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REVISTA DE MEDICINA
Medicina Radiodiagnóstico Física de los Rayos X - Aparatos Lección inaugural
Profesor Gonzalo Esguerra G.
La directiva de la Facultad de Medicina, con muy buen criterio, ha querido restablecer en el pensum de estudios el curso de Radiología, que existió en el año de 1928 y desapareció algún tiempo después. Pero esa directiva, con clara visión del momento científico que corresponde al año de 1934, no quiso que esa enseñanza fuera secundaria y satélite de los estudios de patología quirúrgica, como sucedía anteriormente, sino que en esta ocasión la ha elevado a una categoría más noble, debidamente adecuada a lo que exige su importancia y a la caracterización; y para mayor abundamiento, la ha dividido en dos secciones: la una, para la cual he sido inmerecidamente nombrado, se encargará de todo lo relacionado con el diagnóstico de las enfermedades por medio de los Rayos X; y la otra, para la cual ha sido nombrado el doctor Aquilino Soto, distinguido colega, conocedor profundo de la rama de la radiología y cuyo nombre es suficientemente reputado en los hospitales de Paris, en donde trabajó durante varios años, se encargará de la electrología y del tratamiento por medio de los Rayos X.
Ha sido muy satisfactorio para mí que el Consejo Directivo hubiera solicitado el envío de los títulos y trabajos científicos de los aspirantes al profesorado, porque este procedimiento es, sin duda ninguna, muy superior al que se empleaba hasta hace algunos años para los nombramientos en la Facultad de Medicina, y porque considero que es éste el primer paso que se da hacia la carrera del profesorado. Lamento, eso sí, que no se hubiera ido un poco más allá, porque con el mismo entusiasmo que envié mis publicaciones y títulos científicos, me hubiera presentado a un concurso en el cual tuviera que competir en franca lid con mis compañeros de oposición.
La creación de nuevas cátedras en la Facultad de Medicina prueba es del gran dinamismo y de los generosos esfuerzos que en favor de ella realiza su actual rector, doctor Jaime Jaramillo, eficazmente secundado por los señores Miembros del Consejo Directivo, doctores Cuéllar Durán, Uribe, Acosta y Almánzar. A todos y a cada uno de ellos quiero manifestarles mi más profundo y espontáneo agradecimiento por la honrosa designación que me hicieron.
El hecho de figurar desde hoy en la lista de los profesores de la Facultad de Medicina, cuyos nombres son orgullo de la ciencia médica nacional, me llena de satisfacción y de entusiasmo.
Debiera comenzar, como es de costumbre, por hacer la apología de mi antecesor en esta cátedra; pero como la ciencia de la Radiología es tan reciente que todo su progreso se ha llevado a cabo exclusivamente en el siglo en que vivimos, esto explica el que no haya lugar a lamentar hoy la desaparición de uno de nuestros maestros.
Pero en cambio, me parece justo recordar en esta ocasión a dos colegas muy distinguidos, con quienes me ligan vínculos de amistad y de cariño, por haber sido ellos los iniciadores del radiodiagnóstico en la ciudad de Bogotá; me refiero a los doctores Isaac Rodríguez y Germán Reyes. Con una fe y un entusiasmo que los honra; venciendo numerosas dificultades, y en un momento en que la técnica radiológica no había alcanzado la perfección que hoy tiene, los doctores Reyes y Rodríguez instalaron y pusieron en servicio los primeros aparatos de Rayos X en la ciudad de Bogotá. Hasta ellos quiero hacer llegar en este día un recuerdo cariñoso de admiración y simpatía. y mal podría olvidar a quien fue mi maestro e iniciador en estos estudios: muchos de ustedes recordarán, en el año 1920, al profesor André J. Richard, profundo clínico, conocedor como el que más de la ciencia de la radiología, insigne maestro y grande organizador, que puso al servicio el Laboratorio de Rayos X del Hospital de San Juan de Dios; y al profesor Martín Weiser, que hasta hace pocos años nos acompañó en esta ciudad; caballero a carta cabal, para quien la ciencia de los Rayos X no tenía secretos, y amigo inmejorable. A estos dos maestros Richard y Weiser, que vinieron de tierras lejanas y abandonaron sus familias para organizar el Laboratorio del Hospital de San Juan de Dios, para guiamos con sus consejos y para ilustramos con sus sabias enseñanzas, les deberemos siempre un profundo reconocimiento.
y la ciencia de la radiología es tan reciente, que si nos remontamos al Siglo XVIII no encontramos ni el menor indicio de lo que estaba llamado a ser este famoso descubrimiento. En aquella época el abate Nollet admiraba a sus espectadores con las famosas experiencias, en que hacía pasar una corriente eléctrica a través de un tubo en el cual había hecho el vacío, para producir fenómenos luminosos en su interior. Estos experimentos se venían efectuando en la misma época en que el famoso adivino Cagliostro se decía conocedor del pasado y para quien -según se aseguraba- el porvenir no guardaba secretos. Y como nos dice sabiamente el profesor Antaine Béclere, si esto hubiera sido cierto y Caliostro hubiera predicho el descubrimiento de los Rayos X, como consecuencia de las famosas experiencias del abate Nollet, 10 habrían tenido por un loco. Supongamos por un momento, dice Béclere, que Cagliostro hubiese escrito: "Este tubo tiene en potencia un descubrimiento más maravilloso que el descubrimiento del Nuevo Mundo. De ese tubo, y antes de terminar el siglo próximo, saldrá una luz invisible para la cual no habrá nada oculto y que hará de nuestra envoltura corporal el más transparente de los velos. Sobre una pantalla mágica hará aparecer, en sombras que se mueven, nuestros órganos más profundos; mostrará su constitución íntima y descubrirá los desórdenes producidos por las enfermedades. Sobre una placa de vidrio, sobre una hoja de papel, fijará en un instante esas imágenes fugitivas con más perfección que 10 que pudiera hacer el lápiz del mejor de los artistas. Maravilla aún mayor, esta luz invisible será también un fuego invisible y destructor: penetrará hasta nuestros órganos más profundos y, sin destruirlos, destruirá las producciones anormales que amenazan la salud y ponen en peligro la vida. Y en fin, maravilla de las maravillas, algunos granos de una materia nueva, extraída de las entrañas de la tierra y sabiamente quintaesenciada, se volverán otros tantos soles, infinitamente pequeños y poderosos, que, espontáneamente y durante siglos, sin acabarse, emitirán con una fuerza extraordinaria esta luz y este fuego invisible". Evidentemente, al hablar así Cagliostro, lo habrían tenido por un loco.
y poco tiempo después -remontémonos al año de 1845-, en la ciudad de Lennep, en Alemania, en el bajo Rhin, en donde vivía un matrimonio patriarcal: Guillermo Federico Roentgen se llamaba él; Carlota Constanza Frowein se llamaba ella. De este matrimonio nació el 27 de marzo de 1845, Guillermo Conrado Roentgen el futuro descubridor de los Rayos X. El padre de Roentgen era originario de Lennep, de familia muy conocida en la localidad, y casi todos sus antepasados se habían dedicado al comercio. La familia Frowein, radicada entonces en esa ciudad, tenía como ascendientes a holandeses e italianos. Llama la atención el hecho singular de que de estas dos familias, que siempre habían sido muy numerosas, al reunirse, tuvieran un solo descendiente: el descubridor de los Rayos X. Parece como si los atributos de ambas estirpes se hubieran aunado para lograr el nacimiento de un ser excepcional y único, poseedor de todas sus cualidades, y capaz de hacer tan portentoso invento y aún más, esa conjunción, esa suma de atributos llegó al punto culminante de la potencialidad, de tal manera que la familia de los Roentgen se extinguió con él: Guillermo Camada Roentgen no tuvo hijos.
Como sucede con muchos de los grandes sabios, en los primeros años de su vida Roentgen prefirió salir al campo a gozar de la naturaleza, que encerrarse en el recinto de una escuela. Y muy niño aún sufrió uno de sus primeros fracasos en los estudios, pero fracaso que al mismo tiempo puso de manifiesto una de sus grandes cualidades: por una tontería cualquiera fue reprendido en la escuela de Utrecht y como no quiso revelar el nombre de sus compañeros en ella, tuvo que abandonar el colegio. Continuó sus estudios en la ciudad de Apeldoorn, hasta terminar 10 que hoy llamaríamos el bachillerato, y entonces vino el segundo fracaso: era necesario, para ingresar a la Universidad de Utrecht, presentar un examen, y en esta prueba fue detenido. Sabedor entonces de que en la Facultad de Zurich recibían a los alumnos sin llenar la formalidad del examen preliminar, pasó a esa ciudad, en donde comienza la carrera científica del sabio profesor. Desde el primer año el doctor Kundt, profesor de la cátedra de física, lo distinguió sobre manera, y desde ese instante fue para siempre su asiduo, decidido y entusiasta colaborador.
Kundt fue promovido a la cátedra de fisica de la Universidad de Wusburg, y allí fue con Roentgen, pero desgraciadamente cuando quiso hacerse agregado, no pudo conseguirlo porque no tenía el certificado de examen para ingreso a la Universidad. Afortunadamente Kundt pasó como catedrático a Estrasburgo, y en esta ciudad obtuvo Roentgen el título de agregado y después el de catedrático de la clase de física teórica. Por último fue enviado a Diessen como profesor de física de la Universidad. En la ciudad de Diessen pasó los mejores años de su vida; allí fue conocido ampliamente en el mundo científico por sus investigaciones en las ciencias físicas, y en dicha ciudad reposan sus restos mortales. De allí fue llamado –icómo sería ya entonces su personalidad científica!- a regentar la clase de física de la misma Universidad de Wusburg, que en época anterior le había negado el título de agregado. Y allí lo encontramos el8 de noviembre de 1895, fecha memorable del descubrimiento. Trabajaba en su laboratorio con una variedad de aquel famoso tubo del abate Nollet, con las modificaciones introducidas por Geissler y Crookes, y observó esa tarde que una pantalla con cristales de platino-cianuro de bario que tenía sobre la mesa se iluminaba cuando estaba trabajando el tubo al vacío, al paso de la corriente eléctrica. Desde ese momento comprendió lo que acababa de encontrar; y aun cuando se ha dicho que fue simplemente obra del acaso, yo me pregunto: ¿por qué razón esas casualidades milagrosas suelen acudir exclusivamente en ayuda de los grandes investigadores a la hora de los descubrimientos? y además: ¿por qué motivo Roentgen apreció el fenómeno sin que ninguno de cuantos lo rodeaban, como sus jefes de laboratorio, ayudantes, internos, sirvientes, pudieran darse cuenta del hallazgo? En ese instante suspendió el funcionamiento del tubo, y temiendo que alguno de sus colaboradores pudiera ser después el feliz explotador de su descubrimiento, esperó la salida de todos para continuar sus investigaciones. Y a pesar de todo, se conserva todavía una carta de Roentgen a un pariente de su esposa, en la cual le dice que le han vuelto a repetir que su invento fue hecho por uno de los sirvientes, y que él francamente no comprende quién pudo inventar calumnia tan vil. Repitió entonces el experimento, pero para mayor seguridad del fenómeno, cubrió el tubo con unos papeles negros y dejó el cuarto en una oscuridad completa. No había duda que de ese tubo salían unos rayos desconocidos que hacían fluorescente la pantalla de platino-cianuro de bario. Interpuso en ese momento su mano entre el tubo y la pantalla y tuvo la sorpresa inmensa de ver la imagen de sus huesos reflejada en ella. El descubrimiento de esas radiaciones desconocidas estaba hecho; y justamente, por ignorar su naturaleza, las llamó Rayos X. Durante más de quince días y quince noches, absolutamente solo y sin confiarle a nadie su secreto, trabajó el profesor Roentgen en su laboratorio estudiando las características de las nuevas radiaciones. Y sus resultados fueron tan científicos, que las conclusiones a que llegó en su primera comunicación sobre "una nueva clase de rayos", fueron tan ciertas entonces como lo son hoy. La primera en tener noticia del descubrimiento fue su esposa: una noche Conrado llegó muy tarde a comer, y como ella lo notara preocupado y pensativo, inquirió sobre la causa de ese cambio. Roentgen, después de un rato de meditación, la llevó consigo hasta el laboratorio, que quedaba en la misma casa de habitación, en donde los ojos admirados de su esposa fueron testigos del hallazgo portentoso. En ese momento reemplazó la pantalla fluorescente por una placa fotográfica, en donde logró obtener una imagen semejante de los huesos de la mano de su esposa. Esta primera radiografia tomada a su mujer tiene un valor histórico indudable y por esto se conserva cariñosamente en el Museo de Viena. Roentgen hubiera querido desde ese momento hacer su comunicación científica en la Universidad de Wusburg, pero como en aquella época se encontraban todos en vacaciones, fue necesario aplazarla para el mes de enero de 1896. |
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