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REVISTA DE MEDICINA
Obituario
Académico Dr. Juan Di Domenico Di Ruggiero*
Académico Dr. Zoilo Cuéllar-Montoya
En mi consultorio, la última vez que controlé sus ojos, sentí en mi corazón de médico que el querido Profesor, tras la muerte de su hermana, se había abandonado a su destino: sus ojos ya no tenían esa mirada inquisidora y atenta de siempre; se hallaban perdidos en un infinito permanente y lejano, y ese brillo habitual y chispeante de sus ojos azules, fuerza contagiosa que les imprimía su voluntad inquebrantable de vivir, que se magnificó con los primeros golpes que recibió de la enfermedad que lo redujo a una silla de ruedas, ya no existía: por esta razón, esa misma mañana, llamé a Claudio y le transmití mis inquietudes; la que había sido su decisión admirable –envidiable, yo diría- de sobreponerse a la adversidad, esa mañana comprendí que se quebraba. Qué magnífico ejemplo de fortaleza, de carácter y de dominio de sí mismo el que dejó en nosotros, sus discípulos de siempre, pero el querido paciente ya no regresó más a mi consulta.
En sus numerosas visitas a la Academia, ya en silla de ruedas, su augusta presencia, su figura procera, llenaba de dignidad y de sapiencia el auditorio. No olvidaré con qué fuerza anhelaba –y me lo repetía cada vez que nos veíamos-, que se le otorgara una sesión para hablar de la educación continua, uno de sus temas favoritos: con que firmeza me solicitaba que se la programase. En mi cabeza, y en mi corazón, bullen los recuerdos y el agradecimiento por sus enseñanzas de siempre, por su disciplina, por su nítida visión de experto preceptor, que siempre le permitió acertar al aconsejarnos lo que más nos convenía a cada uno de nosotros, sus discípulos.
* Palabras pronunciadas en el entierro del Profesor Juan Didomenico Di Ruggiero. Bogotá, Iglesia de La Inmaculada Concepción del Chicó
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