|Domingo, septiembre 21, 2014

El Salvarsán y las Sulfas  

Alfredo Jacome Roca, MD
Academia Nacional de Medicina

Paul Ehrlich (1854-1915) fue un eminente investigador alemán, nacido en Prusia oriental que actualmente es territorio polaco. Fue él un médico muy bien entrenado en la clínica, pero que decidió dedicarse a la investigación, particularmente en inmunologìa. Asociado con Behring y luego con Koch (con quien desarrolló la primera prueba directa de la existencia de micobacterias sobre la base de la resistencia ácida de estas bacterias), identificó antitoxinas diftéricas y las produjo para uso terapéutico. Inicialmente trabajó con el uso de colorantes en histología, y en su tesis de grado se incluía el descubrimiento de los mastocitos. Hizo contribuciones importantes en el campo de las enfermedades hematológicas y estudió la coloración vital con el azul de metileno.

Durante su investigación sobre el efecto de la antitoxina diftérica, Ehrlich descubrió que los efectos venenosos de las toxinas sobre el organismo no actuaban de manera paralela con la capacidad de fijación por las antitoxinas. Así nació el primer concepto inmunológico consistente, el de la reacción complementaria de fijación o la teoría de las cadenas colaterales. Posteriormente, trabajando en el Instituto de Enfermedades Infecciosas (actualmente Instituto Koch), trabajó en la extracción del suero diftérico, en la determinación de su concentración y valencia y desarrolló una unidad de medida que tuvo reconocimiento internacional. Principalmente por estos hallazgos recibió el Nóbel de
Medicina en 1908.

Cuatro años antes de este particular reconocimiento, y después de algún tiempo de investigar en cáncer, pasó a estudiar la quimioterapia experimental de las tripanosomiasis. Buscando la cura para “la enfermedad del sueño”, encontró un compuesto arsenical que funcionaba, pero que era muy fuerte ( a pesar de que llevaba el nombre de “Atoxil”) pues el arsénico es venenoso. Buscando “la bala mágica” que matara al germen mas no al enfermo, después de haber ensayado en ratones más de 900 compuestos, Ehrlich y su asistente Sahachiro Hata (1873-1938) encontraron el # 606 (que denominó “Salvarsán”); este medicamento no servía para la enfermedad del sueño pero si funcionaba para matar el Treponema pallidum, causante de la sífilis. En tres semanas curaron la enfermedad en diferentes tipos de animales, sin que muriera ninguno de ellos, así que el producto empezó a fabricarse en forma industrial por Hoechst y a ser comercializado para uso general. Posteriormente aparecería el “Neosalvarsán”(compuesto # 914), mejor tolerado. Alexander Fleming se interesó en este producto y lo utilizó en Inglaterra en su forma intravenosa, antes de descubrir la verdadera “bala mágica” de la penicilina que fuera de inmensa utilidad, no sólo en el tratamiento de la sífilis sino en el de muchas otras enfermedades infecciosas.

Cuando este alemán nacido en Silesia se dedicó a la investigación en quimioteràpicos, lo hizo basado en la idea, implícita en su tesis de grado, de que la constitución química de las drogas que se usaran debía estudiarse en relación con su modo de acción y su afinidad por las células de los organismos contra las que estas se dirigían. Estas serían “balas mágicas”, al estilo de las antitoxinas que atacan las toxinas. Sería un efecto al estilo de la llave que encaja en la cerradura. Aunque Ehrlich no habló de receptores, su idea dio la base para su descubrimiento y para el desarrollo años más tarde de los anticuerpos monoclonales, que constituyen el 90% de las más de 200 proteínas que se ensayan clínicamente.

La importancia de Ehrlich estuvo en que con paciencia y método, inició la nueva era de la quimioterapia para las enfermedades, así el Salvarsán hubiese sido utilizado por sólo unos pocos años, antes de ser ventajosamente sustituido por la penicilina de Fleming, Florey y Chain. Habría entonces forma de luchar exitosamente contra la “fiebre purulenta”.

Continuando las investigaciones con azocolorantes, en 1932 Gerhard Domagk (1895-1964) , quien trabajaba para la Bayer (perteneciente al consorcio alemán I.G. Farbenindustrie, posteriormente Hoechst) descubrió uno que contenía un grupo sulfonamida y que se llamó “Prontosil”. Siguió él los postulados de Koch para investigar – al igual que lo hizo Ehrlich-, los efectos terapéuticos de diversas sustancias químicas, encontrando que ese colorante, el rojo prontosil, tenía acción bactericida contra los estreptococos. Fue esta la primera de las sulfas que tendría efecto antibacteriano contra estos y otros gérmenes, como los causantes de meningitis y enfermedades venéreas. Autor de libros sobre la patología y quimioterapia de las enfermedades infecciosas, le fue otorgado en Nóbel de 1938. Posteriormente aparecieron otras sulfas solubles en orina (como la sulfadiazina) de baja toxicidad renal, y más adelante algunas más que tuvieron notoriedad durante varios años y de las cuales sólo se utiliza ampliamente el sulfametoxazol en combinación con el trimetoprim. De las 2,4 diaminopirimidinas sintetizadas para detectar su actividad antimicrobiana, la antipalúdica pirimetamina y el mencionado trimetoprim son las aún se usan en terapéutica.

El entusiasmo despertado por la sulfas fue más bien efímero, ya que producían problemas alérgicos severos y la introducción de la penicilina ocurrió pocos años después. Las sulfas fueron eficaces en reducir la mortalidad de muchas infecciones, pero –como es típico en Colombia- compraron en Bogotá tanto sulfatiazol que cuando fue ventajosamente sustituido, en las bodegas quedaron decenas de miles de tabletas sin utilizar.

Podríamos decir que esta fue la era pre-antibiótica, unos años en los cuales la lucha contra las infecciones mortales empezó a ver una luz al final del túnel.

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