Don Pedro Laín Entralgo
(Urrea de Gaén, Teruel, 1908 -
Madrid, 2001)
Académico José
Félix Patiño Restrepo*
* Presidente, Academia Nacional de
Medicina de Colombia. Miembro Correspondiente, Academia Colombiana de la Lengua
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"Aceptación resignada de las novedades que uno ya no puede encajar en su propia vida. Este es mi caso, valga el ejemplo, ante el rock. Lo admito, claro está, y en cierta medida lo comprendo; pero, aunque me empeñase en ello, no sería capaz de hacerlo «mío»; y así, si puedo, lo evito. Pero, todo hay que decirlo, mi resignación se ha hecho benevolente cuando la televisión me ha permitido ver decenas (...) de miles de muchachos aplicando la pasión de su convivencia en el rock a la defensa y la exaltación de los derechos humanos." Este párrafo de Pedro Laín Entralgo, tomado de su libro Hacia la Recta Final. Revisión de una Vida Intelectual, fue publicado como un artículo, Deberes de la vejez: el recuerdo y la revisión, en El Mundo el 6 de junio de 2001, el día siguiente al de su muerte, en Madrid, a los 93 años de edad. |
¿Por qué escogí, para empezar, este párrafo entre la vasta obra de Laín Entralgo?
Porque Laín Entralgo, Premio Príncipe de Asturias de Humanidades y maestro de las tres grandes Academias Reales, la de Medicina (1946), la Española (1953) y la de Historia (1964), vivió siempre reflexionando, dudando, revisando "con el fin de que biográfica e históricamente sea actual lo que de la ejecución del proyecto resulte." Porque su larga vida de reflexión constante le permitió adaptarse con facilidad juvenil a los cambios de los tiempos y asimilar el saber de las nuevas ciencias que empujaron de manera tan acelerada el conocimiento en la segunda mitad del siglo XX.
"... He leído, he aprendido, y la reflexión sobre lo leído y lo aprendido me ha llevado a revisar de manera profunda mis iniciales ideas acerca de lo que realmente son, en tanto que entidades específicamente humanas, eso que todos llamamos «cuerpo» y eso que tantísimos han llamado y siguen llamando «alma»... " (Laín 1995).
"Bajo el título La Empresa de ser Hombre publiqué hace años una colección de ensayos cuyo protagonista era la vida humana, con la intención de sugerir en el lector la idea de que nuestra vida de hombres es un modo de existir –de ser real– que cuando adecuadamente se realiza debe y puede ser una empresa...
La empresa de ser hombre, decía mi título. Afirmación que viene a ser una redundancia, porque la realidad que llamamos hombre comienza a existir en plenitud solamente cuando un individuo de la especie humana empieza a realizarse plenamente como tal hombre, cuando sabe hacer y hace de su vida una empresa personal, es decir, cuando definitivamente es persona.
Un embrión humano no es un hombre; su ser y su vida consisten en moverse hacia el hecho de serlo efectivamente mediante el sucesivo resultado de la reacción entre su actividad biológica y la del medio que inmediatamente le rodea. Entre los herederos y continuadores de la doctrina del desarrollo embrionario en tres etapas diferentes, respectivamente determinadas por la actividad de un alma vegetativa, otra animal o sensitiva y una tercera humana. Lo cual condujo a afirmar concesivamente que con anterioridad a esta tercera etapa en el desarrollo del embrión, éste no es, por supuesto, «hombre en acto», pero sí «hombre en potencia», más aún, en potencia «condicionada», por la normalidad de su anterior desarrollo; así obliga a admitirlo el actual desarrollo de la ingeniería genética experimental, porque en las primeras fases del desarrollo el embrión de una especie puede desarrollarse hacia la formación de un monstruo viable o de otra especie diferente. El medio que rodea al embrión es parte co-esencial en la génesis de la especie a que «en potencia condicionada» el embrión en desarrollo llegue a ser un individuo de la especie de que procede.
"(Laín 2001). Este delicado tema de la "humanidad" del embrión lo trata in extenso, como se cita más adelante, en su obra Alma, Cuerpo, Persona publicada hace cinco años.
Los diarios del mundo anunciaron la muerte, en la madrugada del 5 de junio de 2001, en la Residencia de Profesores de la Universidad de Madrid. Fue uno de los más grandes intelectuales de todos los tiempos.
"Y un sabio indudable. Tan indudable que me parece que era el último gran humanista de nuestro tiempo. Incluso diría que es un humanista de todos los tiempos", en palabras de Carlos Seco Serrano, de la Real Academia Española.
Fue una muerte plácida, en el sueño, la de ese gran español, médico sabio, científico, humanista, pensador, filósofo, en el marco de transformación liberal y, al tiempo, fervorosamente católica en que transcurrió su vida, la cual siempre estuvo dispuesto a revisar, con coraje y hombría, como en el Descargo de Conciencia, ese libro publicado en 1976 en que califica sus días de camisa azul falangista como "el más flagrante y revisado de todos mis errores políticos". De allí comenzó un trayecto que giró hacia el liberalismo.
Rompió con el régimen franquista cuando se rebeló contra la sonada expulsión de Tierno Galván, López- Aranguren y García Calvo de la Universidad, siendo su rector. "Era ésta, finalmente, consecuencia de su destino como puente entre la vieja generación de la República y la nacida después de la Guerra", dice el Editorial de La Razón de Madrid el 6 de junio de 2001.
Al lado de cada creencia, Laín
siempre instalaba la duda. Y eso fue su vida, una
búsqueda continua, en que nada era definitivo. Ni la
muerte, a la que consideraba como algo biológico, como un suceso
personal al que se enfrenta el hombre en
soledad y como un evento social. Los Reyes, en su
mensaje de condolencia, destacan la vida de Laín, que
emergió por encima del sabio, la figura intelectual del
siglo XX, «un hombre bueno», «de cordialidad extrema»,
«tierno», «inocente », «empeñado en conciliar a
España», «honrado» y «humilde» (Rodríguez 2001).
"Filofilósofo, amigo de los amigos de la sabiduría", se llamó a sí mismo en Medicina e Historia (1941), al que califica como el primero de sus libros que denomina científicos. Y en la Introducción a Alma, Cuerpo, Persona (1995), que reconoce como el último de sus libros científicos, se confiesa un "incorregible aficionado a conocer con cierto rigor teorético, por tanto filosófico y científico, las cosas que más directamente me han interesado, y a tener en cuenta lo que sobre ellas han dicho cuantos con genialidad o simplemente con talento las han estudiado."
Sobrecogedores la personalidad, el alma y el intelecto versátil y flexible de Laín Entralgo, doctor en Química y en Medicina. "Autor de más de medio centenar de libros tan dispares, fundamentalmente ensayos, como su saber, su herencia es infinita" (Rodríguez 2001).
Don Víctor García de La Concha destaca su preocupación por el saber universal, su humanismo eximio y recuerda cómo hasta última hora se empeñó en estar activo y presente en la Academia, "venía en silla de ruedas a las sesiones de los jueves... fue un gran Director de la Academia... un hombre de convivencia, de respeto a las ideas de los demás y que defendía noblemente las suyas. Y un hombre de conciliación...
Tenía una idea integradora de España, de las regiones y de sus distintas historias. Se caracterizó también por su preocupación por el hombre. Era «zubiriano», pero había avanzado hacia una posición de un humanismo que quería ser integrador de la vertiente religiosa y de la autonomía del pensamiento."
Luis María Anson, de la Real
Academia Española y Presidente de La
Razón, se expresa así: "Laín
Entralgo, en ¿Qué
es el Hombre? se reafirmó en sus posiciones de Cuerpo
y Alma, en línea con la doctrina de Zubiri y en cierta forma con la de
Karl Rahner, pero, entre veladuras, abría un camino
nuevo. Dios existe.
La razón no acepta que el universo
se haya producido por «casualidad» y que no tenga un
Creador cuya dimensión no podemos entender y al que
llamamos Dios.
Pero eso no quiere decir que el
espíritu, el alma del hombre, sea inmortal. Resulta
compatible que Dios exista y que la vida del hombre,
como la del resto de los animales, termine
definitivamente con la muerte...
La serenidad absoluta de Laín y su
pensamiento profundo abrieron en la vida intelectual
española una nueva meditación galopante. Laín,
como Zubiri, matizaba pero no negaba la vida perdurable.
Creía en el hombre a imagen y semejanza de Dios.
Creía que es «titular de una vida que no muere
con la muerte»."
Laín Entralgo es excelsa expresión de lo que hoy reconocemos como la "la tercera cultura", la simbiosis de las dos culturas que C.P. Snow había planteado como opuestas, hasta irreconciliables, en Cambridge, mediando el siglo XX: la científica y la humanística.
Me propuse extraer para esta ocasión, la esencia de su pensamiento de los libros que él clasificó como científicos, y del discurso que como Rector Magnífico de la Universidad de Madrid (1952–1957) pronunció al inaugurar la I Asamblea de Universidades Hispánicas en Madrid el 5 de octubre de 1953.
Comienzo por comentar y extractar su discurso universitario de 1953.
En un pequeño libro, Sobre la Universidad Hispánica, que es una de las joyas bibliográficas presentes en mi biblioteca, se recoge el memorable discurso. Laín evoca su filialidad complutense y la filialidad americana de los rectores de México, Lima, Bogotá, Santo Domingo, Quito, con la madre común, Salamanca: "Pienso (...) que no hemos venido a esta Asamblea sólo para recordar...
Asistimos, en efecto, al espectáculo de un esfuerzo reiterado por constituir «comunidades de derechos», a manera de fundamento de la convivencia humana... Sólo en el deber y para el deber puede haber comunidades...
Nosotros, los universitarios, entendemos todo esto muy bien, porque lo primario en nosotros, aquello por lo cual somos universitarios, es justamente un hábito de servicio:
servimos a la expresión de la verdad, y frente a la verdad, amigos, no caben derechos. Si, en cuanto hombres, sólo podemos conquistar y gozar astillas de verdad, y si, como es patente, la verdad nos envuelve, nos penetra y puede siempre más que nosotros, frente a ella sólo cabe el deber. "
En su discurso, que fundamentalmente exalta los deberes en cuya virtud define y afirma la comunidad universitaria, advierte el peligro de la penetración política: "Un examen atento de lo que en todo el mundo ha sido la vida universitaria (...) nos hace descubrir que la política ha ido penetrando en medida creciente dentro de la Universidad. Es preciso reconocer que la penetración de la política en el recinto de la institución universitaria es ahora mucho más intensa: basta observar lo que sucede en todos los meridianos del planeta... El influjo del destino histórico sobre la configuración de la existencia humana es más profundo, vigoroso y extenso que nunca, y la Universidad no ha podido quedar ajena a tal realidad. El problema consiste en que la política no ahogue o desfigure el más elemental de los deberes genéricos del universitario:
"su servicio a la verdad." "Junto a los deberes que nos obligan genéricamente como universitarios de cualquier tiempo (...) hay otros que nos conciernen en cuanto universitarios hispánicos; en ellos ha deconsistir el fundamento de nuestra peculiar comunidad... nuestro deber consistirá (...) en cultivar como universitarios todo aquello que nos define como hombres hispánicos... ¿Qué es lo hispánico, para quien sienta en su alma el mandato de una vocación intelectual?", pregunta Laín, y para demostrarlo trae el testimonio de dos universitarios egregios: Marcelino Menéndez Pelayo y Miguel de Unamuno.
Relata entonces cómo Unamuno busca la clave del ser hispánico en el máximo libro de la hispanidad, y refiriéndose a la ciencia relativista y antisustancial de su tiempo, en la virtualidad quijotesca, que tiene como último fundamento la instalación de la existencia en un finalismo absoluto, y que consiste en pensar y actuar –o, por lo menos, en querer pensar y actuar– sólo desde el fin absoluto a que tienden el pensamiento y la acción del hombre.
Al evocar "la infinita soledad de don Quijote vencido y cuerdo", recuerda a los americanos "la soledad, la amargura y el abandono finales de los dos máximos héroes de vuestra independencia: Bolívar y San Martín", en cuya trágica soledad terminal se sienten vencidos por la no soñada realidad. Es aquella tremenda tragedia de Bolívar que habría de relatar, en prosa maravillosa pero angustiante, años más tarde, García Márquez en El General en su Laberinto.
Laín mira luego, desde el punto de vista intelectual y universitario, "la actitud sanchopancista, el realismo sensorial e inmediato, o, con otras palabras, la actitud del espíritu humano consistente en pensar y actuar sólo desde el fin ofrecido por aquello que inmediatamente llega a sentirse. ¿Cuántos y cuántos son los españoles y los hispanoamericanos que consumen su vida sin apenas salir de esa disposición espiritual?"
Laín reclama a los universitarios hispánicos, y entre ellos los americanos, no contentarse con afirmar su actitud histórica de pura fidelidad a nuestros viejos modos de ser. Y proclama la urgencia de adquirir la ciencia terrenal, advirtiendo que "ésta no se logra partiendo la vida entre un finalismo absoluto de linaje quijotesco y un sanchopancesco atenimiento a la pura e inmediata sensorialidad."