|Jueves, octubre 2, 2014

La Quina Vino de América  

Alfredo Jacome Roca, MD
Academia Nacional de Medicina

Los indígenas americanos habían hecho descubrimientos prehistóricos de las propiedades de algunas drogas, que en algunos casos eran adictivas como el tabaco y la cocaína, y en otras eran además alucinógenas como la mezcalina, que provenía de un cactus. De estas drogas adictivas no nos ocuparemos aquí, para concentrarnos en la quina.

El árbol de la quina (cinchona) crece agreste en las selvas sub-andinas: los indígenas la llamaban quinquina (la corteza de las cortezas). Conscientes del futuro de sus plantaciones, el gobierno peruano por ejemplo prohibió su exportación, particularmente porque cuando la quina realmente ganó aceptación en Europa, la deforestación resultante acabó con 25.000 árboles anuales; en 1839, William Hooker propuso cortar totalmente los árboles de quina, en vez de quitarle simplemente la corteza, pues de la última manera el árbol era víctima de los insectos, mientras que al cortar y cultivar nuevamente, otro árbol estaba listo en seis años. Luego se comprobó que estos nuevos árboles tenían una mayor concentración de los alcaloides de la quina. Todas estas deforestaciones han aumentado el calentamiento global, lo que ha favorecido la diseminación del paludismo, mientras los hemoparàsitos se hicieron resistentes.

Pero tal como ahora vemos con el tráfico de narcóticos, negocio es negocio, y el gobierno holandés se consiguió una libra de semillas de cinchona sacadas de Bolivia de contrabando: pagó por ello 20 dólares en 1865. Estas fueron sembradas en la isla de Java, donde obtuvieron 12.000 árboles de alta potencia y se desarrollaron grandes plantaciones, por lo que dominaron el 97% del mercado hasta antes de la segunda guerra mundial. Gracias a la quinina, los europeos pudieron colonizar los trópicos, e incluso importar mano de obra barata procedente de India y China, para el manejo de plantaciones y minas; y también gracias a este antimalàrico fue posible construir el Canal de Panamá. Lo cual muestra el enorme impacto macroeconómico que esto logró, y lo bueno y rentable que para la humanidad sería encontrar una vacuna que redujera la incidencia de esta mortal enfermedad.

Muchos han sostenido que los remedios para las patologías de los seres vivos se encuentran en la misma naturaleza. Y la historia de la milagrosa corteza del “árbol de la fiebre”, como lo llamaban en la tierra de Loxa y la describe el monje agustino Calancha en Lima, pareciera confirmarlo. Lo interesante es que aunque hoy conocemos a la malaria como una enfermedad tropical y en realidad se originó en el África, en aquellas épocas de la Edad Moderna era una patología que diezmaba sin remedio a los europeos, mas no existía en los Andes. Es algo parecido a la historia de la sífilis, que la habían dejado los franceses en Nápoles, y allí contagió a los españoles y quizá de esta forma vino a América, aunque sobre este tema hay varias hipótesis. El polvo color canela de la corteza de la quina, tomada como bebida, cambió la historia del tratamiento de las fiebres palúdicas.

historiamedicament24La corteza de la quina fue llevada a Europa donde se utilizaba para el tratamiento de las fiebres en general y para el manejo de la malaria en particular (www.ihm.nlm.nih.gov ). Doscientos años más tarde dos químicos franceses –Joseph Caventou (1795-1877) y Pierre Pelletier (1788-1842)-, aislaron la quinina de esta corteza. Una leyenda al respecto dice que la esposa del Virrey del Perú, el Conde de Chinchon, fue curada en 1638 de una malaria con fiebre terciana gracias a que un indio le administró corteza de quina. Agradecida, la condesa (cuyo nombre era Francisca Henríquez de Ribera), distribuyó la corteza a otros pacientes en Lima y alertó a los españoles sobre la posible utilidad de la planta en el tratamiento de la malaria. Definitivamente hay un error histórico en cuanto a la esposa de este Conde, ya que la primera (¿Ana de Osorio?) se dice que murió en España antes de su viaje al Perú, y la segunda esposa, que sí lo acompaño a América, gozó de muy buena salud; no tuvo pues que acudir al uso de la corteza de quina, y además, jamás regresó a España pues cuando viajaba de regreso a la península, falleció en Cartagena en 1641. Pero de allí resultó que por un tiempo esta medicina fue denominada “los polvos de la condesa”.

El famoso naturalista Carl von Linnè o Linneo (1707-1778) fue el que bautizó Cinchona al árbol, aunque por accidente, pues ha debido en realidad llamarse Chinchona. Otros dicen que el término se originó del inca “kinia”.

Los jesuitas y el Vaticano mismo resultaron muy importantes para la promoción de la quina; los jesuitas a menudo la regalaron, los comerciantes la vendieron y los reyes de España lo obsequiaron a los poderosos de la tierra, pues el paludismo no respetaba la posición social. Un jesuita, el Cardenal y filósofo Juan de Lugo la dio a conocer al médico del Papa Inocencio X, gustó mucho allá y más tarde consiguió no sólo el respaldo de la Iglesia, sino que apareció una Cédula Romana con instrucciones para su uso. Por esto la droga se llamó “Corteza de los jesuitas” o “del Cardenal”. Pero en muchas regiones esto fue contraproducente, porque las prevalentes teorías de Galeno sostenían que la “fiebre de los pantanos”era una enfermedad de los humores que se debía limpiar con sangrías o con eméticos que junto con las purgas, los diaforéticos y los vesicatorios se denominaban “terapias de agotamiento”. Además la quina se usó en toda clase de fiebres incluso las no palúdicas, por lo que a menudo resultaba ineficaz; y otra, porque en regiones no partidarias de Roma como en Inglaterra, pensaban que se trataba de un complot papal. Cromwell por ejemplo prefirió morir de malaria, antes de ingerir el “ polvo del demonio”. Sin embargo fue en la Farmacopea londinense donde se hizo reconocimiento por primera vez a la quina, poniéndola en la lista como “Cortex peruana”.

Y fue allí donde ganó renombre, de la forma más curiosa posible. El boticario y charlatán Robert Talbor – autodenominado “fiebròlogo”-, la usó como remedio secreto (finales del XVII) y con ella curó al rey Carlos II. En público sin embargo, Talbor condenaba el uso de estos polvos de quina, pero luego vendió los derechos de su remedio secreto a Luis XIV de Francia para el tratamiento de su hijo enfermo; cuando después de la muerte de Talbor se analizaron los polvos, resultaron ser de Cinchona.

La verdad es que a Europa la quina llegó procedente del Perú, pero el trasplante del árbol a Java convirtió al Asia en el origen de las importaciones, mientras aparecieron los productos sintéticos que reemplazaron a la quinina.

El uso de los alcaloides de la quina mejoró la actividad terapéutica. Y se observó también que los pacientes malàricos con fibrilación auricular mejoraban con la quinina, y mucho más aún toda clase de pacientes con la fibrilación mejoraban por la quinidina, que fue preparada por el propio Pasteur. Carl Friedrich Wenckebach (el del bloqueo aurìculo-ventricular de segundo grado) fue uno de los que usó la quinina para esta indicación (1914), que luego fue reemplazada por la quinidina. Como residente de medicina interna en los sesenta, muchas veces hube de “quinidinizar” pacientes con esta arritmia cardiaca. Algo parecido a “digitalizar” insuficientes cardiacos o“colchicinizar” enfermos con ataque agudo de Gota; es decir, que la máxima eficacia comenzaba con los primeros signos de intoxicación.

El polvo de la corteza alcanzaba valores de su peso en oro en la época en que este escaseaba, y esto se convirtió en verdadero problema durante las guerras europeas, pues esta Isla de Java y Sri Lanka eran más bien inaccesibles, lo cual se volvió peor cuando los japoneses ocuparon Java y Malasia. En Colombia hubo a comienzos del siglo XX, plantaciones de quina en el Magdalena Medio que producían buenos réditos de exportación, mientras que la quinina era ampliamente usada en esas mismas zonas que eran palúdicas.

La historia de la quinina no terminó allí. El interés por sintetizar quinina llevó al joven químico William Perkins a descubrir por arte de casualidad o “serendipity”, la malva púrpura, que se convirtió en el primer colorante anilìnico. No sólo de allí nacieron las importantes industrias europeas de colorantes (particularmente las suizas, como Geigy) sino también su uso en histopatologìa y microbiología, que llevó a Paul Ehrlich, descubridor del “Salvarsán” o arsénico salvador para la lùes, a encontrar que el azul de metileno por ejemplo, tenía una débil actividad plasmodicida; más tarde se encontró que al sustituir un grupo N-metilo por otro aminodialquìlico, aparecieron las 8-aminoquinolinas con efecto antipalúdico, dentro de ellas, la primaquina como la más usada. Y también hizo que la industria alemana de colorantes investigara la posibilidad de generar antibióticos de allí, lo que llevó al descubrimiento de las sulfas en 1935 por Gerhard Domagk.

El descubrimiento de nuevas drogas en las Indias occidentales (y en las orientales), hizo que el clásico texto botánico de Dioscòrides debiese ser actualizado, lo que logró exitosamente en el siglo XVI Pietro Andrea Mattioli (1501-1577), de Siena, tratado sobre fármacos en italiano que alcanzó numerosas ediciones sucesivamente actualizadas con la incorporación de nuevas plantas medicinales. La Flora de las nuevas tierras es divulgada por el portugués García Da Orta (1501-1568) en su “Coloquio de las simples”, quien da pie para que Acosta escriba el “Tratado de las drogas y medicinas de las Indias Orientales” y el sevillano Monardes, que destaca las cosas útiles para la medicina que se traen de aquellas Indias.

El material farmacológico más abundante es traído de México por Francisco Hernández (1514-1578) quien herborizó durante siete años y luego llevó numerosos manuscritos y centenares de dibujos al Escorial, donde fue depositado, sufriendo numerosas vicisitudes, ya que el Escorial sufrió un incendio, los manuscritos originales o publicados parcialmente hasta que en 1961 se hizo honor a este gran trabajo, con la publicación en tres volúmenes de la “Historia Natural de la Nueva España”, con material sobre plantas, minerales y animales. Hernández fue médico de cámara del rey Felipe II, y tradujo al castellano los veinticinco tomos de la “Historia Natural” de Plinio, al que le añadió numerosas notas que firmó como “El intérprete”.

Otros que escribieron sobre estas nuevas plantas americanas fueron el agustino Farfán y el Badiano, con su “Manuscrito”, que incluyó 183 nuevas plantas. En un pequeño listado, el médico e historiador Juan Mendoza-Vega incluye “el palo de guayaco (para la sífilis), el bálsamo del Perú y el de Tolú, la zarzaparrilla, el sasafrás, la jalapa, la ratania, la angostura, la ipecacuana… ”. Que por muchos años mantuvieron un arsenal terapéutico a la mano de los practicantes generales.

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