|Sunday, November 23, 2014

Las Piedras de Facatativá  

En octubre de 1739 un militar tunjano de nombre José de Rojas Acosta acampó con sus hombres en el Cercado de los Zipas, un conjunto de enormes rocas en las afueras de Facatativá. De ello dejó constancia grabando en la piedra, junto a su nombre y la fecha, la inscripción ‘Roca de Tunja’. Por esa razón aseguran por muchos años las piedras se conocieron como ‘de Tunja’, a pesar de su ubicación en Faca. Ese tal Rojas no fue, claro, ni el primero ni el último en dejar una huella en las piedras. Los arqueólogos han identificado en las Piedras de Faca unos 60 murales en color rojo ladrillo dejados incluso por culturas anteriores a la muisca. Muchos de estos jeroglíficos e ideogramas fueron ejecutados en superficies rocosas que los indígenas prepararon lijando las asperezas naturales de la piedra. No en vano son ésas las mismas superficies escogidas por los vándalos de hoy. Hasta grafiti oficial hay. En 1915 el Estado financió una galería de presidentes de la república pintados directamente sobre la roca. Buscando la protección del lugar, el presidente Carlos Holguín expidió en 1889 un Decreto Ejecutivo que ordenaba allí la erección de un monumento que no llegó más allá de -qué ironía una “primera piedra”. En 1936 se dictó una Ley que dispuso la adquisición de los terrenos, hasta entonces en manos privadas. En 1946 finalmente el Cercado de los Zipas y su lote de tres hectáreas se convirtieron en el primer parque arqueológico nacional. El poblado de Facatativá es uno de tantos pueblos de Colombia que surgieron de manera espontánea y no tienen, por ende, un acta de fundación. Este confín occidental de la sabana de Bogotá ya estaba poblado por muiscas a la llegada de los españoles. De hecho, fue en tierras del cacique Facatativá en donde murió el 15 de octubre de 1538 el gran guerrero Tisquesusa, acorralado por los españoles.

Los indígenas vivían, como bien se sabe, dispersos, lo que era un inconveniente tanto para recoger los tributos que debían dar a sus encomenderos, como para recibir el adoctrinamiento de la fe cristiana. Por ello, en esta encomienda surgieron pequeños poblados, alrededor de capillas doctrineras, tanto en el viejo pueblo de Facatativá (que originalmente quedaba más al occidente, en la faldas del cerro Manjuy) como en otros caseríos de nombres sonoros, como Chueca, Chiquitiva, Chingateva, Tenequene y Niminjaca. El pueblo de Faca empezó a adquirir importancia en la segunda mitad del siglo XVI, cuando el encomendero Alonso de Olalla había abierto el camino a Honda. Con éste se evitaba a los viajeros el largo trayecto que antes se hacía por Vélez y el Carare hasta llegar al río Magdalena. El mismo Olalla fundó el pueblo de Villeta para que fuera un punto de reposo a mitad del camino entre Facatativá y Honda. Por siglos, pues, Faca se convirtió en la principal puerta de entrada a la sabana de Bogotá para virreyes, colonizadores, aventureros y comerciantes que llegaban al altiplano. No es de extrañar que en 1847 se iniciara aquí la construcción de la primera carretera moderna en Colombia, que unía a Faca con Bogotá. Empleando el método diseñado por el ingeniero civil escocés John McAdam, esta carretera de ocho leguas de extensión y ocho metros de ancho tenía a lo largo de todo el trayecto unos cimientos de piedra de sesenta centímetros de profundidad. La recorrían entonces carretas de bueyes que llevaban los baúles del equipaje. Entre tanto, los pasajeros viajaban en carruajes de caballos que tan sólo tardaban cinco a siete horas en llegar a Bogotá.

Así arribó a la capital de Colombia, por ejemplo, el geógrafo francés Eliseo Reclus, aquél que habría de bautizarla “la Atenas suramericana”. A Facatativá, “el arrabal avanzado de Bogotá en el camino del Magdalena”, lo describió Reclus como “un lugar rico y próspero”. Más prosperidad entraría con el ferrocarril, cuya primera locomotora llegó de Girardot en 1909. Ya existía una línea férrea desde Facatativá hasta la Estación de la Sabana, en Bogotá, desde 1889. La anchura de los rieles era, sin embargo, diferente, lo que obligaba aquí a un trasbordo tanto de pasajeros como de carga. Facatativá, como el sitio de paso que siempre fue, vio nacer un personaje de la historia cuyos hechos heroicos transcurrieron lejos de su tierra natal. Se trata del militar e ingeniero civil José Cornelio Borda, nacido en 1829. Borda fue un estudioso de las matemáticas, la botánica, la mineralogía y las ciencias naturales en general. En Francia se especializó en ingeniería ferroviaria. Entre otros cargos, Cornelio Borda fue director del Observatorio Astronómico en Bogotá antes de vincularse al ejército conservador, en donde alcanzó el grado de coronel en la guerra civil de 1860. Por cosas del destino, el coronel Borda estaba en Perú cuando se desató la guerra con España, en un capítulo de la historia poco recordado por los neogranadinos. En esa guerra, los españoles se enfrentaron con Perú y Chile buscando recuperar parte de sus colonias en América del Sur. Los peruanos consideran a Cornelio Borda un héroe tras la batalla que libró con éxito por defender el puerto de El Callao, que él mismo se había encargado de fortificar. El facatativeño perdió allí la vida el 2 de mayo de 1866. En El Callao dicen los historiadores fue en donde se selló definitivamente la independencia suramericana.

Pero volviendo a Facatativá, para el cierre, dice de ella el historiador Roberto Velandia: “muy poco quedó de tanto que por allí pasó”. Facatativá continúa Velandia aún “conserva el señorío de ciudad sabanera acrisolado en el pergamino rancio de sus familias y en sus casonas de anchas puertas, ventanas coloniales y techos de teja de barro hechas de la misma arcilla que el albañil Domingo Moreno utilizó para hacer la primera iglesia”. En Colombia los héroes, como los trenes y los carruajes, vienen y se van. Por lo menos las Piedras quedan.

Diego Andrés Rosselli Cock, MD

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