Para pintar buenos paisajes no basta saber pintar sino tener también el sentido de lo paisajístico; vale decir, saber escrutar lo que la presencia de la naturaleza puede ofrecer de expresivo y percibir las sensaciones que de ella emanan para transformarlas en contenidos artísticos.

Ese sentido lo posee en alto grado Jaime Pinto y por eso, claro está, "le salen" bien los que inventa; porque lo curioso es que él, uno de los mejores paisajistas de la actualidad en Colombia, posee el sentido de lo paisajístico sin necesidad de ponerse a mirar paisajes pues guarda las sensaciones en el archivo de su memoria y en el pozo de su sensibilidad y crea a partir de ahí unos cuadros que no son precisamente la "narración de una porción de terreno" como definía este género la antigua academia, sino una creación mental que alude a temas, ideas y sensaciones paisajísticas.

Pinto no describe, sino crea; y lo hace - no sé si consciente o inconscientemente - a partir de texturas y manchas, con el resultado de una sugestiva mezcla de lo abstracto y lo figurativo en visiones en las que cielo y tierra se funden en series de ritmos cromáticos. Como el pintor es además un apasionado del oficio al modo de un artesano medieval, él mismo fabrica los materiales colorantes, parecidos al óleo pero no óleos, emulsionándolos con grasas y ciertos ingredientes "secretos". Con ello organiza una paleta cálida, generalmente bajo el predominio de ocres y pardos - el color barroco - logrando en ocasiones que uno, como espectador-evocador, pueda remontarse a las tonalidades de un Corot o las atmósferas de un Rembrandt.

Y es que él es sobre todo un pintor de atmósferas, so pretexto de agrestes soledades, bosques con embrujo e inmensas llanuras, en cuadros cuyo valor no reside tanto en el retrato de la naturaleza cuanto en la pintura en sí misma. Por eso no es posible hablar de naturalismo y mucho menos de realismo, sino de pintura emotiva, rica en tonos y ritmos, de contenido dramático.

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