REVISTA ACADEMIA DE MEDICINA

ARTÍCULOS CIENTÍFICOS
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Comentario

Académico Dr. Fernando Sánchez Torres

El proceso de gestación humana es tan antiguo se inició, pero sí podemos presumir cómo transcurría: como algo natural. La mujer gestaba indiferente y paría de manera solitaria. Seguramente esa hembra primitiva a la hora del parto se alejaba de los suyos para aislarse y dar a luz sin nadie al lado, sola, en las orillas de los ríos o de las lagunas o, según las circunstancias, en la soledad del bosque o en la oscuridad de la caverna, padeciendo los dolores sin gritar pues –como dice el historiador Richard A. Leonard– las fieras merodeaban muchas veces a su alrededor.

Más avanzada la historia de la humanidad, es probable que cuando el parto se hacía difícil, la parturienta suplicara ayuda. Entonces alguna otra mujer acudiría a prestarla, en la forma más elemental: sirviéndole de acompañante, asistiéndola. Es de suponer también que en un momento dado alguna de esas asistentas abandonara su actitud pasiva y se atreviera a intervenir para ayudar de verdad, transformándose de esa manera en partera, personaje que iría a perdurar durante muchos siglos. En el papiro de Ebers, documento escrito que tiene una antigüedad cercana a los cuatro mil años, se registra que la atención de los partos estaba a cargo de mujeres expertas. Igual ocurría entre los antiguos griegos y romanos, y entre los hebreos, según lo relata la Tóra.

  

Llegada la era cristiana, algunos médicos se muestran versados en dificultades obstétricas. El primer comadrón o partero de verdad fue Pablo de Egina (652-690 d. C.), quien ejerció en Egipto y Asia Menor, llegando a constituirse en un oráculo en cuestiones relacionadas con la reproducción humana.

No obstante, fue solo hasta 1650 cuando oficialmente se delegó en el médico la atención del parto. Ésta, si puede llamarse conquista médica, ocurrió en el Hospital Dieu, de París. El partero entonces se transforma en protector u obstetra, aceptando que esta palabra significa “estar delante” (del latín ob delante y stare permanecer), es decir, el que permanece delante para proteger. Sin embargo, hubieron de transcurrir dos siglos más para que los obstetras se preocuparan por aliviar los dolores del parto, de ordinario intensos y prolongados. Seguramente consideraban que el dolor era un designio divino, consagrado en las sagradas escrituras: “Parirás tus hijos con dolor” (Génesis, capítulo tercero, versículo 16).

Promediando el siglo XIX, más exactamente, en 1847, un ginecólogo y obstetra de Edimburgo, James Young Simpson, utiliza por primera vez el éter en obstetricia y luego el cloroformo. En mi concepto, este hecho se constituye en algo revolucionario, como que contraría el paradigma bíblico: la ciencia terrenal se opone a los designios metafísicos, teologales. Es entonces cuando la mulier sapiens, en el momento supremo de la reproducción, se distancia de las demás especies animales, con el lunar de que esa humanización del parto se mantuvo con carácter elitista durante muchos años. Dado que el 7 de abril de 1853 la reina Victoria de Inglaterra dio a luz al príncipe Leopoldo bajo los efectos del cloroformo, esa modalidad de parto se llamó “a la reina”. Por supuesto que contadas eran las mujeres que en el mundo podían darse el lujo de parir como aquélla. Las demás seguían reproduciéndose a la manera bíblica, con estoicismo, aliviadas a veces a punta de bebidas embriagantes. Sólo se utilizaba el cloroformo cuando en el ambiente hospitalario había que practicar una de las grandes intervenciones obstétricas: versión interna, embriotomía, fórceps o cesárea.

Bien avanzado el siglo XX ocurre otro hecho trascendente en el campo obstétrico: en 1933 aparece en Londres el libro Nacimiento sin temor. Principios y práctica del parto natural, escrito por Grantly Dick Read, obra que se publicaría más tarde en español con el título de Parto sin dolor, quizás porque el autor sostenía que “el dolor es el enemigo del parto, pero no su acompañante natural”. Con su libro Read pone en circulación una nueva concepción de los fenómenos dolorosos del parto, lo que lleva a poner en práctica una nueva cultura para el nacimiento, que es su verdadero mérito. En alguna ocasión yo cuestioné la afirmación de Read de que el dolor no fuera el acompañante natural del parto; la califiqué como un sofisma, por cuanto a la luz de la fisiología y de la realidad práctica el dolor es, sin duda, su acompañante natural y también su mayor enemigo. De ahí que todos los obstetras, cumpliendo uno de los objetivos elementales de la profesión médica, buscáramos la manera de aliviarlo o suprimirlo, utilizando agentes analgésicos (como los derivados de la morfina), amnésicos (como la escopolamina) y relajantes (como la prometazina y las benzo-diacepinas). A partir de 1942, que fue cuando los norteamericanos Hingson y Edwars introdujeron la “analgesia caudal contínua”, y más tarde una modalidad suya, la anestesia “en silla de montar”, se comenzó a humanizar de verdad el proceso del parto, que tuvo su momento culminante cuando advino la anestesia peridural, o epidural lumbar.

 

En las décadas de los cincuentas y los sesentas la discusión de si el parto dolía o no dividió en dos bandos a los obstetras de todo el mundo. Los corifeos de Read quisieron hacerles creer a las parturientas que el dolor que ellas sentían no era tal, sino que era una fantasía heredada, un lastre venido de la tradición.

Se decía que como el parto era un fenómeno natural, fisiológico, tenía que ser indoloro. Por eso no eran necesarios analgésicos ni anestésicos. Para apoyar su innovadora tesis, Read decía: “La superstición, la civilización y la cultura han influido en las mujeres en el sentido de introducir en sus mentes temores y angustias justificables respecto al parto”. Y más adelante: “El Temor, la Tensión y el Dolor son tres malestares que se oponen al orden natural, que han sido introducidos en la vida de la civilización por la ignorancia de quienes han tenido en sus manos lo concerniente a los preparativos para el parto, y al parto mismo”.

Hasta donde he indagado, los primeros ensayos que se hicieron entre nosotros para aminorar las molestias del parto por medios psicofísicos se llevaron a cabo en 1937 en la Clínica de Maternidad Calvo, institución privada de Bogotá, situada en la carrera 13 entre calles 22 y 23. Allí se prodigaba la atención del parto en una sala pequeña, iluminada débilmente con una luz azulada, y tanto el obstetra como la enfermera procuraban infundir tranquilidad a la parturienta. Era lo que se llamaba “parto fácil con transfusión de confianza”, a la manera del tocólogo francés Marcel Metzger. Pero fue el académico Guillermo López Escobar quien desde 1948 se interesó por la verdadera psicoprofilaxis obstétrica, poniendo en práctica en su clientela privada las enseñanzas del inglés Read.

Fuerza es aceptar, sin embargo, que el estudio formal de los procedimientos psicosomáticos de analgesia obstétrica se inician en Colombia en 1954 por un grupo de profesores de las universidades Nacional y Javeriana, grupo en el que sobresalió el recipiendario de esta noche, Carlos Roberto Silva Mojica, pues de todos fue el más denodado defensor y divulgador del llamado “parto psicoprofiláctico”.

En 1955 durante el Primer Seminario de Educación Médica, y por iniciativa suya, entre las recomendaciones relacionadas con la cátedra de Obstetricia se acogió la siguiente: “Recalcar al estudiante y al personal docente la necesidad de la preparación psicológica, o mejor psicoprofiláctica, en su doble aspecto educativo y afectivo, para lograr la colaboración activa y apacible de la parturienta en los procesos de su parto”. En 1956 se crea, con fines de investigación, el “Equipo Médico de Estudios Psico-físicos de Analgesia Obstétrica” (EMESFAO), que mantuvo vigente el interés por el enfoque psicoso-mático de la obstetricia.

EMESFAO, liderado por Silva Mojica, fijó desde un comienzo una posición ecléctica ante la diversidad de criterios respecto a estos siste-mas, y puso en práctica un método psicoprofilác-tico integrado con elementos de las principales escuelas: la rusa de Velvosky, la francesa de Lamaze y la inglesa de Read. Vale la pena señalar que Grantly Dick Read fue el verdadero pionero de estos métodos pues sus trabajos sobre “parto sin temor” aparecieron en 1929, mientras que el método ruso fue dado a conocer 20 años más tarde. No sobra anotar que estos dos métodos son muy similares; la diferencia estriba en la interpretación neurofisiológica y psicológica de la indolorización del parto.

Puedo dar fe de las bondades que apareja la educación de la embarazada en asuntos atinentes al proceso reproductivo. La induce a tomar conciencia de lo que le ocurre durante la gestación y le permite asumir un papel activo –sin la connotación de heroicoal momento del parto. Lástima grande que hoy su vigencia se haya visto minimizada, devaluada, por el auge de la operación cesárea. En efecto, al tiempo que la teoría y consejos de Read comenzaban a divulgarse –hablo de los finales de la primera mitad del siglo pasado– en los Estados Unidos de Norteamérica un obstetra de apellido D’Esopo daba a conocer sus experiencias con la práctica de la operación cesárea: 1.000 intervenciones consecutivas sin una sola muerte materna. Esta afirmación, con el paso del tiempo, fue abriendo las compuertas para practicar con mayor liberalidad dicha operación. En la actualidad, muchos obstetras y muchas mujeres consideran que la verdadera vía del parto natural es la abdominal, no obstante que, en rigorismo histórico y fisiológico, se trate de un parto contra natura. En Bogotá, como en las más importantes ciudades de América Latina – que no ya en los Estados Unidos, donde se han venido recogiendo velas–, y menos en Europa, donde nunca se desplegaron, existen clínicas de high class donde la operación cesárea se practica con tal prodigalidad que en ellas el parto vaginal es una rareza. Se trata de la nueva obstetricia: “la de la escuela del facilismo y del elitismo”, la cual he venido cuestionando desde los puntos de vista científico y ético. Hoy día la embarazada no termina en la sala de partos sino en el quirófano, o, mejor, en el “quiroto-cófano”, si se me permite el neologismo que encuentro muy pertinente, pues significaría “el parto entregado o mostrado a la cirugía”. Siendo así, la mujer es un elemento absolutamente pasivo durante el nacimiento de sus hijos. No es necesario prepararla para el parto natural, pues éste se halla en vía de extinción entre nosotros.

 

Hace un par de meses asistí al lanzamiento del libro Curso Psicoprofiláctico. Embarazo feliz y cuidados del recién nacido, escrito por un grupo de profesionales de la Clínica David Restrepo. Menciono el hecho para significar que aún perviven las enseñanzas de los pioneros de la preparación para el parto, pero no con éste fin, sino con el de propiciar un embarazo feliz .

Al tiempo que EMESFAO comenzaba a darse a conocer, comenzaba mi vinculación con el Instituto Materno Infantil, como que allí inicié mi formación de especialista en calidad de “interno” de Clínica Obstétrica.

Fue cuando conocí de cerca al doctor Carlos Roberto Silva, quien era profesor de la materia. Me llamó la atención su interés por contribuir a aliviar los males que pueden acompañar a las embarazadas. Hacía poco, en asocio del doctor Jesús Alberto Gómez Palacino, había creado en el Instituto el Servicio de Toxemias, no solo con el propósito de atender mejor a las enfermas afectadas de esa enigmática entidad llamada “preeclampsia- eclampsia”, sino también con el de investigar acerca de ella. Dado que la psicoprofilaxis obstétrica había despertado gran interés en el ámbito obstétrico nacional, pronto se crearon sociedades y equipos de trabajo tanto en Bogotá como en otras ciudades. Bajo la dirección de Silva Mojica, EMESFAO publica en 1959 el libro Educación para el parto y en 1963 La preparación psicoprofiláctica de las embarazadas.

Si no estoy equivocado, los compromisos adquiridos en esta nueva actividad y el entusiasmo que a ella entregó, llevaron al doctor Silva a retirarse de la cátedra en 1964.

Desde entonces han transcurrido casi cuarenta años, tiempo durante el cual ha seguido dedicado al ejercicio profesional, fiel a la psicoprofilaxis obstétrica, rodeado del aprecio de pacientes, de colegas y de amigos. Si algo ha distinguido al recipiendario han sido sus dotes de caballero y su lealtad con la profesión y sus principios éticos. Por eso, tal como lo manifesté en la Sesión Administrativa donde se sometió a votación su ingreso, su advenimiento en calidad de Miembro Correspondiente de la Academia, debe ser bien recibido.

Doctor Carlos Roberto Silva Mojica: su permanencia en el seno de esta Corporación es para todos sus miembros motivo de complacencia, en especial para mí. A nombre de todos ellos le doy una cordial bienvenida.

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