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Para pintar buenos paisajes no basta saber pintar sino tener también el sentido de lo paisajístico; vale decir, saber escrutar lo que la presencia de la naturaleza puede ofrecer de expresivo y percibir las sensaciones que de ella emanan para transformarlas en contenidos artísticos. Ese
sentido lo posee en alto grado Jaime Pinto y por eso, claro está,
"le salen" bien los que inventa; porque lo Pinto
no describe, sino crea; y lo hace -
no sé si consciente o inconscientemente -
a partir de texturas y manchas, con el resultado de una sugestiva mezcla
de lo abstracto y lo figurativo en visiones en las que cielo y tierra se
funden en series de ritmos cromáticos. Como el pintor es además un
apasionado del oficio al modo de un artesano medieval, él mismo fabrica
los materiales colorantes, parecidos al óleo pero no óleos, emulsionándolos
con grasas y ciertos ingredientes "secretos". Con ello
organiza una paleta cálida, generalmente bajo el predominio de ocres y
pardos -
el color barroco -
logrando en ocasiones que uno, como espectador-evocador, pueda
remontarse a las tonalidades de un Corot o las atmósferas de un
Rembrandt. Y
es que él es sobre todo un pintor de atmósferas, so pretexto de
agrestes soledades, bosques con embrujo e inmensas llanuras, en cuadros
cuyo valor no reside tanto en el retrato de la naturaleza cuanto en la
pintura en sí misma. Por eso no es posible hablar de naturalismo y
mucho menos de realismo, sino de pintura emotiva, rica en tonos y
ritmos, de contenido dramático.
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