|Viernes, julio 25, 2014

Memoria Individual, Colectiva e Histórica  

Lo Secreto y Lo Escondido en La Narración y El Recuerdo

Darío Betancourt Echeverry
Departamento de Ciencias Sociales
Universidad Pedagógica Nacional.

Todos tenemos imágenes y recuerdos abstractos que son difíciles de encuadrar en recuerdos reales o vividos; muchas veces entramos en un lugar y los objetos, la distribución del espacio, etc., nos produce la sensación de que ya hemos estado allí. Pero hay siempre una serie de imágenes abstractas (en el tiempo y en el espacio), que difícilmente corresponden con los recuerdos vividos.

¿Cuáles son, pues, los roles necesarios para conservar completos nuestros recuerdos y las condiciones en que ellos reposan y son evocados por nuestro espíritu?

No es suficiente que se participe de una reunión con otras personas, para que más tarde, cuando alguien evoque delante de uno esas viejas acciones, de repente se transformen en recuerdo. Es verdad que tales imágenes que nos son impuestas por nuestro medio, modifican la impresión que habíamos guardado de un hecho pasado o de una persona conocida. Es posible que dichas imágenes reproduzcan inexactamente lo pasado y que los recuerdos aparecidos de repente y que se encuentran delante de nuestro espíritu muestren una expresión exacta, y a los recuerdos reales se añada así una masa de recuerdos ficticios; pero inversamente es posible que los testimonios de otros sean exactos y que ellos corrijan y completen nuestros repasos, al mismo tiempo que ellos se vayan incorporando a los nuestros, pues en uno y otro caso nuestra memoria no opera como una tabula rasa, de tal manera que los testimonios de los otros son impulsados a reconstituir nuestros recuerdos.

De una u otra manera, se nos presenta aquí una mezcla de lo que podríamos llamar memoria individual, memoria colectiva y memoria histórica. La memoria está, pues, íntimamente ligada al tiempo, pero concebido éste no como el medio homogéneo y uniforme donde se desarrollan todos los fenómenos humanos, sino que incluye los espacios de la experiencia.

La memoria individual existe, pero ella se enraíza dentro de los marcos de la simultaneidad y la contingencia. La rememoración personal se sitúa en un cruce de relaciones de solidaridades múltiples en las que estamos conectados. Nada se escapa a la trama sincrónica de la existencia social actual, y es de la combinación de estos diversos elementos que puede emerger lo que llamamos recuerdos, que uno traduce en lenguaje.

La conciencia no es jamás encerrada sobre ella misma, no es solitaria. Nosotros entramos en direcciones múltiples, como si los recuerdos se situaran en un punto de señal o de mira, que nos permite colocarnos en el medio de la variación continua de los marcos sociales y de la experiencia colectiva histórica. Eso tal vez explica por qué en los períodos de calma o de fijación momentánea de las estructuras sociales, los recuerdos colectivos son menos importantes que dentro de los períodos de tensión o de crisis.

El recuerdo se sitúa así como la frontera, como el límite en la intersección de varias corrientes del pensamiento colectivo, hasta el punto que nos resistimos a remover (traer) los recuerdos, los eventos que nos conciernen sólo a nosotros.

La obra de Halbwachs1 nos ayuda a situar los hechos personales de la memoria, la sucesión de eventos individuales, los que resultan de las relaciones que nosotros establecemos con los grupos en que nos movemos y las relaciones que se crean entre dichos grupos, formándose así una distinción, como en seguida veremos:

Memoria histórica. Supone la reconstrucción de los datos proporcionados por el presente de la vida social y proyectada sobre el pasado reinventado.

Memoria colectiva. Es la que recompone mágicamente el pasado, y cuyos recuerdos se remiten a la experiencia que una comunidad o un grupo puede legar a un individuo o grupo de individuos.

Dentro de estas dos direcciones de la conciencia colectiva e individual se desarrollan las diversas formas de memoria:

Memoria individual. En tanto que ésta se opone (enfrenta) a la memoria colectiva, es una condición necesaria y suficiente para llamar al reconocimiento de los recuerdos. Nuestra memoria se ayuda de otras, pero no es suficiente que ellas nos aporten testimonios.

Creemos que la memoria colectiva, la memoria individual y la memoria histórica, se construyen desde la experiencia. En este sentido nos apoyamos en la noción de experiencia, a partir de la tradición y la costumbre desarrollada por Thompson2.

En efecto, para este autor en los procesos de construcción de conciencia juega un papel muy significativo la noción de experiencia, en sus dos momentos fundamentales: la experiencia vivida y la experiencia percibida. La primera involucra aquellos conocimientos históricos sociales y culturales que los individuos, los grupos sociales o las clases ganan, aprehenden al vivir su vida, elementos que se constituyen en los nutrientes de sus reacciones mentales y emocionales frente a cualquier acontecimiento. De otra parte, la experiencia percibida comprende los elementos históricos, sociales y culturales que los hombres, los grupos, las clases, toman del discurso religioso, político, filosófico, de los medios, de los textos, de los distintos mensajes culturales; en una palabra, del conocimiento formalizado e históricamente producido y acumulado.

La experiencia surge “espontáneamente”, en el interior del ser social, pero ella no brota sin pensamiento; nace porque los hombres son racionales, piensan y reflexionan sobre lo que les acontece a ellos y a su mundo; dentro del ser social se produce una serie de cambios que dan lugar a la experiencia transformada; ésta produce presiones sobre la conciencia social, generando nuevos y mejores cuestionamientos3 .

De otra parte, es bueno no dejar de lado los planteamientos de Dubet, quien al estudiar la experiencia social en acción nos dice que la noción más común de experiencia es ambigua y vaga, fundamentalmente porque evoca dos fenómenos contradictorios que de todas maneras vale la pena ligar.

En primer término, la experiencia es una manera de comprobar, de ser invadido por un estado emocional suficientemente fuerte, de tal manera que el actor no se pertenece verdaderamente, pudiendo entonces descubrir una subjetividad personal. De esta manera es que permanentemente se habla de experiencia estética, amorosa, religiosa, etc. Pero esta representación de lo “vivido” es también ambivalente: de una parte, aparece como total individual hasta el extremo de “inefable”, “misteriosa” e “irracional”, manifestación romántica del “ser” único y de su historia particular. De otro lado, la experiencia puede ser concebida como el recubrimiento de la conciencia individual por la sociedad, como este “trance” original de lo social del que hablaban Durkheim y Weber, en el que el individuo olvida su yo por fundirse en una emoción común, aquella del “gran ser” que no es más que la sociedad percibida como una emoción, o aquella del amor engendrado por la emoción carismática.

A esta representación emocional de la experiencia se yuxtapone un segundo sentido: la experiencia es una actividad cognitiva, es una manera de construir lo real y sobre todo de “verificarlo”, de “experimentarlo”. La experiencia construye los fenómenos a partir de las categorías del entendimiento y de la razón.

Evidentemente, para el sociólogo, estas categorías son ante todo sociales, son unas “formas” de construcción de la realidad. Desde este punto de vista la experiencia social deja de ser una “esponja”, una manera de incorporar el mundo a través de emociones y sensaciones, para tornarse en una manera de construirlo4.

Ahora bien, algunos investigadores, como Phippe Ariès5, plantean que la historia se compone de dos esferas, la esfera de lo visible y la esfera de lo invisible. En la primera, se tiene en cuenta la historia del Estado, de la política, del derecho, del mercado económico, de las relaciones sociales, de los discursos lógicos, de la escritura, de la ideología, de la cultura erudita, del dominio de la conciencia clara, mientras la segunda, ignorada hasta hace poco por los historiadores, se había constituído en un espacio de médicos y psicólogos. Esta hace relación al inconsciente colectivo, al espacio entre naturaleza y cultura, entre lo biológico y lo mental.

Nos sitúa, pues, en el complejo campo de lo escondido, de lo secreto en los recuerdos de la memoria, para referirse a ese espacio velado nublado y confuso, al que nos enfrentamos cuando tratamos de vivir un recuerdo. Es pues, la esfera de lo invisible, lo velado y lo escondido, lo oculto de nuestros recuerdos, lo que Michel Vovelle ha dado en denominar el inconsciente colectivo. Un sistema, a decir de Ariés, que reúne tres características:

a- coherente por un período dado
b- de representaciones comunes a toda una sociedad
c- que no se expresa porque se percibe no consciente, y cuando se torna muy consciente los recuerdos son a toda hora considerados como de naturaleza inmutable, misteriosa y extraña que escapan a la influencia humana6.

Entrevistas y relatos

Ahora bien, una serie de charlas, conversaciones, diálogos, narraciones y entrevistas realizadas entre 1990 y 1995, con diversos personajes de poblaciones de la cordillera Occidental del Valle del Cauca, en los marcos de una investigación de largo aliento sobre las Organizaciones de tipo mafioso, modernización violenta y criminalidad enriquecedora 1965-1995 , despertaron algunas reflexiones sobre las relaciones existentes entre recuerdos, relatos, experiencias e historia. Nos vamos a referir tan solo a unos apartes de dichos relatos, para develar algunos de los aspectos secretos y escondidos de los recuerdos que se han tratado de esbozar en la primera parte. Veamos un fragmento del relato de “Pecas”:

“Vea, esto es una organización muy compleja que maneja mucho billete y que para uno entrar en ella, se necesita que lo enganchen a través de alguien de mucha confianza, ojalá mediante un “traqueto” que apenas esté empezando, para que uno logre ganarse la amistad, para que le suelten a uno trabajitos, misiones , etc. Algunos de los trabajos pueden ser directamente sobre asuntos de narco u oficios bien como pintar una casa, cuidar una finca, etc. Entre otras cosas, la semana pasada estuve cuidando una quinta del patrón en el lago Calima…7 .

Se advierte cómo el narrador cuenta la historia de manera impersonal, para recaer luego sobre su propia experiencia. Sin embargo, aquello impersonal no es más que la experiencia yuxtapuesta de lo que el narrador conoce; es su memoria individual relatada a partir de los saberes de su medio como memoria colectiva. Veamos ahora elementos del relato de “El Mono”, donde la memoria individual atrae lo colectivo a través de comparaciones, sin que esto lo aleje de su propia experiencia:

“Y pensar que ahora me encuentro aquí de cuidandero en una casa de los Urdinola, achacado y enfermo.

Hasta hace unos dos años nos reuníamos en bares y cafés de La Unión, Zarzal, La Victoria y el Dovio, con muchachos (pollos), que trabajan como sicarios para las mafias, y hacíamos comparaciones entre la vida de los “pájaros”, y la de los sicarios de ahora (las poblaciones que más producen sicarios son las de la cordillera y el piedemonte del Valle). Hay elementos que se mantienen o son constantes, en una y otra violencia, la diferencia es que ahora hay más plata y mejores armas y carros. Yo pienso que los “pájaros” éramos más frenteros, que los de ahora, que no saben muy bien por qué es que matan, nosotros teníamos un ideal, defender la supervivencia de los conservadores…”8

Deja un comentario

Tu dirección de correo y teléfono no serán publicados.