|
|
"AMIGO NO, .... PAPÁ" |
|
RELATO DEL PADRE DE UN ADICTO “Nadie da, lo que no ha recibido. Daremos como padres, lo que recibimos de hijos”.
|
|
Siempre
que pensé en ser padre, me dije: voy a ser diferente a como mis padres
fueron con migo. La distancia generacional con mi papá y con mi mamá
es considerable y, como era lógico, la educación que recibí de ellos
no fue, a mi juicio de adolescente rebelde, la más acertada:
inflexibles principios religiosos, escasa libertad, intolerancia ante
las fallas cometidas, limitación para
darme las cosas que pedía, poco diálogo, en fin, una educación rígida
y anticuada. Así
que, cuando me llegó la hora, me propuse ser lo contrario. Y la
paternidad me llegó siendo muy joven, casi un adolescente. Creí desde
el principio, que era suficiente para ser papá, con aplicar mis
reflexiones sobre el tema y mi sentido común. Traté de procurar la
libertad de la que yo había carecido y acceder a los caprichos de mis
hijos, pero por sobre todo, quise ser el amigo de mis hijos. El
manejo de la autoridad fue bien ambiguo: me aliaba con ellos, unas veces
explícitamente y otras, de forma camuflada, ante las determinaciones
de mi esposa. En otras oportunidades, lo mismo sucedía entre ellos y mi
esposa, frente a mis decisiones. Cuando sentía que mi imagen de padre
moderno se comprometía, por las respuestas a un permiso de ir a una
fiesta, por ejemplo, tomaba el camino fácil: “Pregúntele a su mamá”. Por
cierto, con ella tenía divididas las responsabilidades. Yo me encargaba
de dar el dinero para el sostenimiento de la casa y ella se preocupaba
de los aspectos que consideraba de menor importancia, como ir a las
reuniones del colegio, entre otras. Las ocupaciones en que hubo quejas del colegio, por bajo rendimiento o por faltas a la disciplina, reaccioné a favor de mis hijos, calificándolas de exageradas e injustas. De
todas formas, traté de transmitir los principios morales que
consideraba básicos para la vida de mis hijos, como ser honestos,
justos, sinceros, cumplidores del deber, etc. Desafortunadamente, con
algunas de mis actitudes, ejemplifiqué lo contrario. Ahora recuerdo las
veces que les dije, ante las llamadas telefónicas que no quería
recibir “si es para mí, digan que no estoy” o mi agresividad y poca
tolerancia conduciendo mi carro, o mis llegadas tarde a la casa,
embriagado. No
quise que mis hijos tuvieran las mismas limitaciones que yo había
tenido con las cosas materiales, de tal forma que se las procuré, en la
medida de mis posibilidades, pero sin que demandara de parte de ellos
ningún esfuerzo, por pequeño que fuera. Esta
es solo una pequeña muestra de cómo era la forma de ejercer mi roll de
padre. Naturalmente , también tenía aciertos. Me consideraba y todavía
me considero un ser bueno, al que le asistía el deseo de hacer las
cosas correctamente. Después, me di cuenta que esto no era suficiente. Mi
hijo tenía 16 años, cuando me enteré de su drogadicción. Había
cometido un acto muy grave en el colegio, drogando también a varios de
sus compañeros. Los detalles no son importantes. La angustia y el miedo
que se apoderaron de mí, salieron en forma de agresividad. Quisiera
reprenderlo fuertemente y para eso pensé en ingresarlo a un colegio
militar. Pero
mi mayor dolor, se lo confesaría a una persona amiga: Si yo era su
amigo, ¿cómo no me contó que estaba en dificultades?. “Deje de ser
tonto”, me replicó ella, “Usted no es su amigo, usted es su papá!”.
Un baldado de agua fría cayó sobre mí. De pronto se me presentó una
realidad que yo no había querido ver: no había sido amigo para mi hijo
y lo que era peor, tampoco un padre. Llego
de meses, en el proceso de rehabilitación, entendería algunas cosas
dolorosas . Entre otras, que el papel que se me había encomendado con
mis hijos, desde el mismo momento que decidí traerlos a la vida, era
ser un papá; que mi pretensión de ser su amigo encubría mi miedo y mi
falta de compromiso. Y que queriendo hacer lo contrario de lo que yo había recibido como hijo, había cometido los mismos errores, como padre.
|