|Martes, octubre 21, 2014

El Padre de la Medicina  

Alfredo Jacome Roca, MD
Academia Nacional de Medicina

Cuando hablamos de historia pensamos en Grecia; y si esta historia es del arte de curar, de inmediato viene a la mente el nombre de Hipócrates, denominado el “Padre de la Medicina”. Aunque este clínico que nació en la Isla de Cos cuatrocientos sesenta años antes de Cristo (durante el extraordinario siglo de Pericles o siglo de oro de Grecia), fue un notable médico –mencionado dos veces por Platón- tiene además el enorme mérito de haber transformado la medicina mágica en científica. Se dice que fue descendiente de Asclepios, llamado Esculapio por los romanos, o quizá del gremio de los asclepìades, clase sacerdotal dedicada al arte de curar. Pero la práctica del médico de Cos dista mucho de la ejercida por los asclepiades de esa misma isla.

Su obra se ha llamado “Colección” o “Tratados Hipocráticos” (Corpus hippocraticum); fue escrita más que por él, por sus contemporáneos, aunque ciertamente en sus enseñanzas se inspiraron todos los libros. La producción de estos escritos se hizo por varias personas de diferentes regiones, a lo largo de unos dos siglos (V y IV A.C.). Son cerca de 60 tratados, 53 si se usan los criterios más estrictos; unos mas conocidos que otros, son por regla general ignorados por el médico promedio de hoy en día.

La Grecia de los orígenes recibió como es lógico el conocimiento de los antiguos egipcios, de los hindúes, hasta de los persas y babilonios. De todos es sabido que las leyendas griegas hablan de dioses y semidioses, y que estos últimos probablemente existieron en la vida real, así no hubiesen realizado las hazañas que el mito les asigna. Zeus era sin duda el dios más importante del Olimpo, y respecto a la salud debemos referirnos a Apolo. Este dios, hijo de Zeus, nació en la isla de Delos y luego se trasladó a Delfos, donde venció a un terrible monstruo que allí habitaba. En Delfos hay un sitio que se llamaba el “oráculo”, donde sacerdotisas daban consejos muy bien pagos pero de una vaguedad tal que, no importa cual fuera el resultado, terminaban teniendo la razón.

Apolo le enseñó el arte de curar a Quirón el centauro, quien a su vez instruyó a Jasón, a Aquiles y al semidiós Asclepios (Esculapio); a este último el mito lo declara hijo de Apolo y padre de Higeia (diosa de la salud) y Panacea (diosa de la curación). Sin embargo debió tener existencia humana hacia el 1250 A.C. y como tal fue un médico perfecto según las tradiciones homéricas, siendo en la realidad padre de los físicos (cirujanos) Macaòn y Polidairo, que aparecen atendiendo heridos en “La Ilìada”. Los seguidores de Esculapio se hicieron famosos por los templos o “Asklepieta”, donde se llevaban a cabo unas curas de sueño o incubaciones. Allí llegaban los enfermos incurables a pasar una noche en el Àbaton o peristilo del templo, al que le entraba aire por todos lados. Mientras dormían los enfermos, las serpientes lamían sus ojos o sus heridas, mientras durante el sueño se le aparecía alguien que le daba instrucciones de cómo curarse. Lo curioso es que todos se curaran, y que dichas sanaciones fueran inmediatas y milagrosas, pues se trataba de pacientes incurables. En las inscripciones encontradas en unas tablas de piedra en Epidauro, hay unas 55 de estas “historias clínicas” que narran dichas curaciones. Pero nunca había fracasos. El templo más famoso de Esculapio llegó a ser el de la isla tiberina (frente a Roma), adonde eran enviados los esclavos a curarse, mientras que por orden del emperador Claudio, sus amos debían pagar los costos de estas sanaciones.

La medicina hipocrática y esa gran biblioteca médica que constituye el “Tratado”, por el contrario observa, analiza, acepta que hay males incurables y que muchos enfermos morirán. Cree ella que el gran médico es la naturaleza, por lo que es poco partidaria de las intervenciones terapéuticas, bien sean médicas o quirúrgicas; tiene como lema el “Primum non nocere” (ante todo no hacer daño).Le espantan las enfermedades iatrogénicas.

Y esos médicos hipocráticos, tan dados a escribir sus experiencias, fueron cediendo su autoría a Hipócrates, que en el curso de los años se fue volviendo grande, particularmente cuando Galeno decidió endosarle a él la primacía de la obra. Y en siglos posteriores, aparecieron otros que quisieron endiosarlo aún más. Hipócrates y sus seguidores estuvieron influidos por los filósofos pre-socráticos, que aunque no fueron médicos, ejercieron cierto dominio con sus teorías sobre la medicina anti-mágica, la basada en los hechos y en la observación; entre estos pensadores (siglo VI A.C.) sobresalen Tales de Mileto, Anaximandro y Anaxìmenes, también de Mileto, Heràclito de Èfeso, Parmènides de Elea, Empèdocles de Agrigento, Anaxàgoras de Clazomenae, Demòcrito de Abdera y Diógenes de Apolonia. Muchos fundamentos fueron aportados por el matemático Pitágoras, considerado el padre de la aritmética; la doctrina de los números sugirió a Hipócrates los días críticos: las crisis neumónicas al séptimo día, las fiebres tercianas y cuartanas del paludismo, etc. Uno los discípulos de Pitágoras, Empèdocles (quien mencionó a los siameses y a los hermafroditas, y que opinaba que en la naturaleza había una depuración que permitía la supervivencia de los más fuertes), consideraba al universo y a todas las cosas compuestas de cuatro elementos, tierra, agua, aire y fuego. Y de allí salió la teoría hipocrática de los cuatro humores, flegma, sangre, bilis amarilla y atrabilis (o bilis negra), que mientras se encontraban balanceados, de una manera armónica, la salud persistía. Pero su desequilibrio, y la eventual preponderancia de alguno de los humores, hacía que determinada enfermedad apareciese. De estos cuatro elementos y humores salen las cuatro estaciones, los cuatro sabores, los cuatro tipos de personalidad (flemática, sanguínea, biliosa y atrabiliaria), y años mas tarde respaldados por Galeno, logran llegar firmes hasta finales el siglo XVI; en esta época, personajes como Vesalio, Fabricio o Paracelso, empiezan a cuestionar estos y otros principios inflexibles y dogmáticos. Y luego desaparecen del todo estas teorías en el siglo XIX, cuando la ciencia despega en forma real.

La Colección o Tratado tiene como decíamos, algo menos de sesenta libros. Uno de los mas conocidos es el “Juramento hipocrático”(en el que se jura por Apolo el médico, por Higeia y Panacea, mas no por Esculapio); este es un código de ética que reglamenta el ejercicio de la medicina (www.ihm.nlm.nih.gov).

historiamedicament32Otro de los libros recoge la sabiduría médica en forma sintética y se titula “Aforismos”. Hay algunos otros dedicados a la mujer, a la maternidad, a la esterilidad y a las enfermedades propias del sexo femenino; algunos tratan de la naturaleza del hombre, de las epidemias, de las enfermedades agudas, de la cirugía y de la traumatología, los problemas digestivos, etc. Hay uno muy práctico sobre la salubridad de los aires, de las aguas y de los lugares, y otro sobre la “Enfermedad sagrada” o epilepsia, que Hipócrates considera una disfunción tan natural como las otras y no un mal de endemoniados. Se interesaron por primera vez en el pronóstico de las enfermedades, y a este tema dedican un libro. En cuanto a los tratamientos, operaban cuando era necesario y tenían algunas normas sobre la limpieza del cirujano, la iluminación del campo quirúrgico y el control de la hemorragia.

Los médicos hipocráticos eran muy partidarios de las dietas, y en realidad sus terapias herbales eran mezclas de ciertos alimentos naturales que para hacerlos más agradables al gusto los sometían a procesos diversos. En el libro “Medicina Antigua” se menciona lo siguiente: “De hecho fue la necesidad la que llevó a los hombres a buscar y descubrir la medicina, puesto que los enfermos no requieren la misma alimentación que los sanos… entonces una dieta fuerte y propia de animales hacía que los hombres primitivos padecieran dolores, sufrimientos terribles y muertes fulminantes… se hizo necesario que dichos alimentos tuviesen que modificarse para hacerlos aceptables al consumo humano”.

“Así que, a partir del trigo, después de haberlo remojado, aventado, molido, cernido y mezclado, cociéndolo después elaboraron pan; de la cebada también hicieron torta y, sometiéndola a muchas otras manipulaciones, la hirvieron y la cocieron; mezclaron y equilibraron así los elementos fuertes con otros más débiles, adaptándolos todos a la naturaleza y capacidad del hombre, guiados por la idea de que si los comían siendo fuertes su organismo no podría asimilarlos y causarían dolores, enfermedades y muerte; y que, por el contrario, aquellos que pudieran asimilarse redundarían en nutrición, crecimiento y salud”. Consideraban que aún alimentos tan útiles como la cebada para las terapias de estos médicos, podrían ser tóxicas si se daban en cantidades excesivas.

El agua de cebada era pues muy favorecida por Hipócrates; también la miel, mezclada con vinagre o con agua, en el primer caso para el dolor y en el segundo para la sed y la deshidratación. Usaban plantas con flores silvestres perennes, mostaza, hierbas de sabor amargo ricas en flavonoides, zanahorias silvestres, cocombros chorreados, y muchos otros, mezclados según fuese el mal.

Los remedios refrescantes en fiebres altas tienen propiedades diversas: “Unos hacen orinar, otros defecar, otros ambas cosas o ninguna de ellas, sino que solo refrescan como cuando se derrama agua fría sobre un recipiente con agua hirviendo… ni lo dulce conviene a todos ni lo agrio, ni pueden (los enfermos) beber las mismas cosas”.

Dentro de estos remedios refrescantes describe el autor veintidós de ellos, como por ejemplo: “Cuece hidromiel mezclada con agua hasta que quede la mitad. Después echa apio, déjalo enfriar y dáselo en pequeñas cantidades”. O “vino viejo de Tasos, dale una parte de vino y veinticinco de agua”. Este otro: “Tres pellizcos de poleo, el doble de apio, que cueza en vino mezclado con agua y dáselo. Este remedio no sólo es diurético sino que también arrastra la bilis vientre abajo”(Sobre las enfermedades,III).

En una serie de frases (correspondientes a seis párrafos del libro “Afecciones”), el autor alude a una obra en la que se describen diferentes tipos de medicamentos para administrar en enfermedades precisas, dándosele en algunos casos a esta obra el nombre de “El Recetario”, libro que sin embargo no aparece en parte alguna en los tratados hipocráticos, al menos en forma individual.

También se dice: “Cuando a consecuencia del vino o de la comida le coge a uno el cólera o la diarrea, es conveniente permanecer en ayunas, y si tiene sed, dar vino dulce o aguapié dulce” (¿ acaso el “refajo” del interior colombiano?).”Nicòxeno, en Olinto, padecía la misma dolencia (frenitis)….. tomó primero agua de cebada, a veces jugo de manzana, granada, caldo frío de lentejas tostadas, agua hervida de harina de trigo también fría y una infusión ligera. Se salvó”.

Como expectorante recomendaba el autor: … “elèboro blanco, tapsia, elaterio fresco, a partes iguales cada uno….. (o)… una queramis de arum itálico, una de pastinaca y de ortiga y un pellizco de mostaza y de ruda y como un haba de jugo de silfio”.

Para las anginas se usaba el siguiente medicamento: “millo (Panicum miliaceum) o granos de cebada tostada, uva pasa silvestre, ajenjo, cocombro y miel”… “frena los vómitos el jugo de albahaca en vino blanco”.

Los libros mas orientados a los medicamentos son los dos sobre la mujer y sus enfermedades y allí se incluyen muchas fórmulas, de esas que se usan como remedios caseros y que son transmitidos de una generación a otra. Era muy importante el control de las menstruaciones, pues los griegos consideraban la amenorrea como peligrosa (ya que la paciente podría estrangularse o atacar a otras personas para matarlas), por lo que se recomendaban los emenogogos, remedios para hacer venir la menstruación. Muchos de ellos también pudieron usarse para acelerar el trabajo de parto o para terminar un embarazo indeseado. Estos medicamentos podrían tener múltiples usos, como la rùa, hierba de sabor amargo y fuerte olor, las mentas, las semillas de la granada, la ortiga, la belladona (de la familia de la adormidera), que se consideraban efectivas en las dosis adecuadas (aunque en dosis excesivas podrían ser fatales). Se hacen por ejemplo 21 referencias al opio en estos libros ginecológicos, en forma de bebida para el útero fibrilar o para problemas de la matriz. Una terapia que se denominaba “de los excrementos” fue también muy utilizada en ginecología.

Tal vez el primer medicamento con marca (que ahora se llamaría “ registrada”, pues estas marcas son la columna dorsal de los negocios) fue la “Terra Sigillata” o tierra sellada, tableta de arcilla que se comercializaba en la isla mediterránea de Lemos un poco antes de Hipócrates, y que por su fama en aquel entonces, imaginamos que no necesitaría ser promovida ante los médicos por “visitadores” o “representantes” de los fabricantes. Una vez al año, con la presencia de autoridades civiles y eclesiásticas, se extraía la arcilla del pie de una colina, se lavaba luego, se refinaba y espesaba, para después ser transformada en pastillas que llevaban el sello oficial de los sacerdotes, se secaban entonces dichas tabletas al sol y se distribuían. Como sabemos, una marca permite la confianza de los consumidores porque indica el origen de la fabricación que la experiencia muestra como confiable.

La terapéutica no era muy agresiva en los tiempos de Hipócrates. Creían ellos mas en el efecto sanador de la naturaleza y en dejar que las enfermedades siguieran su curso natural. Pero sí abandonaron casi del todo las creencias mágicas, tan comunes en las comunidades primitivas, aunque en todas las épocas el médico ha tenido mucho de mago y de sacerdote, pues no hay duda que la fe tiene poderes curativos. Pero aunque hubo un tiempo en que los profesionales del arte de curar desempeñaban el papel de Dios, en la era moderna su credibilidad con frecuencia se cuestiona, en parte por que los sistemas de salud le han quitado autonomía al médico, y por que los pacientes pueden además aprender sobre sus enfermedades a través de otras fuentes de información.

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