Historia de la medicina 

 

Aspectos históricos de la deficiencia de yodo en América

Académico Mario Paredes Suárez*

* De la Academia Ecuatoriana de Medicina y Presidente de la Asociación Latinoamericana de Academicas Nacionales de Medicina (ALANAM), de España y Portugal.

 

 


 

Con motivo de la llamada "Reunión de Quito", organizada para valorar los avances de los Programas de Control del Bocio y Cretinismo Endémicos ejecutados en los diferentes países latinoamericanos, recibimos el libro del Profesor Hetzel en el cual el autor acuña la frase "SOS para un Billón"; allí hace un llamado a la conciencia internacional sobre el riesgo que tienen un billón de personas en el mundo de padecer deficiencia de yodo, a pesar de todas las medidas que se han hecho para solventar este problema (1).

 

Este aspecto llama la atención al considerar que la deficiencia de yodo en las comunidades mundiales, aun se halla en vigencia; lo más alarmante es que si bien es verdad en muchos países se ha logrado el acceso a fuentes de yodo por yodación de la sal u otros vehículos, aun existenÊ áreas en el mundo en las cuales la población no tiene esta oportunidad. Aparte de esto las consecuencias de la carencia de yodo, particularmente la deficiencia mental y el retraso del crecimiento y desarrollo, hacen de este panorama un escenario sombrío para millones de niños en el ámbito universal. 

 

América Latina no escapa a esta realidad, pues la carencia de yodo en su población ha tenido resultados biológicos y sociales de enorme impacto, características propias de los países de poco desarrollo económico y con sistemas frágiles que lo alimentan. 

 

Esta patología tan frecuente en América y en particular en las zonas del altiplano andino, ha sido objeto de innumerables estudios y publicaciones que han tratado de hacer una retrospectiva epidemiológica que explique las raíces y orígenes de este llamado "mal andino" y que tanto daño ha hecho a todas las comunidades de Latinoamérica. 

 

Se tiene conocimiento de un documento chino que data de cerca de 3000 años A.C. que contiene, posiblemente la primera descripción de la presencia del bocio. Así mismo el papiro de Ebers del antiguo Egipto, originario de hace 1500 años A. C., habla de las primeras operaciones de bocio y de la administración de sal yodada como una adecuada estrategia de profilaxis. 

 

La presencia de algunos aspectos de la deficiencia crónica de yodo en América, particularmente del bocio, se ha hecho evidente a través de los estudios e investigaciones de un gran numero de autores. Luis A. León en 1959 (2), en su magnifica publicación "Folklore e Historia del Bocio Endémico en la República del Ecuador", expresa: "... En la literatura medica y social del país durante la dominación española, no se encuentra mayor información acerca de la endemia bociógena; sólo en las postrimerías de dicho periodo se comienza a hablar del coto como entidad nosológica que existe en nuestra patología...". Por otro lado en sus varias publicaciones, Greenwald (3, 4, 5, 6, 7, 8), manifiesta que el bocio no existió en América antes de la llegada de los españoles, y que se hace presente a partir del siglo XVIII. Otros autores como McClendon, tienen una similar opinión al respecto.

 

Es interesante anotar la observación de que muchos investigadores como Cieza de León (9), Jorge Juan de Santasilla (10) y Antonio de Ulloa (11), La Condamine (12), el Padre Juan de Velasco (13) y Eugenio Espejo (14) no mencionen, en su extensa producción, esta entidad nosológica. 

 

Pero ya León en Ecuador, Lastres en Perú (15, 16) y posteriormente Rodrigo Fierro (17) enfatizan la palabra coto, sobre la base de toponimias quichuas, como  manifestación de la presencia de esta enfermedad; el último autor tiene la opinión de que el bocio, si bien existió en el pre-incario, no tuvo caracteres endémicos sino a partir de la época hispánica en América. 

 

Sin embargo se considera que la frecuencia del bocio en las poblaciones indígenas de varios países latinoamericanos se ha evidenciado por la presencia y permanencia del término "cotto" o "coto", para denominar por toponimia al abultamiento de la glándula tiroides. Ya en 1907, Carlos R. Tobar, y en 1933 Alejandro Mateus, analizaron este vocablo en sus excelentes revisiones de lexicografía. 

 

Así mismo, Cordero Palacio (18), uno de los últimos lexicógrafos nacionales, da una particular definición de la palabra coto e incluye en su descripción algunos versos de Luis Cordero, en relación con la representación popular de este vocablo. 

 

Fue Fray Domingo de Santo Tomás (19) en su "Léxico o vocabulario de la lengua general del Perú", quien por primera vez identifica en 1560 la palabra "coto", al relacionar este término como papera o abultamiento de la garganta. Gonzáles Holguín (20) en 1807, identifica esta palabra como "montón". El origen de este vocablo podría estar en el lenguaje quichua o cañari, como observa Rodrigo Fierro, y que se podría tratar de una expresión para identificar un tumor o agrandamiento en el cuello, expresión que se asimiló con bocio o agrandamiento de la tiroides. Dentro del análisis que algunos autores hacen de la significación del bocio en el Ecuador y de acuerdo a Luis A. León para el periodo precolombino, hace relación a dos fuentes de la lingüística aborigen; orientados la una, al significado de la palabra cotto, coto o koto, que significan bocio y, la otra, a la frecuencia con la que en la toponimia aborigen, la palabra coto se halla frecuentemente incluida en la estructura de muchos nombres y palabras nativas. Estas palabras son halladas con más frecuencia en la zona central del Ecuador que abarca desde la provincia de Pichincha hasta la de Bolívar: Cotourco (Cerro de Cotos), Cotoyacu (Agua de Cotos), lo cual hace pensar que los factores geográficos y ecológicos tenían mucho que ver en la aparición y frecuencia de la enfermedad. Asimismo, las palabras Conocoto, Cotocollao, Collacoto, Cotopaxi, dan a pensar que en esas localidades la patología tenía predominancia. 

 

Algo semejante se observa en palabras comunes en Bolivia. La frecuencia de esta patología tan extendida en muchos países de América, ha tenido repercusiones aparte de la biológica, en algunos aspectos de la vida popular de nuestros pueblos antiguos y han llevado a representar el bocio en algunas expresiones del arte, especialmente la escultura, que se halla presente con cierta frecuencia en los legados antropomorfos de algunas culturas pre-incásicas y de la época colonial.

 

Motivo de confusión y controversia es aquel que  se relaciona con la escasa herencia, en lo relacionado con las representaciones de cerámica del periodo preincásico, que nos muestre las varias manifestaciones de la entidad nosológica, por la mera razón del relativamente escaso cultivo del arte de la cerámica antropomorfa que los pueblos primitivos de la sierra andina desarrollaron. 

 

A pesar de que resulta evidente lo significativo de estas muestras, en el análisis de una de ellas, una escultura antropomorfa tallada en piedra descubierta en el valle de Guayllabamba y perteneciente a la tribu de los indios Colorados-, Rodrigo Fierro pone en tela de juicio la real representatividad biológica que esta expresión artística primitiva pueda tener. 

 

A este criterio se suma el de Greenwald, quien puntualiza que esta representación arqueológica nativa carece de rigor científico. Adicionalmente, otros investigadores han manifestado que la arqueología andina "no nos ha aportado datos que pudieran servirnos en el estudio de la antigüedad del mal" (León); "... es rara la representación del bocio en la cerámica" (Lastres), o como expresa Valdizán "... la alfarería sólo estuvo desarrollada en las principales poblaciones del imperio incásico, y es casi seguro que en las tribus .... en donde se hallaban ubicadas las zonas bociosas, alejadas de las rutas comerciales, no existieron estos artistas...". 

 

De todos estos hechos, cabe deducir que si bien es verdad que el bocio, como entidad nosológica se hallaba presente en la época del incario, su frecuencia no representaba una verdadera endemia y su importancia no fue como la que posteriormente se evidenció. 

 

Algo similar podemos indicar en lo relacionado con las alteraciones asociadas a este mal andino, particularmente el cretinismo y la deficiencia mental descrita por algunos autores.

 

Es interesante recordar la repercusión que la observación de la relativa frecuencia de nativos con deficiencia mental, tuvo sobre actitudes que en ese momento fueron consideradas como de gran beneficio para las comunidades andinas. Esto tiene relación con una bula papal, emitida en 1537 por el Papa Pablo III y que tenía su origen en el criterio de Saint Lager (21) que manifestaba "... los indios de la alta meseta peruana estaban tan degenerados que los misioneros rehusaban administrarles los sacramentos...". Las Casas (22), en el año mencionado obtuvo esta bula papal a través de la cual se declaraba que "... los indios eran realmente seres humanos y que, por lo tanto, debían recibir los sacramentos...". En 1918, Crotti (23) refiere que "... los primeros exploradores de Nueva Granada quedaron anonadados al encontrar los bancos del Río Magdalena habitados por una raza de salvajes estúpidos los cuales pasaban el día durmiendo...". Con posterioridad, Carlos Monge (24) en 1920, manifiesta que "... los indios portadores de bocio del altiplano peruano estaban tan degenerados que fue preciso la intervención de Las Casas y de una bula papal para que los misioneros los consideraran como hombres y consintieran en ser evangelizados...". Años después Lorente y Flores (25), repiten textualmente lo manifestado por Monge. 

 

 

 

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