A los 8 años ya sabía que no era el Niño Dios el que ponía los regalos en el árbol de Navidad; sin embargo, ella todavía se los pide porque cree que es Él quien da la salud y la licencia para comprarlos. Cuando una amiga del colegio le dijo en secreto que no era el Niño Dios quien realmente ponía los regalos en el arbolito de Navidad sino los papás, Lorna no le creyó. Pero un día, cuando su papá le pidió que sacara algo del closet y ella vio una gran cantidad de regalos, se acordó de su amiga y se puso furiosa porque había comprobado que ella decía la verdad. En ese entonces, Lorna tenía 8 años y a medida que fue creciendo se dio cuenta de que, en medio de todo, sus papás tenían razón porque para ella es el Niño Dios quien realmente les ayuda a conseguir la plata para complacerlos. Ese año, el obsequio fue una barbie, otra de las tantas muñecas que por lo general pedía en las cartas que escribía.
TODO TIEMPO PASADO Sólo una vez no se sintió complacida; fue con la ropa y los accesorios de la Pequeña Lulú que pidió en una Navidad. A ella le encantaban la falda corta, los zapatos, el saco y toda la indumentaria original de la tira cómica, y los pidió, pero sus papás no los encontraron y le regalaron ropa que según Lorna era todo lo contrario a lo que quería: «No me llegó la faldita sino una maxifalda, los zapatos nada tenían que ver con los de la Pequeña Lulú, ni nada de lo que venía».
Lo que más le encantaba de la Nochebuena en esa época era cuando se reunían en la casa de la abuela: «Mi infancia fue lo mejor, nos reuníamos en la casa de la abuela, que era grandísima, colonial, y allí siempre estaba toda la familia, incluidos primos, tíos, sobrinos y nietos, y lo mejor era que mis tías jóvenes siempre nos preparaban sorpresas y se bailaba hasta la madrugada. Eso me encantaba. No sé por qué ahora casi no se ve eso, porque era riquísimo». Eduardo Paz, su esposo, también recuerda que antes toda la familia se reunía en una misma casa y al día siguiente, cuando se levantaban, lo primero que veían era a otras personas durmiendo en el sofá, en las sillas, a otras conversando y el 25 seguía la fiesta. «Ahora cada cual permanece en su casa y rara vez se reúnen».
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