Año 1 Número 1, Segundo Semestre de 2006, Bogotá D.C.

 

DOCTRINA, CONCEPTOS Y OPINIONES

 

CIUDADANÍA Y NACIONALISMO DE BOLÍVAR

 

Jaime Betancur Cuartas

Expresidente del Consejo de Estado

Decano de la Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales Universidad Los Libertadores

 

LA PERSONA HUMANA HA BUSCADO A TRAVÉS DE LA historia prolongar los sentimientos que conforman su patrimonio histórico, con la diversidad de sus expresiones, y ello ha hecho que muchos pueblos por comunidad de ideales hayan obtenido la prosperidad, con dominio de obstáculos, con obtención de influencia, pero sin lograr de la definitiva estructuración.

 

El concepto de Nación tiene un contenido sociológico, como aglutinamiento humano, enlazado por factores que encuadran lo étnico en todas sus manifestaciones culturales y comportamientos de la persona humana, tomada en forma independiente pero integrada a las demás para realizaciones comunes, todo lo cual resulta superior a la simple acepción de pueblo que crea la noción populista, más de interés y explotación de lo elemental del hombre que la consideración de su importancia comunitaria.

 

La Nación ya estructurada es base de un concepto de mayores consecuencias cual es el jurídico para conformar un Estado, en tanto que el pueblo ha sido utilizado con desdeño al asimilarlo a plebe frente a los patricios romanos, otras veces por eminentes pensadores para definir la democracia como el gobierno del pueblo, con el pueblo y para el pueblo; también en el campo económico para delimitación de los desposeídos de la fortuna, y en reiteradas ocasiones como muchedumbre fácil para la demagogia y como sujeto de acciones vituperables. Es tan fácil definir la Nación, en cuanto a sus componentes que Bolívar en su discurso pronunciado ante el Congreso de Angostura, el 15 de Febrero de 1815, expresó: “Tengamos presente que nuestro pueblo no es europeo, ni él americano del Norte, que más bien es un compuesto de Africa y América que una emanación de la Europa; pues que hasta la España misma deja de ser europea por su sangre africana, por sus intenciones y por su carácter. Es imposible asignar con propiedad a qué familia humana pertenecemos.

 

La mayor parte del indígena se ha aniquilado, el europeo se ha mezclado con el americano y con el africano, y éste se ha mezclado con el indio y con el europeo. Nacidos todos del seno de una misma madre, nuestros padres, diferentes en origen y en sangre, son extranjeros, y todos difieren visiblemente en la epidermis; esta desesperanza trae un reato de la mayor trascendencia.”

 

Por los caminos de las disgresiones se llega a la nacionalidad concebida para los nacidos en un Estado, o que la han obtenido por adopción, y así lo consagran muchas constituciones y entre ellas la nuestra, para terminar en el elevado concepto jurídico del ciudadano con la adición del elemento edad, 18 años ahora con alguna tendencia de menor edad para más participación de la juventud nacional en las decisiones nacionales.

 

Precisamente, tanto se presta al principio de la nacionalidad a interpretaciones, que hace algunos años, en relación con la conmemoración del Bicentenario del nacimiento del Libertador Simón Bolívar y del Sesquicentenario de su muerte, la ley 31 de 1979 dictada para sus honores, fue demandada ante la Corte Suprema de Justicia por el ciudadano Mauricio Cárdenas Rivera para ser declarada inexequible, es decir, inconstitucional, en especial con el argumento de que el Libertador Simón Bolívar no ostentó la nacionalidad colombiana, y se violaba el artículo 76, numeral 17 de la Constitución que autorizaba al Congreso Nacional para “decretar honores públicos a los ciudadanos que hayan prestado sus servicios a la patria y señalar los monumentos que deben eregirse.”Por lo insólito del caso lo traigo a conocimiento o recuerdo.

 

Dijo el acusante de la Ley:

 

“...Las leyes de honores se restringen a conmemorar los grandes servicios prestados a la patria por ciudadanos colombianos y quizá como contradicción histórico-política-jurídica el Libertador y Padre de la Patria Simón Bolívar no fue ciudadano para lo cual a la luz de la Constitución se requiere ser colombiano y mayor de edad. Sucede que nuestro Libertador fue Venezolano y pudiendo tal vez por adopción acogerse a nuestra nacionalidad nunca lo hizo ni norma positiva de la República le pudo conceder tal carácter, ni pudo tener dos nacionalidades.”

 

La Corte Suprema de Justicia, en sentencia de mayo 27 de 1980, con ponencia del desaparecido jurista Doctor Gonzalo Vargas Rubiano, no accedió a lo pedido y declaró que la ley era exequible, es decir, constitucional, con argumentación vigorosa e incontrovertible.

 

La Corte Suprema de Justicia, categórica afirmación que hace desde el inicio de este fallo, Simón Bolívar no sólo fue ciudadano colombiano sino creador de Colombia. No fue un apátrida, persona carente de nacionalidad, sino un europátrida genitor y engendrador de naciones. Su derecho de ciudadanía está inscrito en el agradecido corazón de los millones de Colombianos.

 

Hay evidencia en el orden jurídico, político y social de tal magnitud como las existentes en el mundo de la naturaleza: el esplendor del sol, la majestad del mar, la imponencia de las cordilleras. Tratar de negar la colombianidad de Bolívar equivaldría a afirmar que Napoleón no fue francés sino Corso.

 

I. En la ciudad de Angostura, llamada Cuna del Derecho Constitucional de Colombia, se expidió el 17 de diciembre de 1819 la Ley Fundamental de la República de Colombia. Fue entonces cuando el Presidente del Congreso Francisco Antonio Zea pronunció las memorables palabras: “La República de Colombia queda constituida. VIVA LA REPUBLICA DE COLOMBIA”. Algunos de sus preceptos fueron: ART. 1º - Las Repúblicas de Venezuela y de la Nueva Granada quedan desde este mismos día reunidas en una sola bajo el título glorioso de REPUBLICA DE COLOMBIA.

 

ART. 5º - La República de Colombia se dividirá en tres grandes departamentos: Venezuela, Quito y Cundinamarca, que comprenderá las Provincias de la Nueva Granada, cuyo nombre queda desde hoy suprimido. Las Capitales de estos departamentos serán las ciudades de Caracas, Quito y Bogotá, quitada la adición de Santa Fé.

 

II. Con posterioridad, en la Villa del Rosario de Cúcuta el 12 de Julio de 1821, fue ratificada por el Congreso General de Colombia, presidido por José Ignacio de Márquez, la Ley Fundamental de Angostura, así:

 

ART. 1º - Los pueblos de la Nueva Granada y Venezuela quedarán reunidos en un solo cuerpo de Nación, bajo el pacto expreso de que su gobierno será ahora y siempre popular representativo.

 

ART. 2º - Esta nueva Nación será conocida y denominada con el título de República de Colombia.

 

III. Y luego en este mismo Congreso al promulgar en Octubre de dicho año de 1821 la Constitución de Cúcuta, tuvo oportunidad el Libertador de pronunciar su celebérrima frase: “ Y quiero ser ciudadano para ser libre y para que todos lo sean. Prefiero el título de Ciudadano al de Libertador, porque éste emana de la guerra y aquél emana de las leyes. Cambiadme todos mis dictados por el de buen ciudadano”.

 

IV. Por último la Constitución de 1830, vigente cuando falleció el Libertador el 17 de diciembre y que había sido expedida por el Congreso Admirable el 20 de abril anterior, disponía en punto de nacionalidad que eran colombianos por nacimiento “todos los hombres libres nacidos en el territorio de Colombia (art. 2º), y que el territorio de ésta comprendía” Las provincias que constituían el Virreinato de la Nueva Granada y la Capitanía General de Venezuela” (art. 4º). Que eran exactamente los mismos principios establecidos en la Constitución de Cúcuta de 1821 bajo los artículos 4º y 5º. Es pues, de una deslumbradora evidencia ante los imperativos de la historia, de la moral universal y de los mismos ordenamientos jurídicopolíticos, que el Libertador Simón Bolívar fue, murió siéndolo, ciudadano de Colombia y el más eminente de todos. Explícitamente lo reconoció el propio Congreso Constituyente, el llamado Congreso Admirable en decreto de mayo 19 de 1830 “por el cual se honra al Libertador Simón Bolívar” cuyos dos primeros artículos disponen lo siguiente:

 

ART. 1º - El Congreso Constituyente, a nombre de la Nación Colombiana, presenta al Libertador Simón Bolívar el tributo de gratitud y admiración a que tan justamente lo han hecho acreedor sus relevantes méritos y heróicos servicios a la causa de la emancipación americana.

 

ART. 2º - En cualquier lugar de la República que habite el Libertador Simón Bolívar SERA TRATADO SIEMPRE CON EL RESPETO Y LA CONSIDERACION DEBIDAS AL PRIMERO Y MEJOR CIUDADANO DE COLOMBIA. (Las mayúsculas son de la Corte Suprema de Justicia).

 

Es importante también recordar que ya en 1813 Bolívar le escribía al Presidente de los Estados Unidos de la Nueva Granada Don Camilo Torres: “Penetrado de las más respetuosa gratitud, tributo a V.E., las debidas gracias por el inmerecido honor que se ha dignado de hacerme, condecorándome con el grado y empleo de Brigadier de los Ejércitos de las Provincias Unidas y concediéndome además el glorioso título de Ciudadano de la Nueva Granada, que es para mí más apreciable que todas las dignidades a que la fortuna puede elevarme.”

 

El estímulo de la nacionalidad ha producido diferentes vertientes de opinión, con ánimo arrollador, para vigorizar unos principios o hacer la reestructuración de valores perdidos u olvidados. El alzamiento de los Comuneros fue, por ejemplo, expresión de conjugación de aspiraciones frente al dominio español con sacrificio de la vida, por apetencias de libertad y reconocimiento a derechos de los gobernados de entonces y demostración de la potencia de los ideales.

 

Y ya respecto de nuestra independencia, Bolívar fue el gran forjador de nuestra nacionalidad, de la América nuestra integrada, como puede verse en el estudio de su documental histórico. En la Carta de Jamaica concibió que: “Es una idea grandiosa pretender formar de todo el mundo nuevo una sola Nación, con un sólo vinculo que ligue sus partes entre sí y con el todo. Ya que tienen un origen, una lengua, unas costumbres y una religión, debería por consiguiente, tener un solo gobierno que confederase los diferentes estados que hayan de formarse... Que bello sería que el Istmo de Panamá fuera para nosotros lo que es Corinto para los Griegos! Ojalá que algún día tengamos la fortuna de instalar allí un augusto congreso de representantes de las repúblicas, reinos e imperios, a tratar de discutir sobre los altos intereses de la Paz y de la guerra, con las naciones de las otras partes del mundo...”

 

La insistencia en la conjugación espiritual para una gran expresión nacionalista aparece con claridad en el discurso del Libertador, el 15 de febrero de 1819, ante el Congreso de Angostura, al decir: “Para formar un gobierno estable se requiere la base de un espíritu nacional que tenga por objeto una inclinación uniforme hacia dos puntos capitales, moderar la voluntad general y limitar la autoridad pública... Para sacar de este caos nuestra naciente república, todas nuestras facultades morales no serán bastantes sino fundimos la masa del pueblo en un todo; la composición del gobierno, en un todo; la legislación en un todo; y el espíritu nacional en un todo. Unidad, unidad, unidad, debe ser nuestra divisa...”.

 

Pero su alma constructiva, conciliadora y nacionalista resplandece cuando, a pesar de divisar la proximidad de la muerte, y con la contemplación del ideal de la Gran Colombia esfumado, por encima de consideraciones acerca de su personal grandeza, lanza en 1830 en Santa Marta en su proclama expresión que, a través, de los siglos, habrá de significar la exceltitud de su muerte para continuar viviendo en la historia: “Colombianos: si mi muerte contribuye para que cesen los partidos y se consolide la Unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro”.

 

Desde entonces cuando nuestra sociedad ha estado en situaciones críticas ha revivido el espíritu nacional para sumar esfuerzos y reencontrarse la Nación en procura de mejor destino. Con esa orientación Rafael Nuñez y Miguel Antonio Caro implantaron las instituciones jurídicas republicanas con la Constitución de 1886 cuya filosofía unitaria y democrática sobrevive a pesar de su derogatoria por la expedida en 1991, renovada es cierto ésta por las exigencias de los nuevos tiempos, permitiendo ambas el surgimiento de movimientos nacionales que han llevado a la Presidencia de la República a conocidos y respetables hombres de nuestra vida pública, los que al buscar el concurso de todos los colombianos han tratado de unificar el alma general para el bien común, filosofía que exige su vigencia para la superación de la crisis institucional, social y moral que hoy padece esta patria que merece de sus hijos el trato que le restablezca la reconciliación, con justicia social y prosperidad.

 

En todo caso, ahora cuando se está implantando el estilo de escribir, hacer novelística y cine sobre personajes históricos y espirituales, en forma que atrae la curiosidad morbosa, que lesiona innumerables convicciones y que produce publicidad mercantilista, pero que según explican los autores es para presentarlos de carne y hueso, como humanos y no como concepciones míticas, tales como La Ultima Tentación de Cristo, Mahoma en los Versos Satánicos, y Bolívar en “El General en su Laberinto” de nuestro Nobel de Literatura Gabriel García Márquez – una gloría más de Colombia -, nuestro Bolívar resplandece en grandeza en su último viaje por el Río Magdalena en la Pluma del novelista, porque, a pesar de la deliberada insistencia en resaltar flaquezas humanas, físicas, de vocabulario, eróticas, políticas representadas en odios, planes militares, siempre atento a la política, y aspiraciones de mando hasta el último suspiro, y otros muchos aspectos, se levanta de la miseria humana como uno de los grandes del mundo lleno de nobleza y propósito de amor a los ideales altruistas.

 

Según el novelista sobre la división de la Gran Colombia dijo el General “Todo lo que hemos hecho con las manos lo están desbaratando los otros con los pies” (página 25); sobre su sueño de la integración continental dijo el General “Nuestros enemigos tendrán todas las ventajas mientras no unifiquemos el gobierno de América” (página 102); y más sobre la desunión Grancolombiana dijo el General: “Para nosotros la patria es América, y todo está igual: sin remedio” (página 169); sobre la invitación que hizo Santander a los Estados Unidos al Congreso Integracionista que soñó, expresó el General: “Era como invitar al gato a la fiesta de los ratones”. Y todo porque los Estados Unidos amenazaban con acusarnos de estar convirtiendo el continente en una liga de Estados Populares contra la Santa Alianza. Qué horror” (páginas 191 y 192).

 

Cada Colombiano es un país enemigo” (página 240) manifiestó con nostalgia el General. Y la nobleza, el deseo de reconciliación y nacionalismo aparecen transparentes por el novelista después de la recaída súbita de la enfermedad de la cual no se volvió a recuperar al decir sobre el General lo siguiente “Cuando recobró la calma le ordenó a Wilson redactar una carta para el General Justo Briceño, pidiéndole como un homenaje casi póstumo que se reconciliara con el General Urdaneta, para salvar el país de los horrores de la anarquía. Lo único que le dictó textual fue el encabezado “En los últimos momentos de mi vida le escribo esta carta” (página 263 y 264).

 

Al intelecto humano y a los pueblos no se les puede destruir sus mitos porque, perdida su ejemplar influencia, se cae en la orfandad de los valores que estimulan e impulsan y con deseo reverente e imitativo conducen a la superación. Por eso sigue valedero el pensamiento de Alberto Zalamea, intelectual ya muerto, cuando en uno de sus escritos manifiesta:

 

“Desde cuando en las escuelas y colegios Colombianos dejó de estudiarse no digo el mito sino la epopeya bolivariana, es decir, la descripción de carácter y acciones del Libertador, la crisis de los valores nacionales se acentuó. Hoy la decadencia es visible, sin formación moral, sin paideia, sin culto de los héroes, sin consideración de la ética, sin historia, sin ideales, la sociedad se resquebraja y va devorándose así misma en una lucha sin cuartel. Pero el Mito, por fortuna sobrevive. Porque –no nos cansemos de repetirlo- el Libertador no ha muerto. Vive en su mito. Sabe que sólo a través suyo encontraremos la salida del laberinto en que hoy apenas sobrevivimos”.

 

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