosa del pasado y que la pantalla electrónica del computador es el presente y el futuro; pero, en llegando a su casa a la hora de nona, acariciando sigilosa, casi lascivamente sus ediciones de Plinio el Viejo, de la Etica de Aristóteles o el Timeo de Platón, o los textos quirúrgicos o las biografías ilustradas de María Callas, cuidadosamente empastadas y puestas en los mejores sitios de su nutrida y bien clasificada biblioteca. Si por coincidencia, como en el Vesalio que él tanto admira, nos hemos acercado al hombre renacentista, quizás a pocos como a él se podría aplicar la frase de su compañero de la Misión de Ciencia y Tecnología, Gabriel García Márquez, al referirse a quienes nos precedieron en la América pre-colombina: "Tenían sistemas antiguos de ciencia y educación y una rica cosmología vinculada a sus obras de orfebres geniales y alfareros inspirados. Su madurez creativa se había propuesto incorporar el arte a la vida cotidiana -que tal vez sea el destino superior de las artes- y lo consiguieron con aciertos memorables, tanto en los utensilios como en el modo de ser". A esa personalidad, a ese talento, señoras y señores, rendimos hoy un caluroso homenaje de bienvenida a la Presidencia de la Academia Nacional de Medicina.
|