REVISTA ACADEMIA DE MEDICINA

Pulsiones de vida y muerte

Académico Guillermo Sánchez Medina

Cuando hacemos alusión a las pulsiones o a su energía, lo estamos haciendo a cargas eléctricas y a partículas subatómicas; así mismo nos referimos a "estímulos endógenos y exógenos", "señales", "excitaciones", "deseos", "necesidades", "afectos y emociones", "transmisiones e impulsos", originados en los "instintos". Conocemos desde la perspectiva del psicoanálisis de Freud (en su trabajo sobre Meta psicología en 1915), cómo el instinto es un concepto limítrofe entre lo mental y lo somático, siendo la representación psíquica del estímulo, originado en el organismo que elige la mente. 

Por lo tanto los instintos no serían sino la organización de "fuerzas"2 para la vida y la muerte orgánica, que buscan restablecer un orden y estado de interrelación y movimiento con otras fuerzas (cargas opuestas, antimateria y/o antipartículas), que perturban ese funcionamiento o por el contrario, actúan para conservar el equilibrio y orden; he ahí un concepto proveniente o que nos lleva también a la teoría de la complejidad y caos. Los instintos (de vida-eros3 y muerte-tanatos 4) vigilarían el destino de los organismos elementales que sobreviven al individuo total, proporcionándoles un refugio seguro mientras se encuentran indefensos contra los estímulos del mundo externo, y a la vez facilitando su encuentro o nacimiento en la estructura de los nucleótidos del ADN, que son la base biológica del instinto sexual, que preservan la especie y restablecen un estado previo, el que puede ser la misma involución y la inercia. Todos estos fenómenos no significan que exista una tendencia a la perfección; de aquí que la muerte interna sea también natural como la vida, la que tiene su escape en la ya mencionada supervivencia, defensa y conservación de la especie. De tal forma, la biología no va en contravía de los instintos de muerte. "Por su parte al reservorio del instinto de vida le damos, en psicoanálisis, el nombre de "libido" del Ello y del Yo, y del sí mismo", a la vez que de la conciencia moral (super - Yo) como estructuras.

  

El psicoanálisis considera que las fuerzas del tánatos también se ubican en la estructura del Super-Yo. De la misma manera, la fuerza y energía que estimula e impulsa a la sexualidad y a la autoconservación de la vida (con sus catexis o cargas y anti-catexis o contracargas) provienen de la libido (instinto libidinal o Eros).

Estos dos instintos (eros-vida, tanatos-muerte) neutralizarían o darían un equilibrio en forma compleja, fuera de la linealidad. El estímulo-señal proveniente del afuera (exterior, entorno) se presenta en el objeto real que despierta y/o excita al aparato mental para producir atracciones y necesidades de satisfacción o placer.

Cuando hablamos de que un objeto es productor de lacer en el Yo (amor, atracción, satisfacción) o displacer (odio, insatisfacción, rechazo) nos referimos a que produce una "atracción" (lo que significa que es un atractor) para amar y odiar; sin embargo, la atracción del odio termina o se inicia con el rechazo a los objetos que odiamos o que nos producen displacer.

Con respecto a la fusión de los instintos (vida y muerte) estos se observan en la relación sexual en la que el sadomasoquismo puede estar presente; sin embargo, cuando se independiza el sadismo, puede presentarse la perversión. Todas estas ideas fueron elaboradas por Freud en las obras: Más allá del principio del placer, (1920) y el Yo y el Ello, (1923). El mismo autor en la obra Los instintos y los destinos (1915) plantea los principios básicos del instinto, partiendo del concepto de estímulo (para lo) psíquico, diferenciando los otros estímulos psíquicos que pueden provenir del exterior (objetos); al instinto lo ubicaba como proveniente del interior del organismo con una "fuente", un "fin", un "objeto" y una "perentoriedad" (o cantidad de exigencia de trabajo) con "fuerzas de la naturaleza heredadas" con "magnitudes de excitación" y que tienden a "cargarse y descargarse", y, con ello, en parte, a la consecución de "placer y displacer"; estas últimas polarizaciones pertenecen a lo bio-fisiológico, a lo económico de las fuerzas y energía, a la dinámica del mecanismo de la represión así como a la relación con el mundo externo real. Desde el punto de vista psicoanalítico: ¿qué es lo que entendemos como pulsiones de vida y muerte? Con respecto a estos conceptos de "instinto de vida" e "instinto de muerte" y sus pulsiones, habría que entender estas últimas como algo proveniente de lo energético biológico que, además de lo expresado por Freud, hoy en el año 2001 todavía lo referimos desde el punto de vista de la biología molecular, a la manutención de los gradientes iónicos de la mitocondria o de la fosforilación oxidativa y por lo tanto, de la energía del ATP (Adenosina trifosfato), en la membrana en su intercambio intracelular e intranuclear de organización de los nucleótidos del ADN (los nucleótidos del ácido desoxirribonucleico están constituidos por las bases adenina, timina, citosina y guanina entrelazadas en pares las dos primeras y las dos últimas, con ribosa como azúcar y además fosfato, unidas las dos cadenas del ADN por enlaces hidrogenados). Toda esta estructura nos hace pensar en equilibrios y ordenamientos dinámicos donde  además se incluye la apoptosis.

Por su parte, la pulsión de muerte nos refiere a los mecanismos que no permiten mantener estos intercambios y con ello se produce la destrucción.

 

Entendamos que los linfocitos5 como células defensoras son capaces de reproducirse, aprender, guardar información y enseñar a otras células comportamientos nuevos. Al mismo tiempo su movilidad se hace por prolongaciones citoplasmáticas en el sentido del movimiento de la célula, presentando simultáneamente discretos movimientos ameboideos de su membrana celular; existen también en los linfocitos ribosomas libres ubicados en el citoplasma o formando grupos (polisomas) sobre los cuales actúa el ARN (ácido ribonucleico), para la síntesis de las proteínas; he ahí la traslación. Estos linfocitos participan en el sistema inmune produciendo diversas citosinas proteicas, entre ellas las linfoquinas; Además, por medio de los linfocitos B, todas las gammaglobulinas o anticuerpos, denominados también inmunoglobulinas; en los procesos inmunes del organismo existen otros mecanismos de defensa, entre ellos la fagocitosis (realizada por los macrófagos o monocitos tisulares y por los polimorfo nucleares neutrófilos o micròfagos).

Una de las funciones no inmunológicas de los linfocitos es la actividad trofocítica, es decir, el control del crecimiento de los órganos (la blastogénesis), ejerciendo una función nutritiva de morfotasis mediante la cual se coordina el crecimiento y el desarrollo de los distintos tejidos del organismo. Cuando un órgano sufre un daño o alteración, se disminuye la cantidad de ciertas sustancias del crecimiento y a la vez se promueve la mitosis, con la división longitudinal de cromosomas en dos mitades iguales a su original; esto ocurre también como réplica que actúa sobre el órgano afectado para tratar de repararlo y construirlo en su tamaño normal. La mitosis linfocítica es inducida por moléculas que se conocen como lectinas, activadores policlonales que obran, unos sobre todos los linfocitos, algunos sobre los T y otros sobre los B. Existen sustancias vegetales y animales (concanabalina A, fitohemaglutinina, fitolaca, lipopolisacáridos, la proteína A) que activan los linfocitos B y tienen actividad mitogénica o promueven la producción de  blastos. El virus de Epstein - Barr es un potente mitogénico de los linfocitos B, así como el virus del sarampión estimula los linfocitos T.

Todo esto en parte es conocido desde hace más de un siglo, pero en el siglo XX se desarrollaron investigaciones que enriquecieron el conocimiento de los mecanismos moleculares y de los procesos inmunopatológicos, especialmente en las dos últimas décadas. 

Ahora bien, existen una clase de linfocitos llamados neutros o asesinos naturales (LAN), en inglés "Natural Killer Cells", NKC o células asesinas naturales, que no son fagocitarios, ni producen inmunoglobulinas; su citoplasma es más abundante y granular, así como sus mitocondrias, y, a la vez, cumplen una función de defensa muy importante porque "son capaces de destruir células extrañas y gérmenes dentro de un lapso de tiempo muy breve; es decir, su efecto es casi inmediato y no necesitan periodo de aprendizaje" (William Rojas Montoya, 1990) que sí requieren tanto los linfocitos T como los B; por esto se les denominan células asesinas naturales, que desempeñan la vigilancia inmunológica contra tumores. La acción de los linfocitos asesinos naturales se ve reforzada por factores como los interferones

 

Esta clase de linfocitos se encuentra en el infiltrado dentro de los tejidos intra-tumorales. "Parece que los carcinógenos, además de inducir el cambio de malignidad en las células, tienen efecto inhibidor o depresor sobre las células asesinas naturales", "su efecto lítico se cumple en cuatro etapas; primero: unión del linfocito asesino natural a la célula blanco (maligna o célula normal invadida por un virus); segundo: liberación de las moléculas letales; tercero: separación de la célula a la cual atacó; cuarto: lisis por las moléculas liberadas. Estas son de dos clases: las perforinas, moléculas proteicas que se incrustan en la membrana de la célula atacada formando un microtúbulo o canal por el cual ingresa agua que estalla la célula; y estearasas, que alteran la membrana de la célula o microorganismo, al ser destruido.

Uno o varios de los interferones a que nos referimos son los responsables de estimular la médula para la producción de linfocitos asesinos naturales. El desarrollo de anticuerpos monoclonales, que permiten detectar muy especialmente las distintas proteínas de la membrana celular hace posible su clasificación más precisa y su identificación..." (William Rojas Montoya, 1990).

De todo esto inferimos que existen potenciales energéticos de destrucción o bien para defender al organismo o para destruirlo; de ahí que podamos referirnos en parte al instinto de muerte. Existe otro mecanismo de vida y muerte en el sistema inmune que se llama el de "apoptosis"6 (apo: irse; ptosis: caída), es decir; la pérdida de la vida es esperada; lo cual implica renovación larga o corta; el mecanismo de apoptosis o programa de muerte de las células, parece estar determinado genéticamente. 

El colapso está más ubicado en el núcleo; el nucleosoma tiene envuelta en su centro la proteína básica del DNA, y la acción de la endonucleasa, en las uniones entre los nucleosomas, no está muy protegida por las proteínas específicas. La apoptosis está también acompañada por cambios en la membrana plasmática lo que implica la presencia de los fosfolípidos y la fosfatidilserina. Fue en 1972 cuando fue descrita una morfología diferente de las células muertas, por Kerr, Wyllie y Currie. Este tipo de células en las cuales la muerte es normal y predecible con una programación corta de vida en todo el cuerpo; esta muerte parece ser más fisiológica que patológica y necrótica. Es bien conocido cómo la muerte celular puede producirse por daños extremos en los tejidos debido a isquemia, traumas físicos o químicos o por infecciones, todas las cuales pueden producir necrosis de las células y especialmente en el organelo de la mitocondria con precipitación, probablemente de cristales del fosfato de calcio. En este punto la mitocondria no podría mantener los gradientes iónicos o la fosforilación oxidativa. De tal manera, las células colapsarían de energía y la membrana plasmática fallaría por carencia del ATP (Adenosina trifosfato) y por el agua que inunda el medio celular. La disolución del contenido intracelular sería el final de la célula. En este estado las células blancas, primordialmente los macrófagos, remueven los fragmentos o residuos moleculares. He ahí otra manera de morir y estar presente la pulsión de muerte.

Es de tener en cuenta que la "apoptosis podría ser inducida" si uno conoce el gen de la muerte y puede llegar a él. Surge la inquietud de si lo contrario también puede ocurrir, el de prevenir la muerte, con la intervención en los diferentes programas genéticos vitales, teniendo en cuenta que existen enzimas indicadoras de apoptosis, como por ejemplo la caspasa (la que contiene la proteasa cisteínica con los residuos del ácido aspártico). Sin embargo, hay diferentes mecanismos todavía desconocidos, que activan las proteasas apoptósicas, como la llamada calpaina que es una proteasa cisteínica dependiente del calcio, relacionada con la caspasa, y esencial en la apoptosis (en un número normal de células incluyendo los timocitos y neutrófilos). 

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