revista academia de medicina

HISTORIA DE LA MEDICINA
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Enfermería:
el arte y la ciencia del cuidado

Académica Sonia Echeverri de Pimiento*
* Enf., CNSN
Magíster en Bioética.

“La enfermería es un arte y si se pretende que sea un arte requiere una devoción tan exclusiva,
una preparación tan dura, como el trabajo de un pintor o de un escultor,
pero ¿cómo puede compararse la tela muerta o el frío mármol con el tener
que trabajar con el cuerpo vivo, el templo del espíritu de Dios?
Es una de las Bellas Artes; casi diría, la más bella de las Bellas Artes”.

Florence Nightingale

Definir la Enfermería como ciencia y arte, arrastra consigo una tradición que se remonta al origen mismo de los pueblos, de la sociedad.

Porque la Enfermería es mucho más que un oficio, es una ciencia en la que se conjugan el conocimiento, el corazón, la fortaleza y el humanitarismo. Como dice M. Patricia Donahue en su maravilloso libro La historia de la enfermería, su verdadera esencia reside en la imaginación creativa, el espíritu sensible y la comprensión inteligente que constituyen el fundamento real de los cuidados de enfermería.

Establecer una clara distinción entre la medicina, entendida como el arte de curar, y la enfermería, entendida como el arte de cuidar, en su proceso evolutivo, es difícil puesto que desde sus inicios han estado estrechamente entrelazadas y han caminado en paralelo (Figura 1). Sin embargo, resulta casi imposible definir fronteras entre la evolución de la enfermera y la evolución de la mujer. Por que el cuidado es innato en la mujer, en la madre que amorosamente vela el sueño de su hijo y apacigua su dolor; en la hija que cuida a sus padres y hermanos; en la mujer que consuela y abnegadamente cuida a su hombre... pero cuándo esta mujer-cuidadora incorporó el conocimiento a ese cuidado desinteresado? ¿cuándo se volvió enfermera?

La posición que ha ocupado la mujer en la sociedad a través de los tiempos es la que ha marcado el paso del reconocimiento de la enfermera en esa sociedad. Es el conocimiento el que ha hecho visible la Enfermería.

Figura 1. Picasso. Ciencia y caridad

  

Analizar lo que históricamente ocurría a la mujer –cuidadora, enfermera– mientras que los hombres –científicos, sabios, médicos– producían conocimiento, me ha llevado a plantear algunas consideraciones, que si bien no son del todo novedosas, desde esta perspectiva pueden resultar interesantes.

La mujer como preservadora de la especie

El origen de la vida desde el punto de vista puramente orgánico parece ser el resultado, según la teoría del Big bang, de una gran explosión cósmica producida por la acumulación de materia del universo a una temperatura excepcionalmente elevada; que luego, al alcanzar bajas temperaturas permitió la formación de protones, neutrones y su combinación para formar núcleos atómicos. Otra de las muchas teorías es la del Universo Estacionario o principio cosmológico perfecto de Herman Bondi, Thomas Gold y Fred Hoyle, en la cual se parte de la creación continua de materia cósmica, con un complejo mecanismo autorregulador con capacidad de organizarse hasta el infinito. Mientras que S. A. Kauffman plantea que lo que ha permitido a la vida vivir, entre otras muchas, es la posibilidad que tienen los agentes autónomos moleculares (células), sistemas químicos complejos, de cruzar un umbral o transición de fase, más allá de la cual exhiben una auto reproducción colectiva, evolucionan, presentan la posibilidad de interactuar como parte de una biosfera, de un cosmos, además de su capacidad de auto organizarse.

El origen de la vida desde la perspectiva religiosa, especialmente la judeocristiana, tiene un sentido holístico en el que tanto el universo como el hombre fueron creados por un ser supremo (Dios), dotado de la capacidad para regir todos los elementos del universo material e inmaterial, infunde vida al hombre y lo crea a su imagen y semejanza, por lo que la vida y el universo entero le pertenecen. Pero justamente como Dios es el origen y el fin de cuanto pueda suceder e imaginar no admite discusión ni precisa pruebas.

Para Darwin, con su teoría evolucionista, afirma Gould, las especies son objetos naturales, no abstracciones, que mantienen todas las propiedades relevantes como son la individualidad, reproducción y herencia, lo que permite a una entidad biológica actuar como unidad de selección. Como escribe Yunis la vida que conocemos se fundamenta en el ADN, común a todos los organismos vivos, y en las proteínas, cuya construcción es ordenada por códigos genéticos, por la información contenida en el ADN.

Cualquiera de las teorías arriba mencionadas puede explicar la presencia del homo sapiens en la tierra, sin embargo, abordaré el tema en mención a partir de esta última.

Hablar de la evolución del universo en este caso, obliga a hablar de la separación de la línea de los primates antropomorfos actuales y la consiguiente evolución hacia los dos estadios de los homínidos: el prehumano y el propiamente humano (hace entre 7 y 4,4 millones de años). En este primer grupo de homínidos se encuentra el Ardipithecus ramidus, los Australopithecus y los Paranthropus. El segundo estadio evolutivo lo protagoniza el Homo (primer homo - 2,5 millones de años). En este grupo se conocen: el Homo habilis; Homo ergaster; H. erectus; H. antecesor; y el Homo sapiens, entre otros.

El siguiente paso evolutivo lo dio el Homo ergaster, poblador del este y sur de África (1,8-1,4 millones de años) cuyo rostro de nariz salida característica de los humanos, presentaba un aspecto moderno, estatura cerca de los 180 centímetros y una capacidad craneal promedio de 829 cc y 805 g de encéfalo. Se asume que el Homo para adquirir la postura erecta, modificó la estructura ósea de la pelvis lo que produjo la posición adelantada de la vagina con el subsecuente estrechamiento del canal del parto. Esta situación más la evolución del tamaño del encéfalo, posiblemente, tuvo como consecuencia la inmadurez en el desarrollo de la prole. Se cree que las crías del Homo ergaster nacían en un estado de indefensión, crecimiento lento y una dependencia para sobrevivir muy parecida a la de nuestros bebés, lo que hizo que las hembras debieran limitar sus desplazamientos y por lo tanto, la posibilidad de auto alimentarse. Todo esto motivó especialmente la pérdida de autonomía, la conformación de estructuras sociales cada vez más complejas que giraron alrededor de la colaboración entre grupos de machos y hembras, con una definición sexual de tareas, como única posibilidad para sobrevivir como especie (Figura 2).

 

Figura 2. Evolución del hombre

Al parecer esta necesidad de asignación de tareas, de toma de decisiones en comunidad favoreció el fortalecimiento de los mecanismos de comunicación y de análisis, lo que necesariamente llevó a una organización cerebral superior, secundaria a la mejora estructural del lóbulo frontal cerebral. Con el Homo ergaster y el Homo habilis es que la humanidad propiamente dicha inició su despegue. El aparato fonador, muy parecido al nuestro, con un lenguaje que debió ser muy rudimentario, permitió la formación de grupos sociales fuertemente unidos capaces de compartir recursos, alimentos, crianza de los hijos y protección de los débiles o enfermos, cuyo resultado fue sobrevivir y llevar una vida nómada. (Figura 3)

Figura 3. Cazadores

Parece que el Homo sapiens primitivo fundamentaba sus conceptualizaciones en analogías por lo que sin duda las cualidades de generación, fertilidad y protección nutricia, siempre identificando a la mujer con la tierra, en una simbiosis madre-tierra, sólo pudo endosárselas al ente femenino; ¿quién sino una hembra, no importa la especie, está capacitada para crear, para dar vida, mediante al fecundación y el parto?

¿Quién sino la mujer, cuida su prole y se encarga de satisfacer sus necesidades básicas? Ésta puede ser la razón por lo que la humanidad prosperó bajo la protección de la deidad femenina, diosa, durante un periodo de cerca de 30.000 a.C. a 3.000 a.C., como puede verse en las diferentes figuras en piedra que se han descubierto en los últimos tiempos, una de ellas muy famosa hallada en Willendorf en 1908 (la Venus de Willendorf (25.000-20.000 a.C.); otra encontrada en una cueva en Laussel (Dordogne, Francia) en 1908, conocida como la Venus de Laussel o Dama de la cuerna (23.000-20.000 a.C.), la diosa Parturienta (6.000 a.C.), la diosa Pájaro (5.000 a.C.) perteneciente a la cultura Vinca; entre muchas otras que se han encontrado y que seguramente faltan por descubrir (Figuras 4 y 5).


Figura 4. La diosa Parturienta (6.000 a.C.).
Tomada de Rodríguez P. Dios Nació Mujer.
Barcelona: Ediciones B, 1999.

 

 

Figura 5. La diosa Pájaro, (5.000 a.C.).
Tomada de Rodríguez P. Dios Nació Mujer.
Barcelona: Ediciones B, 1999.

Como plantea Rodríguez en su interesante libro Dios nació mujer, entender la aniquilación de la Diosa por el Dios, el golpe de estado del Dios contra la Diosa, nos permite comprender la dinámica histórica que llevó a la mujer a ser subyugada en todos sus aspectos por el macho. Tanto la mujer como la diosa fueron perdiendo su autonomía, importancia y poder casi al mismo tiempo. Víctimas de un entorno en el que los hombres se hicieron con el control de los medios de producción, de guerra y de cultura, convirtiéndose, por tanto, en detentadores únicos y guardianes de la propiedad privada, la paternidad y en últimas del derecho a la vida; terminando de esta manera con las sociedades matrilineales que rindieron culto a la diosa desde el Paleolítico superior y dando paso a la cultura patriarcal, con mitos y dioses diseñados no sólo a su conveniencia, sino también imagen y semejanza. Es así, como el dios masculino termina apropiándose de las cualidades generadoras y protectoras de la diosa, relegándola al papel de madre, esposa, hermana o amante del dios varón, situación que perdura hasta nuestros días.

Al igual que en los pueblos primitivos, en la antigüedad se creía que una fuerza superior, ordenadora del mundo, era la responsable de todo lo que le ocurría a ese “su mundo”. Así, escribe Prieto de Romano, los espíritus malignos eran los causantes de todas las desgracias y enfermedades posiblemente como castigo al desacato del mandato divino, lo que se cree que pudo llevar a la construcción de templos con el fin de pedir la curación de sus enfermos y espantar así las fuerzas malignas.

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